La cacería en contra de los nicas no es la vacuna

Joaquín Absalón Pastora

Los sucesos en el asentamiento La Carpio, de San José, Costa Rica, indican que se ha ido más allá de los límites establecidos por la cordura al evidenciarse el maltrato a los nicaragüenses residentes en la vecina del sur, no obstante pruebas presentadas de estadía legal en algunos casos, y de ilegalidad en otros. Sin embargo en el arrebato las dos índoles han sido puestas en el mismo cofre.

Lo razonable es “poner las cosas en su lugar” por la vía de no ver a la inmigración como un obstáculo sino como algo que tiene todo movimiento: ventajas y desventajas. Además de incidir el entendimiento recíproco y excepcional por estar ventilado el panorama por los aires cercanos de la vecindad.

Las disyuntivas planteadas por el hecho permanente de ser fronterizos constituyen —a veces— una tradición negativa que incuba un odio que jamás será la vacuna de una constante ulcerada que estará ahí el mismo tiempo que tenga vigencia el destino geográfico de dos países que llevan sobre el hombro terrenal la realidad de estar separados por un mojón.

Nadie va a permitir la repentina presencia de un extraño en casa, pero si ha entrado a ella con permiso, por qué sacarlo con la movida del coyundazo, con la negación de la básica consideración humana, con tapar los ojos para no hacer volar las lágrimas.

El tema de los inmigrantes juega una actualidad reincorporada. Preocupa la agudeza de este recurso extendido como peste bubónica. Aquí mismo llegan desde el sur y de lugares más lejanos usando a Nicaragua como trampolín estratégico para concluir en la codiciada meta del norte. Pese a reiteradas vulneraciones, nuestras autoridades han sabido marcar en la tarjeta de la elasticidad. Los vigías del sur son más rigurosos en su comportamiento. Esa tiesa asiduidad es explicable por cuanto la emigración es escasa en relación a la intensa y cotidiana observada de Nicaragua a Costa Rica por razones ampliamente extrovertidas.

Los nicas van a Costa Rica huyendo de las desgracias ocurridas en la interioridad de nuestros patios. La despoblación patética y lastimosa es uno de los efectos padecidos por el gigantesco error cometido por quienes no entraron a gobernar sino a destruir en injusta simultaneidad con la oscurecida felicidad del nativo. Es por eso que una canción pregona: “Nicaragua, levántate y anda”. Andemos para evitar que reincida el riesgo del criollo que se va de su casa aunque disponga de ricos recursos.

Como el instante vuelve para convertir a la noticia en historia, recuerdo un pacto migratorio acordado entre los gobiernos de Nicaragua y Costa Rica mediante el cual se frenaba a las deportaciones y se garantizaba la tranquilidad ausente con la legalización.

Nuestro campesino le es útil por el bajo costo del universo de su “mano de obra”. Lo mismo ocurre en Estados Unidos y lo ha reconocido un reciente proyecto de George Bush. Lógicamente queda excluida la perniciosa delincuencia.

“Ni el ojo por ojo” ni la recurrencia de emitir facturas con el logotipo del rencor caben en las formas sensatas de la solución. Es ver a la inmigración no como un problema porque ella ocurre en todas las latitudes planetarias, sino como un fenómeno que ofrece perspectivas viables.

Quizá la insolente velocidad del tiempo detenga el éxodo y permita con el patrocinio de la reflexión que es preciso incluir todas las formas emergentes para atender el cambio de vida en un mundo cada vez más estrecho y difícil.

El autor es periodista.

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