Sandino: actualidad de su pensamiento

—Jorge Eduardo Arellano—

Ante una personalidad férrea, altiva y

subyugante como la de Augusto C. Sandino, resulta muy difícil alcanzar la imparcialidad. Y el suscrito, en su libro en prensa Soldado del continente/Capitán de Nicaragua, no es la excepción. Aunque aspiramos a ella, la relectura de su gesta a la luz de viejos y nuevos documentos nos dejó seducidos. Porque, ante todo, Sandino aún hace vibrar nuestras fibras identitarias. Aún puede revelarnos mucho en esta época de huracánida globalización.

Por ejemplo, nadie objetaría la propuesta de uno de sus proyectos básicos: la reunión en Buenos Aires de una conferencia interamericana, destinada a afianzar “la soberanía y la independencia de nuestras 21 repúblicas indohispanas y la amistad de nuestra América racial con los Estados Unidos sobre bases de equidad”. ¿No es la equidad el ideal que debe prevalecer en las negociaciones del Tratado del Libre Comercio en las Américas?

Otra idea suya, casi obsesiva y aún vigente —revitalizada hoy como megaproyecto de necesidad y trascendencia mundiales— es la construcción del canal interoceánico por Nicaragua que él reservaba, en principio, a la “nacionalidad latinoamericana”, sin descartar el aporte del capital norteamericano. Más aún: en la mañana del 3 de febrero de 1933, ya inexistentes las fuerzas interventoras del país y un día después de firmar la paz con el presidente Juan B. Sacasa, declaró a un corresponsal de la United Press: “Puede a los lectores americanos que he estado en frente de los Estados Unidos, durante muchos años, obligado por el máximo deber de defender la autonomía de Nicaragua; pero que no les guardo rencor ni odio. Hay más: considero factor importante al pueblo americano en el equilibrio continental, siempre que sus relaciones se desarrollen sobre bases de justicia”.

Otra declaración en la misma línea, recogida por un periodista mexicano, fue ésta: “Personalmente, no tengo nada contra los norteamericanos. Que vengan a trabajar aquí, pues. Sin embargo, no aceptaré que vengan como otros amos… Envío mis saludos al pueblo norteamericano”. Posteriormente, Sandino dirigió una carta al New York Tribune enviando su pésame a las familias de los marinos muertos en Nicaragua. Gran parte de la prensa norteamericana, por otro lado, lo elogió como un verdadero patriota de la estirpe de Washington y de Bolívar.

Como las anteriores, existen otras concepciones que tornan obsoletas las perspectivas tradicionales del “máximo héroe de nuestra historia”, como lo llamó su partidario Francisco Buitrago Díaz. Me refiero al patriota encendido y sensible, para quien la Patria no era un recuerdo nostálgico ni una ilusa esperanza; y al nacionalista, asociado a una visión telúrica que incluía un reconocimiento de las riquezas naturales de su tierra natal; no precisamente a una idealización arcádica. Por tanto, su admirable descripción y valoración de los recursos de nuestro medio ambiente no constituían una lección de geografía: eran producto de una experiencia personal, o de constatación in situ, transformándose —para utilizar un concepto de nuestros días— en un convencido ecologista.

Hay que incorporar estos nuevos aspectos a su legado histórico político y cultural, cuyo distanciamiento de los mismos por los dirigentes de los años ochenta, según Carlos Tünnermann Berheim —uno de los protagonistas civiles más relevantes de tales años— fue una de las causas de su fracaso. Porque el FSLN (movimiento que su génesis funcionó como FLN, es decir como una organización similar al Frente de Liberación en Argelia) tuvo la audacia sectaria y totalitarista de apropiarse del mítico guerrillero, de monopolizarlo y manipularlo. En otras palabras, sentó desde un principio su incapacidad de impulsar —aun conservando la hegemonía— un gobierno nacional: primero y más alto ideal de Sandino. Y semanas antes de concluir su convulso gobierno —durante los meses de la gran repartición legalizada, o “piñata”— demostró ser infiel a uno de los principios morales de su presunto conductor histórico: “Los bienes de la Nación deben ser sagrados y deben respetarse” (“El pensamiento vivo de Sandino”, Tomo 1. Managua, Nueva Nicaragua, 1984, p. 203).

Recuperemos, en fin, al Sandino de todos los nicaragüenses, a quienes heredó un programa de lucha y, sobre todo, de paz; no a un partido determinado. Lo mismo ha sostenido su hija Blanca Segovia: “Mi padre no le pertenece a ningún partido” —declaró en una entrevista— (LA PRENSA, 28 de febrero, 1999).

El autor es académico y escritor

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí