Conrado Godoy*
El modernismo fue el movimiento poético hispanoamericano, introducido en España por el nicaragüense Rubén Darío, coincidiendo cronológicamente con la denominada Generación del 98. La importancia del Modernismo fue enorme, pues si bien no pasó de ser una moda que duró unos 15 años, tuvo la virtud de renovar completamente la poesía española.
El Modernismo es una consecuencia de la reacción general que a fines del siglo XIX se opera contra el espíritu de la época realista, en el cual predomina un sentido burgués, pretendiéndose dar al arte un tono aristocrático, mientras se supera el prosaísmo y el descuido de la forma y se rinde culto a la belleza sensorial. La expresión de lo subjetivo sustituye a la observación rigurosa de la realidad y los aspectos grises de la vida son reemplazados por un extraordinario derroche de imaginación y fantasía.
COLOR, MUSICA E INFLUENCIAS
El Modernismo logró grandes aciertos en la expresión de la belleza sensorial —música, forma, color— que podemos observar en las llamadas “correspondencias” o “asociaciones sinestésicas”: “rimas de oro”, “sinfonía en gris mayor”, “fragancia azul”, etc. En cuanto a las influencias que tiene esta escuela poética podemos encontrarlas, originalmente en la poesía europea de fin de siglo —inglesa, alemana, italiana— los clásicos españoles, Berceo, Manrique, los Cancioneros, Góngora, entre otros. Pero sus principales modelos están en Francia: el Romanticismo, el Simbolismo y sobre todo la escuela Parnasiana.
RUBEN DARIO: SU ESTILO
Darío es considerado no sólo el padre del Modernismo, sino la figura cumbre de la poesía hispanoamericana. Su entusiasmo por el color y el sonido y su predilección por lo refinado y suntuoso lo llevaron a crear un lenguaje poético de intensos valores cromáticos y musicales, para lo cual tuvo que renovar profundamente el léxico con atrevidos neologismos, usando de manera preferente aquéllos que tuviesen especial interés estético: olímpico, liróforo, bicorne, náyade, ánfora etc. y echar mano de recursos técnicos como el de la aliteración, con el cual tuvo notables aciertos, “bajo el ala aleve del leve abanico”, “ la libélula vaga de una vaga ilusión”. Pero sus mayores logros, sin duda, los alcanzó en el campo de la métrica. Darío inventó, resucitó e incorporó al castellano las más diversas combinaciones estróficas o rítmicas, como el verso de nueve sílabas “juventud divino tesoro”, el endecasílabo de gaita gallega “Libre la frente que el casco rehúsa”, el alejandrino “el palacio soberbio que vigilan los guardas”, o las estupendas adaptaciones de la versificación grecolatina, como los hexámetros de Salutación al Optimista, o los resonantes anfíbracos de la Marcha Triunfal.
No es pues casual que siendo su origen americano, Rubén Darío sea incluido en la mayoría de los textos de literatura española, porque sin él quedaría sin explicar la evolución de la poesía hispana. Otros quizás le superen en densidad y profundidad lírica, pero es el artista supremo en el campo de lo musical y de lo plástico. En este sentido, habría que retroceder al siglo de oro, para encontrar quién pueda comparársele. Sólo queda por decir que el poeta de Metapa es una de las figuras máximas de la poesía española y uno de sus más eficaces renovadores.
* El autor es periodista