Douglas Carcache
El campeón mundial de boxeo Rosendo Álvarez dijo que el niño Erling Cubas fue feliz durante sus últimos días. Lo dijo horas después de morir el niño en el Hospital La Mascota, de Managua, el jueves pasado, y yo me pregunté cómo pudo haber sido feliz un niño que estaba desahuciado debido al cáncer que plagaba su estómago.
Erling, un niño campesino de Siuna, una región lejana y aislada del Atlántico Norte nicaragüense, era un desconocido hasta el día que le confesó a una presentadora de televisión que su sueño era conocer al atleta Rosendo Álvarez.
Le llevaron al boxeador y comenzó para él una etapa distinta de su vida, que hasta entonces transcurría entre su casita del campo y las sesiones dolorosas en el hospital, con viajes agotadores de ocho horas o más en bus sobre los caminos o trochas que comunican a Siuna, yendo y viniendo.
Tuvo la dicha de que Álvarez hizo por él algo más que darle la mano y un abrazo; y emprendieron juntos una lucha contra la adversidad, con pocas posibilidades de que el niño la ganara con vida, pero que se convirtió en una expresión de fe pocas veces vista en Nicaragua.
Fue tanto el optimismo que irradiaron el boxeador y el niño, apareciendo en distintos puntos de Managua en su cruzada por la vida, como campeones de la fe, que muchos llegamos a creer que Erling sí se salvaría del cáncer. Incluso, una mañana circuló en la Redacción de LA PRENSA, el rumor de que el niño de once años había sanado como por milagro, que de la noche a la mañana un examen había mostrado la desaparición de uno de los tumores.
Ese reto a la muerte que lanzó Erling en sus últimas semanas, animado por Álvarez, debió ser agotador aunque también estimulante para el niño que, sin duda, habrá tenido entonces momentos de felicidad, quizás los más intensos de su vida tan corta.
Lo pienso después de recordar una sentencia del filósofo Fernando Savater: “La felicidad, en un mortal, es un desafío a los dioses…”
O como diría Mario Vargas Llosa “la felicidad es materia sólo individual” y cada individuo tiene su forma particular de felicidad, porque no hay dos formas de felicidad idénticas.
Sé que algunas personas que trabajan para ayudar a niños con cáncer criticaron a Rosendo Álvarez, porque estaba apoyando a un niño ya desahuciado, en vez de destinar ese esfuerzo a favor de otros infantes que sí tenían posibilidades de salvarse de la enfermedad.
Creo, sin embargo, que el esfuerzo de Rosendo por Erling fue provechoso por la alegría que a ratos le propició al niño, el interés que despertó entre los nicaragüenses alrededor de una enfermedad que puede atacar a cualquier niño o adulto, y el mayor apoyo que podrían conseguir las organizaciones que asisten a los menores con cáncer, porque la solidaridad la motiva un rostro, un ser humano, no unas siglas.