El mundo llora con España

Joaquín A. Pastora

Los bárbaros de la era presente sin ser numerólogos, han escogido el 11 como preferencia para identificar las terribles efemérides. Ayer fue el 11 de septiembre, hoy es el 11 de marzo.

La coincidencia abona mucho a la premeditación, apunta a que cada 11 tenga un cupo en el álbum de la destrucción. Sin embargo, en el fondo de estas infamias contemporáneas la fecha es lo de menos. Lo conducente a la reflexión es que los dejados con vida —la mayoría— junten sus energías para ser parte beligerante, por mucha modestia que haya en el aporte, contra el terrorismo internacional.

Múltiples formas están a la vista para lograr la contribución, incluida la de protestar con las palabras, devotas de la diosa razón o con las mismas ineludibles lágrimas sumadas a las muchas derramadas en el mundo civilizado.

Protestar manifestándose multitudinariamente como en el acto se hizo en España contra esas demostraciones de la pura y total animalidad, no es niguna actitud infructuosa aún sabiendo que la minoría —los etarras y sus afinidades con el terrorismo— celebra las explosiones y sus consecuencias desde la ranura de sus cuevas.

Dolor, dolor, dolor, cantó Rubén Darío poniéndole sollozo a sus versos, sobre la techumbre empinada de Nueva York, la misma del sufrimiento inextinguible.

Con esa reiterada lamentación cabe una exposición insólita de conjeturas donde deberíamos estar rodeados del festejo de existir. ¿Vivir es acaso un delito capaz de ser castigado con la muerte?

No puede ser pecado levantarse muy temprano y compartir los entusiasmos frente a la santa efigie del alba, cargado de los deseos de trabajar, de estudiar, del afán de ser factores de la superación.

Dentro de la razón no puede ser condenable dejar las huellas de un beso sobre el rostro amado con la esperanza de volver. Estos conceptos —desde luego— se desprenden de la tesis de la normalidad, de la lógica inmortal, de la vida en renuevo. Difícilmente serán entendidos por la bestialidad depredadora. Aunque suene sobrancero invitarla a la recapacitación cabe la preservación de la campaña persuasiva, y no dejar en el olvido una ponencia de elemental humanismo contra actos proclives a revertirse en contra de ellos mismos, los terroristas.

Quien tenga dos dedos de frente diría que los genocidas son los menos favorecidos. Evidentemente a la química enrarecida de la dinamita no le interesa quemarse ni le preocupa explotar porque ella no siente. Sí sienten quienes la convocan para prenderla, sí sentirán la condena a cercano, mediano o largo plazo. Responderán individual o colectivamente por sus acciones ante los tribunales o con la mengua o fracaso del sistema de obligar a los inocentes a pagar con la muerte deudas nunca contraídas.

Organizaciones como ETA y sus aliados están llegando al límite de la desesperación y ya eso sugiere la agonía de sus abominables estrategias.

Los objetivos de sembrar el terror llevarán la cosecha esperada a otros rumbos. No concluirá la capacidad de querer vivir. Miles y millones de españoles seguirán yendo a las estaciones ferroviarias para darse y dar a los suyos el pan concordante de cada día, miles y millones de habitantes del planeta seguirán yendo a los aeropuertos a tomar el avión y conseguir la cristalización del destino buscado. Eso nadie lo detendrá mucho menos una minoría destinada por la ignorancia y la malignidad a tramar infiernos desde el secreto nocturno de sus pocilgas.

El mundo llora con España sobre los despojos. No siendo un hispanista absoluto me sale una lágrima. Sumadas —una a una— constituyen un fortín, no acuoso, sólido, de acero, alzado desde las crestas donde emerge la solidaridad mundial contra el terror.

El autor es periodista

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