Bush y Blair entre la incompetencia y la mentira

Sergio Muñoz [email protected]

La incapacidad de los equipos de Bush y Blair para encontrar las armas de destrucción masiva en Irak lesiona la credibilidad de los dos gobiernos y cuestiona su capacidad para conducir la guerra contra el terrorismo.

Para justificar la invasión a Irak, el presidente George W. Bush y varios miembros de su administración dijeron que Saddam Hussein poseía un formidable arsenal de armas químicas y biológicas listo para ser usado. En su presentación ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el Secretario de Estado, Colin Powell, presentó fotografías de lo que dijo eran laboratorios móviles iraquíes que después se supo que no lo eran. Todavía a finales de enero, en una entrevista por radio, el vicepresidente Dick Cheney insistió que en ese país se elaboraban armas biológicas.

Otra razón aducida por la administración para justificar la invasión fue que Hussein había reconstituido su programa de armas nucleares. También se argumentó que existían nexos entre Hussein y grupos terroristas ligados a aquéllos que atacaron a Estados Unidos el 11 de septiembre del 2001, circunstancia que posibilitaba una transferencia de las armas de Hussein a los terroristas.

La argumentación del Primer Ministro británico, Tony Blair, para embarcar a Gran Bretaña en la guerra de Bush fue similar a la de la Casa Blanca, aunque con adiciones escalofriantes. El “dossier” utilizado por Blair para pedir el apoyo a la decisión del Gobierno fue que en un lapso de 45 minutos las fuerzas armadas inglesas podrían ser víctimas de un ataque con armas químicas y biológicas.

A fines de enero, después de presentar su renuncia, David Kay, quien encabezaba el equipo de inspectores de armas de exterminación masiva estadounidense, declaró sin ambages que “es muy poco probable que encontremos grandes arsenales de armas (en Irak) No creo que existan”.

Cuidadoso con el lenguaje, Kay no culpó al presidente Bush del fiasco, sino que le achacó incompetencia a los servicios de inteligencia por no haber detectado dónde se almacenaban los arsenales. También acusó a las fuerzas de seguridad estadounidenses por su incapacidad para evitar el desorden callejero generado inmediatamente después de la invasión. Según Kay, en estos momentos de caos los seguidores de Hussein bien pudieron haber destruido los expedientes que daban cuenta del programa de armas y transportado lo que hubiera quedado del programa de armas iraquí a Siria. Menos compasivo, el senador Ted Kennedy sugiere que “más que una falla de inteligencia, lo sucedido es el resultado de manipulación de la inteligencia recibida para justificar la decisión de irse a la guerra”.

En Gran Bretaña, Blair también ha sido cuestionado por la opinión pública y por los medios de comunicación respecto a sus argumentos para apoyar la guerra de Bush. La prestigiada BBC recién sufrió un tremendo descalabro al ser señalada de reportar de manera imprecisa acusaciones de que el Gobierno de Blair había manipulado los reportes de inteligencia para justificar su participación en la guerra.

El fallo del fiscal independiente que revisó el asunto indica que lo dicho por Blair se sustenta en los reportes de inteligencia que recibió, al tiempo que critica las fallas en los sistemas de supervisión y verificación de los datos empleados por la BBC en estos reportes. No discute la veracidad de los reportes de inteligencia ni especula si fueron causa suficiente para la guerra.

Culpar de incompetencia a los medios y a los servicios de inteligencia en ambos países, aún en los casos en los que la crítica es pertinente, no resuelve el problema de fondo. Si bien la invasión derrocó a un tirano deleznable, la destrucción de Irak pudo haberse evitado igual que el caos creado en la región. Nada justifica el creciente número de muertos norteamericanos y el desconocido número de muertos iraquíes.

Acusar a Bush y a Blair de mentir deliberadamente es sumamente arriesgado sin tener pruebas de que lo que dijeron en su momento era una invención. Pero la incapacidad de ambos gobiernos para encontrar vestigios de las armas de destrucción masiva daña la credibilidad de los dos gobiernos y pone en tela de juicio su capacidad para conducir la guerra contra el terrorismo.

El autor es miembro del Consejo Editorial de Los Angeles Times.

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