Las puertas del infierno no prevalecerán

Rafael Ibarguren*

A lo largo de los tiempos vemos que corrientes de opinión, pueblos enteros y hasta civilizaciones entran en la escena de la historia o salen de ella. Algunas logran perdurar con obstinación y no sin desgaste. Otras perecen miserablemente.

¡Es el duro tributo que la humanidad paga desde aquella primera rebelión en el Jardín del Edén, cuando llegamos a creer que podríamos ser como dioses! El pecado trajo para las situaciones humanas altos y bajos, para no decir crisis que pueden llegar a ser fatales.

Veamos sino al Egipto o a la Grecia antiguos: sólo escritos o ruinas nos ilustran sobre su grandioso pasado. En América, las culturas mayas o aztecas siguieron análoga suerte. Y en el siglo XX pienso, entre tantísimos otros ocasos, en la Persia de las mil y una noches o en la Unión Soviética de triste memoria, dos realidades por cierto tan opuestas. El libro de la historia cerró un capítulo y dio vuelta la página.

Algún lector podrá interrogarse a estas alturas si lo que vale para la cultura o la filosofía, vale necesariamente para la religión.

Distingamos. Porque en materia de religión, las hay a gusto del capricho humano. Yo conozco a adoradores de dioses tan cuestionables como el dinero, la fama, el poder o la salud. Es claro que ese culto no está registrado entre las llamadas religiones “tradicionales”, ni siquiera entre las sectas que se fundan o se cierran con asombrosa tenacidad en el umbral de este tercer milenio.

Cuando digo religión, no me refiero, claro está, a un vago sentimiento sino a un compromiso asumido por amor; compromiso eminentemente razonable, aunque la fe escape a los límites de la razón.

Lo cierto es que el hombre es un ser religioso y su realización integral pide privilegiar la dimensión sobrenatural. Lo hará adorando a Dios o endiosándose a sí mismo. ¿Y cómo explicar la existencia del fenómeno del ateismo? Pienso que el ateo queriendo evitar el absurdo de afirmar que el hombre es Dios, cae en otro absurdo afirmando que Dios no existe…

Debiendo atenerme a las normas de la página de Opinión de LA PRENSA que, por respeto debido a lectores y a colaboradores, excluyen artículos interminables —como amenaza ser éste— voy a lo esencial.

La encarnación del Verbo en la plenitud de los tiempos, su vida, muerte y resurrección nos muestra el modelo acabado de realización humana; la manera perfecta de tributar culto al Padre y de servir al prójimo. De practicar cabalmente la virtud de religión.

Ahora, el ejemplo de Cristo y las enseñanzas que Él nos dejó en el Evangelio nos llevan a otra consideración: no estamos sólo en presencia de una espiritualidad y praxis cristiana que existió hace dos mil años, más de una realidad viva que se perpetúa a través del tiempo y hasta el fin del mundo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares sobre la tierra será atado en el cielo y todo lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo” (Mateo 16, 17-19)

Jesús fundó una Iglesia sobre la roca sólida de Pedro por quien rogó para que confirme a sus hermanos en la Fe (Lucas 22, 32) y a quién ordenó de apacentar a sus ovejas (Juan 21, 17)

La Cátedra de Pedro —cuyo día se celebró el recién pasado 22 de febrero— es decir, la autoridad y el magisterio del Príncipe de los Apóstoles, nos da ánimo y certezas a nosotros, pobres hombres y mujeres débiles y mutables.

Fiel guardiana del depósito de la fe, maestra infalible y madre amorosa, la barca de Pedro, aunque sacudida por furiosas tempestades, atraviesa los siglos y milenios. ¿Cómo explicar esa vitalidad fundamental de la Iglesia, cuando se constatan los errores de los hombres, de sus hijos?

Es que las puertas del infierno no prevalecerán.

En el mundo los regímenes políticos caen, las formas de gobierno cambian y las dinastías rivalizan o se extinguen. En la Cátedra de Pedro, en cambio, continúa su plácido curso la sucesión de Pontífices formando una prestigiosa galería, llena de hombres doctos y santos, siendo el Papa Juan Pablo II el sucesor número 264 de San Pedro.

* El autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio

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