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El muro de Tierra Santa
Esta semana, la Corte Internacional de Justicia —que como se sabe tiene su sede en La Haya, Holanda, y es conocida por los nicaragüenses porque en ella se ventilan las disputas territoriales con Colombia y Honduras— celebró una audiencia de tres días sobre el controvertido muro que está construyendo Israel a lo largo de su frontera con los territorios autónomos palestinos.
La audiencia, a la que no se presentaron Israel ni Estados Unidos, se abrió en cumplimiento de una resolución de las Naciones Unidas (ONU) del 8 de diciembre del año pasado, después que en octubre anterior la misma ONU exigió infructuosamente a Israel que no siguiera construyendo dicha muralla.
En este caso, como en prácticamente todo lo que tiene que ver con Israel y Palestina, las posiciones son absolutamente opuestas e irreconciliables. Para los palestinos, la intención de los israelitas al construir el muro es “confirmar la ocupación y la anexión de hecho de amplias áreas de los territorios ocupados”, según dijo ante el tribunal de La Haya el jefe de la delegación palestina, Nasser Al-Kidwa. Por su parte, el Gobierno de Israel justifica la construcción del muro que tendrá unos 730 kilómetros de largo, por razones defensivas, particularmente para contener la infiltración de terroristas palestinos que causan muchas muertes inocentes con los artefactos explosivos que, como es bien sabido, no hacen estallar en cuarteles militares o policiales sino en restaurantes, estaciones de buses, mercados y otros centros de aglomeración civil en Israel. De manera que el gobierno israelita, aunque no se presentó a la audiencia de la Corte Internacional de Justicia porque no le reconoce legitimidad para tratar este asunto, sin embargo envió un informe en el que asegura que “la barrera es crucial para evitar el ingreso de potenciales atacantes suicidas en el país”.
A lo largo de la historia universal las murallas han tenido una significación fundamental para los pueblos y los estados. Desde que fueron construidas las primeras ciudades, hace unos nueve mil años, hasta la invención de la artillería que hizo innecesarias las murallas, las ciudades fueron amuralladas para protegerlas de los invasores, vecinos indeseables y bandidos.
Los muros más célebres fueron, hasta ahora: el que erigió Rómulo alrededor de la ciudad de Roma que según la leyenda él mismo construyó; el que circundaba Troya, que los griegos nunca pudieron abatir y tuvieron que recurrir a la estrategia del caballo para someter a los troyanos; el de Jericó, derrumbado por las trompetas de Josué; la Gran Muralla China (3,360 kilómetros lineales más 2,860 kilómetros de ramales secundarios, con un grosor promedio de 9.8 metros), construida a principios del siglo III antes de Cristo por el legendario emperador Huang-ti, para detener las invasiones mongolas; la Muralla de Adriano, levantada por orden del emperador romano de ese nombre, a principios del siglo II de nuestra era, en donde ahora es la línea divisoria de Inglaterra y Escocia; el Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén, lo único que queda del Templo construido por Herodes en el año 19 antes de Cristo y destruido por el romano Tito en el 70 de la era cristiana; y el Muro de Berlín, erigido por el régimen comunista en 1961 para impedir que la gente se escapara hacia la libertad.
Volviendo al caso del muro que está construyendo Israel, en realidad los israelitas tienen derecho a defenderse de los terroristas, y la barrera es una medida mucho menos dura que los contra-ataques armados de represalia contra los terroristas palestinos. Además el muro demuestra que Israel no está pretendiendo extender su territorio más allá del límite de sus fronteras, como lo acusan sus enemigos. Pero lo cierto es que la verdadera muralla que divide a Israel y Palestina es el odio y la intolerancia. Una muralla que sólo caerá cuando los palestinos acepten y respeten el derecho del pueblo judío a existir como Estado, y cuando éste reconozca los derechos legítimos de la población palestina.
El próximo año se debe proclamar el Estado independiente de Palestina. Ojalá que por fin se constituya y que eso signifique el principio del fin del milenario conflicto que ensangrienta la tierra sagrada de judíos, musulmanes y cristianos de todas las tendencias.