Egeria

Luis Sánchez [email protected]

Jorge Eduardo Arellano me recordó que don Enrique Guzmán, consagrado político y periodista del siglo XIX, decía con sentido irónico que otro gran político y periodista de la época, don Anselmo H. Rivas, era la “ninfa Egeria” de los conservadores. Y me sugirió, Jorge Eduardo, que escribiera sobre esta figura mitológica.

En efecto, Egeria era la ninfa romana que moraba en la Gruta de las Camenas, cerca de la Porta Capena, y quien según la leyenda aconsejaba secretamente a Numa Pompilio, el segundo rey legendario de Roma. Egeria habría sido esposa o en todo caso una amiga muy querida de Numa Pompilio, la que después de morir se dedicó en espíritu a ayudar a Numa Pompilio a gobernar con sabiduría y prudencia.

Otra versión del mismo mito indica que el dominio de Egeria era el bosque de Aricia, en el Lacio (Latium, de donde se derivó el nombre de latino). Por consejo de Egeria, Numa Pompilio convirtió en dios a Rómulo, el primer rey legendario de Roma, con el nombre de Quirino, e hizo construir un templo para su culto (por eso es que ahora El Quirinal es el nombre del Palacio Presidencial de Roma). Y cuando Numa murió fue tanto el dolor de Egeria que no cesaba de derramar su llanto. De manera que Diana, la diosa cazadora de los bosques, conmovida por tanto amor la convirtió en manantial (Fontana Egeria) cuyas aguas manan hasta ahora con un murmullo que parece gemido.

El nombre de Egeria pasó a la posteridad con el significado de consejera secreta y sabia de alguien. Por ejemplo, durante la revolución francesa, a fines del siglo 18, se decía que “la ninfa Egeria” de los girondinos era Madame Roland (Manon Philipon, esposa de Jean Marie Roland de la Platiére), y a ella se atribuye la frase célebre que pronunció antes de que le cortaran la cabeza: “¡Oh, libertad, cuantos crímenes se cometen en tu nombre!”

Madame Roland, apasionada republicana, habilitó en París un gran salón para las reuniones del Club de los Girondinos (republicanos moderados, llamados así porque sus diputados provenían del Departamento de la Gironda), y por eso fue guillotinada por orden personal de Maximiliano Robespierre, revolucionario radical quien poco después sería también guillotinado por otros revolucionarios más extremistas que él.

Pero, volviendo a Egeria, esta ninfa de las fuentes era una de las muchas divinidades menores de los antiguos romanos, quienes igual que los griegos se maravillaban ante los manantiales y al no poder explicarse sus causas creían que en ellos moraban espíritus o divinidades secundarias, enviadas por los dioses mayores para beneficiar a los mortales. Por cierto que una de las fuentes más famosas era, en Grecia, la de Castalia, mencionada por Darío en sus poemas clásicos pues estaba consagrada a las Musas y manaba al pie del Monte Parnaso, a su vez consagrado a Apolo.

Además, los pueblos antiguos atribuían la sabiduría de algunos reyes y gobernantes en general a que recibían consejos de los dioses por medio de oráculos y ninfas.

Así, Egeria habría aconsejado a Numa Pompilio entre otras muchas leyes sabias que perduran hasta hoy, que creara el derecho de propiedad y una divinidad específica para protegerla. De modo que Numa Pompilio instituyó el culto al dios Término e hizo construir un templo consagrado a él. Término era el dios guardián de las propiedades, protector de los límites —o mojones— entre ellas. Además Término castigaba a los usurpadores, o sea a los piñateros, como se les llama ahora en Nicaragua.

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