El asesinato: error del todo humano

—Nicasio Urbina—

Desde el asesinato de Abel a manos de

Caín, hasta el asesinato de Carlos Guadamuz a manos de William Hurtado, la historia de la humanidad se podría analizar como una secuencia de homicidios, como una espiral de violencia que se autoalimenta con la sangre de los caídos, con la sed de venganza, con la impotencia de los deudos, con la cobardía de los autores intelectuales. El asesinato, en cualquiera de sus múltiples variantes y formas, es el acto más cobarde y traumático que puede acontecer en la vida de las personas. Imagínense el dolor de la familia de Carlos Guadamuz muerto de esa forma al salir de su programa. Imagínense la vergüenza y el dolor de la familia del asesino que acaso no pueda entender la oscura cadena de motivos que lo llevó a perpetrar el asesinato. Imagínense por un momento la conciencia del autor intelectual del asesinato, la cobardía y el temor que lo llevó a ordenar el crimen, el miedo constante de ser descubierto, perder su reputación, su carrera, su libertad; y tal vez la culpabilidad que en lo más profundo de su conciencia y su soledad, en las noches de vigilia, lo acuse y lo castigue hasta las lágrimas.

Nuestra sociedad actual es sumamente violenta. Lo vemos en las calles, en la televisión, en las ficciones que nos entretienen, en los juegos, en la política, en las múltiples y cotidianas interacciones. Sin embargo todas las sociedades humanas han sido violentas. Lo eran los griegos y los espartanos, Roma nos ha dejado algunos de los crímenes más ilustres, y pocas crueldades se comparan con las del Coliseo Romano. Los amerindios eran tan violentos como los árabes, los chinos y los africanos: recordemos la ancestral crueldad de los aztecas, o la violencia social de los mayas y los incas. Recordemos la violenta vida de los gauchos y los pistoleros del oeste estadounidense. El gran filósofo francés René Girard en su libro “La violence et le sacré” (1972) demuestra que hay una relación directa entre la violencia (es sus diferentes formas) y la angustia metafísica del ser humano. Sus investigaciones parten desde los albores de la raza humana y demuestran que la violencia ha jugado un papel fundamental en el desarrollo de la humanidad.

A diario vemos asesinatos de un tipo y de otro. La cotidianidad del homicidio nos ha desensibilizado, hasta el punto que pasamos la vista por las noticias del periódico, sin importarnos mucho las personas que a diario mueren asesinadas. Tiene que darse un magnicidio, un asesinato demasiado atroz y violento, un genocidio, para que la sociedad se detenga, aunque sea brevemente, a reflexionar sobre las implicaciones de tal crimen. En algunos casos esos crímenes cambian a las sociedades, las transforman: en muy pocos casos las mejoran, en la mayoría las sumen en una espiral de violencia más atroz.

El asesinato político nunca cumple su cometido ulterior, siempre traiciona a sus autores intelectuales. La historia lo ha demostrado una y otra vez. El asesinato de Augusto César Sandino sembró la semilla para que se convirtiera en héroe inmortal. De haberlo dejado con vida es probable que su comuna en las Segovias hubiera fracasado y su figura no hubiera nunca alcanzado la relevancia que llegó a tener en los setenta, no le hubiera servido a Carlos Fonseca como símbolo máximo de la lucha nicaragüense contra la dictadura Somocista. Anastasio Somoza pensaba que se estaba deshaciendo del enemigo, cuando en realidad lo estaba convirtiendo en un mito contra el que no podría prevalecer jamás.

Cuando Rigoberto López Pérez asesinó a Anastasio Somoza García no logró que Nicaragua se deshiciera de la dictadura, por el contrario, contribuyó a consolidar el poder de la dictadura y permitió la instauración de la dinastía. La muerte de Pedro Joaquín Chamorro también fue contraproducente para sus autores intelectuales, cualesquiera que hayan sido. Si fue Somoza, su fracaso es evidente, ya que ese fue el detonante de la insurrección popular; si fueron los sandinistas, aunque inmediatamente pareció contribuir a sus fines, a la larga los principios de la libertad de prensa y la lucha por la democracia y la justicia, que eran los principios que defendía Pedro Joaquín Chamorro, llevaron al fracaso a la dictadura militar sandinista, y luego perdieron las elecciones frente a su viuda.

“El asesinato político”, como dije en un artículo publicado en el Diario Las Américas, el 2 de marzo de 1996, “es un error estratégico”. Nunca logra plenamente sus objetivos, el tiro siempre sale por la culata. Cuando asesinaron, en Bogotá, a Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, se desencadenó una de las peores épocas de violencia de Colombia y el Partido Liberal perdió la oportunidad de hacer una reforma integral dentro de sus estructuras, que a la larga lo hubiera fortalecido. El asesinato de Francis Ferdinand, el archiduque de Austria a manos de Gavrilo Princip el 28 de junio de 1914, desencadenó la Primera Guerra Mundial y en nada contribuyó al bienestar de los serbios en Bosnia. El asesinato de Carlos Guadamuz, lejos de facilitar el camino político de sus autores intelectuales lo va a complicar, pueden que caigan algunas cabezas, lo más probable es que paguen por el crimen individuos de poca monta, pero a la larga esto no beneficiará ni a sus autores ni a la democracia nicaragüense.

Yo conozco el dolor del asesinato muy de cerca. Mi padre Guillermo Urbina Vásquez fue asesinado por Augusto Tapia Columna el 15 de julio de 1977. El asesino huyó a Costa Rica, colaboró con el FSLN y entró triunfante el 19 de julio de 1979. Trabajó para la Seguridad del Estado y tengo entendido que ahora vive jubilado en una pequeña hacienda en Tipitapa. El asesino de uno de los más preclaros antisomocistas recibió protección de los líderes sandinistas. Yo lo he perdonado porque sé que es la única forma de encontrar paz en mi espíritu, pero ni él ni los que lo protegieron encontrarán jamás tranquilidad en esta tierra. Ese es el castigo por el homicidio. Como nos enseñara Fedor Dostoyevski en Crimen y castigo, de la única forma en que Raskólnikov pudo encontrar paz y sosiego por su crimen, fue entrar en una comisaría y declarar: “Yo fui quien mató a aquella vieja viuda de un funcionario y a su hermana Lizaveta con un hacha para robarles”.

Necesitamos un control absoluto de las armas de fuego. Es preciso educarnos en la tolerancia para aceptar lo que no nos gusta y domeñar la violencia. Pero fundamentalmente es urgente castigar a los culpables y esperar que la raza humana, poco a poco, aprenda a convivir en paz.

El autor es catedrático de la Universidad de Tulane en Nueva Orleáns

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