Walpurgis de sangre

—Carlos Chamorro Coronel—

El gran dramaturgo inglés, William

Shakesperare, en su obra Macbeth, califica el asesinato cometido del rey de Escocia como “most foul”, que en su lengua significa más de lo que podemos traducir, como sucede en la mayoría de las palabras en todas las lenguas. En español, o más concretamente en los países donde se juega beisbol, o sea el área del Caribe, usamos esa palabra sin traducirla para la bola que sale del perímetro legal del juego, en contraposición con “fair” que curiosamente no empleamos. “Es un foul”, decimos, o es buena.

En inglés, sin embargo, tiene un sentido muy peyorativo; algo pútrido, fétido, malvado, perverso, abominable, detestable, etc. Creo que éste es el mejor calificativo que podemos darle al crimen atroz cometido contra el periodista Carlos Guadamuz. Tal vez Carlos era, como dijeron unos, “controversial”, y otros “conflictivo”. No lo sé porque nunca lo oí; simplemente no me gusta el estilo tan vehemente, estentóreo, “enfático”. O tal vez los nicaragüenses somos así, como buenos latinos de estirpe que somos, nada lacónicos, aunque del indio que todos llevamos más bien callados y taciturnos, ladinos.

Pero esto son sólo divagaciones sobre un crimen “most foul”, que como bien dijera una persona en privado, nos ha pringado a todos. Todos nos sentimos manchados, culpables. Por qué lo hicieron los que o el que lo hizo no lo sabremos nunca, como nunca —hasta al menos el Juicio Final— quien mató a Kennedy o Pedro Joaquín Chamorro. El hecho es el hecho mismo, la terrible realidad de un crimen “most foul” que ha contaminado la atmósfera ya casi irrespirable del ambiente político nacional en el que vivimos desde por lo menos el crimen de la Pelona en el siglo XIX (Cerda-Argüello)”, o la muerte de don Crisanto Sacasa (7 de diciembre de 1824).

No se trata de encontrar un culpable —¿de qué sirve?, pues aquí sabemos existe total impunidad para esta clase de crímenes, u otros, sino del hecho horrendo, terrible, cometido contra un hombre “controvertible” y “conflictivo” si se quiere. ¿No lo era acaso también Pedro Joaquín, como nos consta a todos, y hasta incómodo? (por eso lo matan, los matan), que fuera un luchador incansable, a su modo tenaz e insobornable, buen periodista, nadie mejor que él para perseguir como un sabueso ladrador la noticia, y una persona tan ligada aunque cambiara de posición al sandinismo.

Muerte que parece más bien un ritual propiciatorio pero no ante un Dios misericordioso sino ante un demonio veleidoso que exige víctimas que aplacan su insaciable sed de venganza. Su sangre de carnero degollado en conciliábulo de rabadanes (palabra hispano-árabe antigua) nos salpica a todos, como digo, pues nos hace sentir culpables en alguna forma porque todos sospechamos aunque no lo digamos por miedo de algunos que se esconden tras su inmunidad o impunidad, que es lo mismo.

Sin embargo, como decía el viejo filósofo Sócrates (y tal vez por eso han prohibido el estudio de la filosofía o sabiduría), si el crimen daña a la víctima, denigra al hechor, porque lo despoja de su humanidad y lo convierte en una bestia salvaje, en una alimaña peligrosa. Es un “homo homini lupus”, que citaba Shopenhauer. En el fondo y en el último término, sin embargo, lo peor del mal, como decía Hanna Arendt, filósofa judío-alemana, es que es banal. No conduce a nada, no produce nada. El mal, en último término, es también, por ello, nihilista. En su poema Torres de Dios, Rubén Darío afirma punzantemente como si lo hubiera experimentado en carne propia —tantas veces— que “el bestial elemento se solaza en el odio a la sacra poesía” y que “el caníbal codicia su tasajo con roja encía y afilados dientes”. Los que perpetraron este horrible crimen no sólo contra Carlos Guadamuz sino contra todos nosotros —quedamos advertidos— podrán en el sigilo de la noche y en el secreto de sus conciencias celebrar el triunfo del mal en una Walpurgis orgiástica, pero nosotros sabemos que ese triunfo equivale a su propia destrucción. El triunfo del mal es su propia muerte.

El autor es analista político

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