Reflexiones sobre el Cafta

Francisco Xavier Aguirre Sacasa

Son muchos y difíciles los problemas económicos y sociales que aquejan a Nicaragua. Incluyen, por ejemplo, nuestra pobreza —seguimos siendo el segundo país más pobre del hemisferio— nuestros altos índices de des y sub empleo, nuestra alta carga impositiva y alto niveles de endeudamiento interno, para citar a sólo algunos. Pero lo que más me inquieta es nuestro anémico ritmo de inversión y producción privada y nuestras raquíticas exportaciones.

El crecimiento acelerado por un sostenido período de tiempo es el único antídoto para nuestra actual y angustiosa condición. Pero ¿será capaz Nicaragua de lograr esto? Y si la respuesta es afirmativa, ¿cómo hacerlo?

La respuesta a la primera pregunta es un sí enfático. ¿Cómo lo sé? Sencillamente porque durante el cuarto de siglo después de 1950, Nicaragua lo logró. Entre 1950 y 1975, fuimos uno de los países que más rápidamente creció en el “tercer mundo”. En algunos de esos años alcanzamos tasas de crecimiento hasta del ocho por ciento anual, más de dos veces nuestro crecimiento demográfico. Y durante ese cuarto de siglo, ¡nuestra economía creció dos veces y medio más rápidamente que la de los Estados Unidos!

¿Cuál fue el secreto de este éxito? Primero, tuvimos un estado comprometido con el modelo de la economía de mercado pero que comprendía, al mismo tiempo, que le correspondía jugar un papel promotor: el de dotar al país de una infraestructura sólida y de invertir en programas eficientes de apoyo a la producción privada. El Gobierno también daba incentivos y espacio al sector privado y favorecía a la exportación, consciente de que el mercado nacional era demasiado pequeño para asegurar el crecimiento sostenido que el país requería.

Durante esos años Nicaragua también contó con una clase empresarial —particularmente en el campo y en el sector financiero— que aprovechó con dinamismo y visión las favorables condiciones que el Gobierno estaba creando y que impulsó el crecimiento vertiginoso que Nicaragua vivió en aquellos años. Es interesante constatar que aunque hubo inversión extranjera privada, la mayor parte del músculo empresarial al que me refiero fue criollo.

Algunas estadísticas ilustran lo que sucedió en esta época dorada de nuestro desarrollo económico. Según el Banco Mundial, en 1977 Nicaragua había alcanzado un ingreso per cápita de US$830 (el equivalente de aproximadamente US$2,500 en términos actuales, después de ajustar para inflación) y era el segundo país más rico de las cinco repúblicas centroamericanas. Sólo Costa Rica nos superaba en ingreso per cápita.

Pero a mi juicio el logro más impresionante —y la llave al milagro nicaragüense de ese cuarto de siglo—es el nivel de exportaciones que teníamos: US$600 millones en 1977 (aproximadamente US$1,800 millones en dólares de hoy). Es más, el valor de nuestras exportaciones cubría el 80 por ciento de nuestras importaciones, la misma relación que tenía en ese entonces Costa Rica.

Gracias al ímpetu que se le había dado a las exportaciones, éstas crecieron en un diez por ciento anualmente durante la década de los sesenta y seguían bien por encima de la expansión demográfica durante la primera mitad de los setenta. En otras palabras, Nicaragua había prácticamente alcanzado la sostenibilidad económica, basada en una cooperación entre el Gobierno y el sector privado y en una estrategia de libre mercado que enfatizaba la producción destinada, en gran parte hacia la exportación.

Esa misma fórmula debe aplicarse hoy para sacar Nicaragua del enorme hoyo económico en que se encuentra. Consultando, de vuelta, las estadísticas (esta vez las del Banco Central) en el 2002 nuestras exportaciones alcanzaron aproximadamente US$600 millones o la tercera parte de su nivel de 1977, en términos constantes. Como nuestras importaciones en el 2002 tenían un valor de US$1,636 millones, nuestras exportaciones cubrían a duras penas la tercera parte de lo que importábamos. Si no fuera por el enorme influjo de ayuda internacional y de remesas que recibimos, Nicaragua no podría mantener el nivel de consumo que tiene y nuestra triste situación económica y social sería aún peor de lo que es.

Eso me trae al tema del tratado de libre comercio de Centroamérica con Estados Unidos, o Cafta, por sus siglas en inglés. Si bien es cierto que la responsabilidad mayor por superar el enorme desafío que enfrentamos lo tenemos los nicaragüenses, también es cierto que el Cafta facilitaría enormemente esta tarea. Haría de Nicaragua una plataforma más atractiva para inversionistas, nacionales y extranjeros, interesados en aprovecharse de un acceso privilegiado al mercado norteamericano —el más grande del mundo— y de nuestras ventajas comparativas como una mano de obra creativa, laboriosa y barata y los bajos precios para nuestros otros activos, como la tierra.

Este año, México cumplió diez años de haber firmado su propio tratado de libre comercio con EE.UU. y Canadá conocido como el Nafta. Y la experiencia mexicana nos da una idea de los beneficios que un TLC con Estados Unidos nos podría brindar. En el caso de México, sus exportaciones hacia Estados Unidos han crecido en un 15 por ciento anualmente aumentando de aproximadamente US$40 mil millones en 1993 a US$135 mil millones en el 2002. Y el déficit comercial de US$1,600 millones que México tuvo con Estados Unidos en 1993 se convirtió en un superávit comercial de US$37 mil millones en el 2002. En el proceso, se crearon cientos de miles de trabajos adicionales en México con muchos de éstos en industrias sofisticadas como la automotriz y la de informática.

Lo mismo —por supuesto, en una escala más modesta— podría darse en Nicaragua. Por eso es que digo que aunque no hay varita mágica que saque a Nicaragua del agudo subdesarrollo en que se encuentra, el Cafta es lo que más se asemeja a ella. Y por eso es que respaldo entusiastamente la aprobación del Cafta por nuestra Asamblea Nacional.

El autor fue Canciller de Nicaragua.

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