Disparidad y dispersión

Joaquín Absalón Pastora*

Otro primero de marzo –2004– encuentra al periodismo en disparidad y dispersión. Ahora que nuevamente el crimen ha perforado las honduras del sentimiento y las raíces del derecho a revelar la verdad, se confirma la tendencia de la división entre dos sectores incapaces, hasta este momento, de darle honores a la unidad, representados en dos asociaciones (APN y UPN) relegadas cada una al oropelismo fiestero, sin que ninguna responda a los objetivos que las ungieron: el fortalecimiento del periodismo nacional alrededor de los intereses comunes, básico del gremio.

Rigoberto Cabezas brilla cada 1 de marzo en las libaciones pero desaparece el resto del año. Una muralla que parece dividir al periodismo: a un lado están los sandinistas, al otro lado están los antisandinistas.

Ante el último vituperable hecho contra la humanidad de Carlos José Guadamuz, unos callan (callar puede ser también un ángulo pasivo de la sicopatología), otros justifican, otros condenan. Y todo porque cada uno se considera leal a sus convicciones en un ambiente donde todavía se usan dos términos aparentemente definitorios: la izquierda y la derecha, o en otro menos invocado pero son persistentes: los revolucionarios y los contrarios a esa línea.

La división persiste a partir del 19 de julio de 1979. Antes de que el general de hombres libres apellidara solamente a la resolución, habían otros dos bandos: los periodistas oficialistas y los periodistas opositores, hecha fielmente la traducción: somocistas y antisomocistas.

Que yo recuerde nunca hubo una motivación más fuerte para alcanzar la unidad del gremio que la impulsada alrededor del asesinato contra el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Simpatizantes del oficialismo y de la oposición juntaron sus cabezas para hacerla una sola, llena de sustancias reverdecidas, de unanimidad. Y valga recordarlo y remarcarlo para que vuelva a la realidad encantador optimismo de ese hermoso gesto.

Fue cuando se realizó aquella gran asamblea en Granada, en la cual las voces presentes fueron pares en su protesta contra el crimen, con un basta ya que hizo temblar a las paredes.

Guardo la carpeta de plástico distribuida entre los asistentes en aquella ocasión, honrosa, testimonial, huella de la reconciliación. Distribuida entre cuantos concurrieron y respaldaron las mociones valientes, sin distingo de ningún color, sin volver la mirada al pasado de ninguno de los inscritos. Fue el primer congreso “Pedro Joaquín Chamorro Cardenal”, marzo de 1978, Granada, Nicaragua.

Recuerdo ver el apretón de manos de periodistas discrepantes situados durante la dictadura en aceras lejanas. Era prioritario cambiar de ruta y posponer estrategias superficiales y sectarias en la preferencia a Nicaragua.

Quedaron unos al margen, los que irremediablemente se habían identificado con la abyección, los militarizados que estaban comprometidos hasta el fondo con la represión. Ellos ni siquiera llegaron. Sólo les correspondía la sombra y el total ocultamiento. El rescate de la armonía no tocaba esos extremos.

Lo ocurrido después es historia conocida. A partir del 19 de julio de 1979 las resoluciones de aquella asamblea fueron engavetadas. El periodismo no fue redimido por la independencia. La UPN, tristemente se oficializó y producto de eso fue que surgiera otra asociación con distinto membrete.

La aglutinante organización botó la gorra de su libertad y se sumó a una expresión indigna: “Dirección Nacional, ordene”. El caso es que existen brotes de la ruptura. Ni la persecución ni los martirios han sido capaces de convidar a la reflexión con el primer paso: revivir los postulados de aquella crucificada asamblea de Granada y adecuarla a los nuevos tiempos.

* El autor es periodista

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí