Deporte y literatura

Guillermo Rothschuh Tablada

Deportista que hace literatura y literato que hace deporte, es el caso de Ernest Hemingway. En El viejo y el mar –poema épico– hay una interpolación donde apuntar la potencialidad de DiMaggio y el coraje de los Yankees de New York, es más emocionante que tirar los “sedales pardos de apretada malla” que arrastran al inmenso tiburón de setecientos kilos.

Hemingway nos había dado en Fiesta brava otro tipo de crónica, siempre deportiva, salpicada de sangre, pero sin la unidad y calidad poéticas que Santiago nos revela cuando, entre cielo y mar, ha perdido de vista las luces de La Habana.

“Pensó en las Grandes Ligas –dice Hemingway–. Sabía que los Yankees de New York estaban jugando contra los Tigres de Detroit… Pero debo tener confianza y debo ser digno del gran DiMaggio que hace todas las cosas perfectamente. ¿Crees tú que el gran DiMaggio seguiría con un pez tanto tiempo como estoy haciendo yo?, pensó. Estoy seguro de que sí, y más, puesto que es joven y fuerte. También su padre fue pescador”.

El poeta Manolo Cuadra, boxeador de peso welter en sus mocedades, hizo también entre nosotros mucha crónica deportiva. Actuaba de réferi por la noche y, en la mañana siguiente, desde las columnas del Gran Diario, elogiaba la agilidad del vencedor en prosa más ágil más todavía, definiéndolo como “felino pie de infatigable lances que nunca se cansaba” […]

La Evocación de Píndaro, de Salomón de la Selva, es uno de los poemas más ilustres de la literatura castellana. Está escrito en 1955, cuando Cantos de vida y esperanza, de Rubén Darío, cumplía medio siglo de vida. El atleta Mateo Flores –indio guatemalteco– es el favorecido con este canto que revivió las viejas esencias americanas, secularmente dormidas. Esa energía que nosotros quisiéramos ver organizada en las aulas, en las calles, en las plazas públicas, para bien de una juventud de pensamiento sano en un cuerpo sanísimo.

¿Y qué es el Poema a un hombre llamado Roberto Clemente (1973) de Horacio Peña, sino la exaltación al héroe pindárico, el reconocimiento pleno a un hombre muerto en la plenitud de su gloria, cuando en un gesto fraternal pretendía dar algo a las manos de la fanaticada que un día lo aplaudió?

Hagamos, pues, buena poesía, excelentes odas donde las fuentes nutricias sean lo auténticamente americano y su contexto greco-latino; pero hagamos también verdaderas crónicas, desde un potente sillón de hierro, al golpe invulnerable, porque asedian los halagos, los facciosos batallan y el escritor, bien informado, entre lo que quieren los tirios y defienden los troyanos debe saber esquivar la lanzada.

El autor es académico de la Lengua y escritor. Texto publicado como prólogo al libro El mundial nica, de Edgard Tijerino.

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