José Adán Silva
Es una de esas nuevas ocupaciones económicas de personas que crecieron en las calles de la Managua posguerra. No tienen edad específica y bien pueden ser niños, adolescentes o mayores de edad. Se les encuentra en los semáforos de la capital entre borrachines pendencieros, vendedores de agua helada, de periódicos y otras chucherías; a la par de mendigos viejos que muestran sus desgracias y mendigos niños que cargan infantes en sus brazos para despertar la compasión y ganarse un córdoba.
Ahí se encuentran siempre, con limpión en mano, un balde de agua y un extraño cepillo metálico de mango largo y cerdas de goma, parecido a los parabrisas de los automóviles, que es el instrumento con el cual se lanzan a los vidrios delanteros de cuanto carro se detenga a esperar la luz verde. Sin consultar a nadie, sea nuevo o viejo el carro, limpio o sucio, ellos se lanzan y antes de que el conductor reaccione, ya están recostados sobre el vehículo, pasando una y otra vez el cepillo sobre el vidrio del carro, para luego acercarse a la ventana del conductor a pedir una colaboración.
Algunos son más respetuosos que otros y aceptan cuando alguien les dice que no limpien, o ensucien, los vidrios. Otros son más agresivos y aparte de que actúan sin permiso, se enojan cuando un conductor no les regala el córdoba.
A uno de esos se encontró una noche de fin semana en los semáforos de la gasolinera Guanacaste, el taxista Roberto José R., quien a bordo del Kia Pride Beta, rojo quemado, de su cuñado, le insistió al mozalbete que no tocara el vidrio del taxi; sus palabras fueron en vano y el chavalo, según él con aspecto de vago y olor a pega, se acercó a pedir un córdoba.
“No tengo”, le dijo el taxista. El chavalo no se movió e insistió varias veces en cobrar el córdoba. Hastiado y molesto porque la luz del semáforo no cambiaba, y los vehículos de adelante no circulaban, el taxista le gritó: “No tengo chavalo jodido ¡Dejá de joder!
Entonces la mirada del jovenzuelo se tornó oscura y una sonrisa de maldad apareció en la cara de acné. Se retiró de la ventana unos momentos y luego apareció con una piedra en la mano, con la que quebró en mil pedazos los vidrios trasero y delantero del vehículo. Y hubiese seguido haciendo más daño si no ha salido el taxista con un machete en la mano, listo a azotarlo. Dice Roberto José que él le dio un cinchonazo para desarmarlo y luego lo redujo para atarlo y llevarlo a la Policía. En esos instantes apareció una camionetona de donde bajó una señora dizque defensora de Derechos Humanos a protestar por los derechos del adolescente violento, quien con la mano sangrante por las cortaduras de los vidrios, lloraba diciendo que el taxista lo había macheteado.
Bastó la obra de teatro del callejero, y una llamada de su celular, para que a los instantes apareciera una patrulla policial que capturó al estupefacto taxista, quien aún con el machete en la mano, no sabía qué hacer.
La señora defensora de los derechos humanos puso la denuncia contra el taxista, quien casi queda preso y tuvo que enfrentar un costoso juicio legal que le costó más de seis mil córdobas, todo por negarse a pagar un córdoba por un servicio de limpieza que él, como muchos otros, nunca han solicitado.