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Comienzo del nuevo año escolar
Hoy comienza el nuevo año escolar, como ya es costumbre acompañado de discusiones sobre la multitud de niños que no pueden ir a las escuelas, de críticas al sistema educativo por las grandes lagunas intelectuales de la mayoría de los bachilleres de la educación pública que no clasifican para las universidades, de quejas de los padres de familia porque el avituallamiento de los escolares este año es más caro que el anterior, etc.
También como todos los últimos años el comienzo del nuevo curso escolar estuvo precedido de protestas por los bajos salarios de los maestros, amenazas de huelgas y disturbios magisteriales, y, finalmente, negociaciones y acuerdos entre las autoridades de educación con los líderes político-gremiales del magisterio, así como las consabidas amenazas de que si no se cumple tal o cual cosa paralizarán más adelante las actividades docentes.
Pero igualmente es necesario consignar que el nuevo año escolar comienza, como siempre, con grandes esperanzas de los padres de familia en que la educación hará a sus hijos personas de bien y los dotará de los medios indispensables para abrirse paso en la vida, para competir airosamente y triunfar.
Respecto a las inconformidades y protestas por la mala remuneración de los docentes, hay que reconocer que ésta aumentó considerablemente en comparación con la catastrófica situación que afrontaron las y los maestros durante el régimen sandinista. Sin embargo sus salarios siguen siendo muy bajos, mientras los sueldos y privilegios de los políticos gobernantes y de sus allegados se mantienen excesivamente altos en relación con lo poco que produce el país y recauda en el Estado. Eso aparte del gasto desmesurado en el mantenimiento de la numerosa, costosa e innecesaria burocracia de todo rango y tamaño que puebla las distintas instituciones estatales.
Sin embargo la demanda del necesario aumento de salarios al magisterio se sigue planteando en los términos equivocados y obsoletos de la lucha de clases marxista-leninista. O sea por medio de negociaciones obrero-patronales, de amenazas de paros y huelgas, de marchas y disturbios callejeros para conseguir aumentos de aplicación igualitaria.
En realidad, si se quisiera convertir la educación en el eje de la estrategia para el crecimiento económico, el desarrollo nacional y el progreso social, lo primero que se debería hacer es reducir los altos costos de la burocracia política y trasladar la diferencia a la inversión educativa. Y por otra parte, los aumentos de salario no deben ser de manera igualitaria —como lo demandan los sindicalistas tradicionales—, porque así se premia la ineficiencia, sino se deben otorgar en forma diferenciada, en base del buen desempeño de los docentes, para motivar su alto rendimiento y calificación, asegurar el compromiso con el aprendizaje de los educandos y su responsabilidad por los resultados debidamente comprobados.
Tampoco la solución ha sido ni es convertir a los directores y maestros en recolectores y administradores de fondos para mejorar ellos mismos sus ingresos, ni de pagarles incentivos por cuotas de alumnos aprobados y promovidos, pues con esto lo que se hace es inducir a la superficialidad y la corrupción. Por el contrario, lo que se debe hacer es recompensar con los aumentos salariales a quienes en verdad lo merecen por la calidad y eficiencia de su trabajo.
Por supuesto que eso requiere de un sistema transparente de evaluación de la enseñanza y del rendimiento de los docentes. Y de acuerdo con los resultados de las evaluaciones, orientar los incentivos salariales hacia las y los docentes que lo merecen porque incorporan nuevos hábitos de trabajo y mejoran sistemáticamente su calidad pedagógica y profesional. De esa manera el aumento salarial serviría para incentivar la búsqueda de la excelencia y distinguiría a las maestras y maestros que en realidad y de manera comprobada mejoran su capacidad de enseñanza y la de aprendizaje de sus alumnos.
Definitivamente, no es posible que haya una atención apropiada a la educación —incluyendo la buena remuneración de las y los maestros que merecen ser bien remunerados— mientras se siga creyendo que el mejoramiento del sistema educativo y de la situación de los docentes depende únicamente de más presupuesto. Lo que hay que hacer, en realidad, no es gastar más dinero del que se tiene, sino gastarlo mejor.