Jorge Eduardo Arellano
Tan vivo como la pasión política, el beisbol es mucho más que el deporte por antonomasia en Nicaragua. Como ningún otro, se ha adaptado a la psicología de nuestro pueblo que lo adoptó en la última década del siglo XIX, introducido por jóvenes de la elite social que estudiaban en Nueva York. Por tanto su inicio, contrariamente a lo que se ha supuesto o creído, data de mucho antes de la primera intervención militar estadounidense en septiembre de 1912. Es cierto que también se impuso o se acogió como principal actividad deportiva en países de la Cuenca del Caribe (Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Venezuela, Panamá y México, primer país latinoamericano visitado por un equipo de Grandes Ligas: los “White Sox” de Chicago en 1907), relacionados fuertemente con el Imperio del Norte. Pero no basta ese fenómeno para explicar su fascinación e impacto entre nosotros.
En uno de los capítulos que enriquecieron las ediciones de El Nicaragüense, Pablo Antonio Cuadra argumentó nuestra preferencia por el beisbol, atribuyéndole a varias causas: un posible residuo cultural relacionado con el Norte prehispano del continente, el clima (menos agitado y tensional que el futbol, el beisbol exige menos gastos de calorías) y la tendencia individualista del “nica”. Como se sabe, éste es poco dado a trabajar en equipo, admira demasiado la hazaña personal y rinde “culto a la personalidad”. Realmente, existe una correlación entre el caudillismo político y el carisma lúdico de los grandes peloteros.
En su interpretación, PAC fue más allá al observar en los jugadores a un Ulises (que, según él, lleva todo “nica”) saliendo de casa (el “home” o jon), tras una carrera por el mundo –llena de dificultades sin cuento– y retornando a ella. “Cada vez que el héroe sale de casa, el nicaragüense siente repetirse su éxodo y tentación de aventura”. Pero resulta más convincente al sostener que el beisbol es “el juego más juego. Es una ficción, aunque esa ficción lo que juega y representa es una guerra; pero su metáfora es más inteligente o más poética”. Se corresponde, pues, con nuestra vigorosa imaginación creadora.
Por otra parte, mucho menos tenso y violento que el futbol, no está amenazado por una gigantesca Espada de Democles: el Tiempo, que limita a los otros deportes, sobre todo al futbol. En el beisbol, casi se prescinde de ella, tendiendo a ser atemporal y creando un espacio con mayor espectacularidad, magia y pureza. La duración de cada juego no es previsible. De hecho, uno de los partidos más largos de la historia beisbolera del mundo se realizó en el Estado General Somoza. Durante cinco horas y media y en veinte y seis episodios, el “Navarro Clubs” ganó 4 carreras x 3 al “Escuelas Internacionales” el 10 de julio de 1949.
Ya en 1956, al inicio de la Liga Profesional, el beisbol se convirtió en una novedosa “locura” colectiva que llamaría la atención de un humanista leonés: Mariano Fiallos Gil. Entonces, éste pergeñó un ensayo que debemos considerar pionero en la interpretación de nuestra pasión beisbolera, aunque contiene una peccata minuta (atribuir una frase de Marx al gestor de la Revolución rusa de Octubre): “Nuestro beisbol ha desterrado toda actividad, y adormecido todo otro deseo. Es –parodiando a Lenin– el opio del pueblo nicaragüense”. Y añadía: “Hemos de convenir que la fanaticada beisbolera exagera su pasión; que los obreros ya no se ocupan de sus sindicatos, ni los ciudadanos de sus derechos políticos ni los escolares de sus estudios; que los enamorados han de declararse en lenguaje beisbolero y que las comadronas, cuando creen que ya comienzan los movimientos del parto, han de proclamar con gesto altivo el ovacionado “pleybol” para que nazca pronto el chico”.
Fiallos Gil escribe beisbol sin el acento en la /e/, tal como lo pronunciamos y ya ha sido aceptado por la Asociación de Academias de la Lengua, de acuerdo con ponencia presentada por Francisco Arellano Oviedo; aunque el estrato menos “educado” comenzó a llamarlo “baibol” . Este resultaría el vehículo más afortunado para satisfacer los deseos del público y colmar la catarsis del zoon politicon de Aristóteles y del homo lupus de Hobbes. Me refería un ilustrado salvadoreño que en los años 50 un fanático (¿del “Cinco Estrellas”?) gritaba en el estadio: ¡Viva Tacho, el hijuep…”. Y los insultos entre las barras adversarias son carta corriente de desahogos.
El mismo Fiallos Gil destaca la superioridad armónica del beisbol en relación con los otros deportes y que en él no se diluye el jugador personal en la totalidad del equipo ni este se “traga” al jugador. “Todo lo contrario: le da oportunidad de lucirse bateando en la ofensiva y engarzando en la defensa. Al mismo tiempo, no se le desconecta de la responsabilidad del bien común y lo ejercita en la conciencia de integración en la cual sirve”. ¿Más que el fútbol? Para los europeos, seguramente no.
Pero algo es definitivo: en la agilidad, ingenio, imaginación y dinámica que le corresponde desplegar al manager participa el fanático, el público, más que en ningún otro deporte, como también en las protestas contra los fallos considerados injustos, lo cual permite mayor cantidad de catarsis.
En Nicaragua, la incidencia del beisbol en nuestra cultura amerita un libro. No en vano este deporte nos une a todos los “nicas”, independientemente de filiaciones políticas, credos religiosos, estratificaciones sociales y diferencias regionales (entre el Atlántico y el Pacífico, por ejemplo), habiendo creado un código de comunicación oral y único y gravitar fuertemente en la política, la producción literaria, la publicidad y el periodismo radial y televisivo.
El autor es académico de la Lengua y escritor.