Hortensia Rivas Zeledón
El régimen totalitario sandinista produjo una profunda división en la sociedad nicaragüense. Fueron raras y contadas las familias que no se distanciaron ni dividieron, porque la ideología marxista inculca a sus adeptos conceptos contra la familia, con el objetivo de someterlos al partido. Les dicen que los camaradas son más hermanos que los propios hermanos, que el partido está por encima de todo, inclusive del individuo, que el partido es inmortal y que representa la conciencia y el honor y hay que amarlo, respetarlo, obedecerle y venerarlo. El partido se vuelve una especie de Dios y lo encarna el cacique, lo que también sucede en algunos partidos de derecha. Por eso los liberales del PLC hacen lo que dice “el hombre”, hasta hay un diputado liberal dispuesto a dar la vida por él.
Pero siempre hubo nicaragüenses democráticos que lucharon contra la dictadura dinástica de los Somoza, y cuando cayó ésta y fue sustituida por otro régimen más totalitario y corrupto, no se sometieron al absolutismo de los nueve comandantes. Por el contrario, lucharon de diferentes formas para sustituir al régimen marxista con un gobierno democrático.
Los años ochenta fueron de miseria, persecución y guerra. El pueblo, cansado, anhelaba cambiar todo eso y el 25 de febrero de 1990 votó por el cambio que la UNO prometía. Pero esa misma noche le fueron confiscadas a los nicaragüenses las esperanzas de un verdadero cambio cuando Daniel Ortega se negó a reconocer su derrota y el rechazo que le demostró el 60 por ciento de la población.
Ellos como verdaderos revolucionarios siempre tienen varias cartas debajo de la manga y en esa misma fecha, con la consigna “gobernar desde abajo”, comenzaron a mediatizar el cambio que los votantes demandaban y que Nicaragua necesitaba.
El primer gobierno democrático, con el argumento de la reconciliación estableció el contubernio y la promiscuidad política y en muchas reuniones de Gabinete participaban los jefes del Ejército, aunque ellos eran sandinistas como lo confirmó Lenín Cerna cuando tuvo que dejar el cuerpo castrense y en un acto del FSLN dijo: “Aquí vuelvo de donde nunca me fui”.
Ellos nunca han reconocido el daño que le hicieron al país, ni han pedido perdón al pueblo por todo el sufrimiento que le causaron, ni han renunciado a su ideología de odio de clases, enemiga de las libertades y los derechos individuales, ni han roto sus lazos de hermandad con los regímenes totalitarios de Libia, Corea del Norte, Cuba y China comunista, ni han regresado lo que se robaron ni han prometido que van a cambiar.
Y mientras todos los nicaragüenses estamos obligados a pagar la piñata sandinista, las quiebras fraudulentas de los bancos y el lavado de dinero, lo que encarece más la vida y produce escasez en todos los hogares, los políticos corruptos hacen pactos, se reparten los poderes del Estado y chantajean al Gobierno con asonadas estudiantiles y turberas.
En tanto los ladrones —del partido que sea— no paguen por el daño causado, no devuelvan lo robado, no se comporten como verdaderos demócratas, no dejen esa conducta hipócrita, astuta y cínica, no podrá haber una verdadera reconciliación entre los nicaragüenses. Las heridas son profundas y sólo hay una forma de cerrarlas: que todos los ladrones devuelvan lo robado, respeten el Estado de Derecho y se despartidaricen la Corte Suprema de Justicia, el Consejo Supremo Electoral y la Contraloría. De otra manera no habrá reconciliación sino pura y descarada promiscuidad.
La autora es directiva del Partido Conservador.