Hace falta una estatua para Pedro Joaquín Chamorro

Fabio Gadea Mantilla

Las estatuas de los hombres que han sobresalido por su talento, sus virtudes ciudadanas o su genio forman parte de la historia de una nación. Desde niño he admirado la bella estatua de Rubén Darío en el parque del mismo nombre, rodeada de alegorías y de fragmentos de sus inmortales poemas. En todo el país se le rinde homenaje al excelso Príncipe de las Letras Catellanas cuyo aniversario, tanto de nacimiento como de muerte, conmemoramos en enero y febrero de cada año.

Ciudades, calles, teatros, parques, cines, escuelas, bibliotecas, liceos, salones, rotondas llevan el nombre glorioso de nuestro Rubén Darío. Y qué bueno que así sea pues hay que honrar la memoria de los hombres que han hecho historia y que han prestigiado a la nación.

Hombres de semejante valía jamás hubiesen permitido que en vida se les erigieran estatuas y por eso es que sus monumentos permanecen y son vigilados con celo por los ciudadanos. Hay estatuas que fueron levantadas en vida a ciertos tiranos y que no duraron ni treinta años pues el mismo pueblo se encargó de bajarlas de su pedestal, el que todavía espera que se coloque a alguien que verdaderamente tenga méritos.

La estatua ecuestre que el general Somoza García se hizo erigir frente al estadio hoy está quebrada en pedazos, algunos de los cuales se exhiben como piezas de museo. La estatua de Luis Somoza frente a la Plaza del Sol igualmente fue derribada y se puso en su lugar al patriota mejicano Benito Juárez.

Rubén Darío en cambio permanece porque realmente es una gloria de Nicaragua y del mundo. Fuera de Rubén Darío no hemos sido capaces de honrar con monumentos a nadie más. Se han erigido pequeños bustos a ciertos hombres y mujeres destacados en la comuna y en la educación, pero hemos sido incapaces de reconocer los méritos de muchos grandes hombres que ha tenido la nación. El encono partidario ha sido factor decisivo para negar los valores cívicos y morales de los hombres de uno y otro bando.

Hubo grandes hombres que deberían haber sido honrados con monumentos que inmortalizaran su memoria, pero como todo ser humano tiene cualidades y defectos, las luchas partidarias nos han hecho minimizar las cualidades y vociferar contra los defectos. Allá en León encontramos de puro milagro una pequeña estatua de Máximo Jerez en el parque central, pero hacen falta muchas más.

Se me ocurrieron estas reflexiones mirando el sitio en donde fue asesinado el periodista Pedro Joaquín Chamorro, realmente un hombre con virtudes tan relevantes que opacan y minimizan los defectos que como hombre pudo tener. Pedro Joaquín fue, es y seguirá siendo el periodista que más se ha entregado a la causa de la nación. Luchador inclaudicable que defendió, proclamó y vivió la honestidad, mantuvo el espíritu de lucha en todos los campos; buscó cómo imponer la honestidad y el buen gobierno a través de la pluma criticando y orientando en forma continuada desde las páginas de LA PRENSA, la buscó en la guerra y empuñó el fusil sin tener experiencia militar pero dispuesto a dar la vida por la Patria; sufrió cárceles, torturas, angustias y soledades en las prisiones, se fue al exilio y jamás dejó de luchar hasta que las balas asesinas segaron su vida.

Sólo su sangre pudo iniciar efectivamente la caída de la dictadura somocista. Sin su sangre ningún movimiento guerrillero hubiese podido triunfar. Un hombre como Pedro es un auténtico héroe nacional, un prócer y un ejemplo para el periodismo y para la juventud nicaragüense. Pedro merece no sólo una estatua en el sitio en donde fue asesinado sino que merece una más en cualquiera de nuestras hermosas rotondas. A Pedro y a la Patria le debemos un monumento. Hace falta la estatua que él se merece.

El autor es empresario radial y diputado al Parlamento Centroamericano.

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