El Dios de hoy y de siempre

Ana María Ch. de Holmann

El tema —dice Luis— “es interesante, importante y apasionante”. Yo le agregaría que Él es indiscutible pero discutido, controversial para muchos y necesario para todos.

Al leer esta nota se me vino a la memoria una experiencia que viví en los años ochenta.

Era una pareja. Ella, nicaragüense, él internacionalista chileno, nacionalizado. Ella esperaba una niña, la cuarta. Por algunas circunstancias, mi esposo y yo, teníamos relaciones amistosas con ellos. Él me comentaba que había sido seminarista por varios años, pero que ahora era “ateo”, pues con los años, los estudios y las experiencias, al entrar en el conocimiento de la ciencia cada día más y más se convencía que Dios no existía.

Un día de tantos nació la niña con un problema del corazón, por lo que los médicos no le daban esperanzas de vida. Llegamos al hospital y oramos silenciosamente por la pequeña recién nacida. La hermana de la madre de la niña en contubernio con la enfermera de cuidados intensivos la bautizaron con Agua del Socorro y desde ese momento la pequeña comenzó a mejorar. Los papás no se dieron cuenta de esta acción, pero fue notoria la mejoría desde el momento que recibió el agua bendita.

Días después en un encuentro con el papá, en el hospital, le dije: “He orado mucho por tu hija y ya ves que está mejor”. Él, muy emocionado me abrazó, diciéndome: “¡Gracias, gracias, le agradezco mucho sus oraciones!” Entonces le advertí: “Pero, ¿por qué me das las gracias si vos no crees en Dios?” Muy rápidamente y con aplomo respondió: “¡Ah!, pero yo recurro a personas como usted que creen y le piden a Dios…” Desde ese día, dejé de creer que existen los ateos.

Es triste y desconsolante no tener a quien recurrir, no tener un apoyo, un consuelo, una esperanza.

En todos los tiempos, en todas las culturas, en todas la religiones existe un Ser Supremo, un Todopoderoso, un Creador, un Dueño de la Vida y de la Muerte: un Dios.

El Antiguo Testamento relata: “En aquellos días cuando Moisés andaba pastoreando un rebaño, observó una zarza que ardía y no se quemaba. Tuvo miedo y sin mirar, escuchó una voz que le dijo: ‘Dile a los hijos de Israel: El Dios de sus padres me envía a ustedes’. Y le dijo Dios: ‘Diles: Yo Soy el que Soy. También les dirás: El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me envía a ustedes. Este es mi nombre para siempre. Con este nombre me han de recordar de generación en generación’”.

Los griegos rendían cultos al “Dios desconocido” de quien se valió el Apóstol Pablo para darle a conocer a ese pueblo el misterioso e ignorado Único Dios, y por ello quienes al oírle negaron y dejaron a sus dioses y se convirtieron masivamente al descubrir al “Desconocido”.

Así como los griegos, nosotros seguimos día a día descubriendo y experimentando las maravillas de Dios, de un Dios que está vivo, de un Dios renovador, restaurador, que es perdón, que es todo amor.

En todas las épocas se ha querido hacer desaparecer de las mentes y del corazón del hombre el nombre de Dios, por la razón, por el convencimiento, por la fuerza y por la muerte, pero la necesidad de Dios se impone siempre, con su presencia en todo el Universo, su obra creadora.

Napoleón Bonaparte reconocía la necesidad de los pueblos de “tener un dios, cualquiera que éste fuera”. Los serviles y aduladores del poderoso emperador le dijeron que se proclamara “Cristo Redentor”, pero Napoleón, quien conservaba en el fondo su fe cristiana les replicó: “Podría proclamarme un Cristo Redentor, pero, ¿quién me creería si no resucito?”

Creemos que si Dios se hizo hombre, nació y murió en una cruz con terribles tormentos, si no hubiera resucitado de nada hubiera servido su sacrificio, como tampoco sería actual y verdadero ese sacrifico si no estuviera vivo y presente en el pan y en el vino como alimento eucarístico.

Un filósofo de esta época, quien negó a Dios toda su vida, al sentirse cercano a la muerte, lamentándose dijo: “¡Qué cruel e injusta ha sido la vida conmigo mismo al no creer en la existencia de ese Ser Supremo, qué cruel he sido!”

Éste es el lamento de los que no reconocen la existencia del Dios de hoy y de siempre. Él es quien es.

La autora es creyente y practicante de su fe.

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