Guillermo Areas Cabrera*
Cuando México firmó en 1994 el Nafta (North American Free Trade Agreement) se dijo que los mexicanos habían entrado a la “década de la esperanza”. Y tenían razón, pues sólo ha sido de esperanza. Diez años después el número de inmigrantes mexicanos ilegales que entran a EE.UU. pasó de 2.5 millones anuales a 4.5 millones este año y el 20 por ciento de su fuerza laboral más tecnificada o educada ya dejó el país. En 1992 (según el FMI) un doce por ciento de la población mexicana vivía en extrema pobreza, hoy día casi el cincuenta por ciento de la misma no gana para cubrir las necesidades básicas de vestuario, alimentación, vivienda y transporte.
El crecimiento actual económico de México tiene un promedio de 2.7 por ciento por año, igual al que tenía antes de firmarse el Nafta y no han sido capaces de crear el número de trabajos necesarios para absorber la fuerza laboral que entra al mercado cada año. De acuerdo a Sydney Weintraub, del Centro Para Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington D.C., “el Nafta fue indebidamente sobre-vendido. Calcularon erróneamente. Ellos no tenían el crecimiento”.
Weintraub es bien claro. Si algo hizo el Nafta a México fue enterrar su agricultura y la válvula de seguridad prevista que era el atraer inversiones suficientes y crear trabajos en las fábricas urbanas para acomodar a los campesinos y desempleados, falló. El Nafta ha beneficiado a las compañías multinacionales, a los grupos económicos locales y ganado muchísimo en términos macroeconómicos, pero no ha logrado llenar su meta como un catalizador económico.
Tomando como ejemplo México y su Nafta, la llave para el crecimiento económico dentro del Cafta es la capacidad que tenga el Gobierno para atraer inversiones en cantidad suficiente que permita crear los empleos necesarios de hoy y el mañana y lo anterior únicamente se logrará si se mejora la competitividad de nuestros obreros enseñándoles no sólo a maquilar telas, la profesión más denigrante dentro de la globalización, y en particular un Gobierno que haga los esfuerzos necesarios para entender las necesidades de los inversionistas, estableciendo un programa de apoyo a través de un plan de incentivos. Dentro del esquema de globalización es tal la competencia que hoy día los países tienen que salir a la busca de inversionistas con paquetes promocionales.
Nada de lo anterior existe en este país. Fuera de las maquiladoras que tienen el aliciente de un pueblo dispuesto a trabajar por US$ 0.30 la hora para no morirse de hambre, no ofrece mucho a los inversionistas.
Pregunté a un empresario nicaragüense que junto a un grupo de extranjeros invierte en El Salvador veinticinco millones de dólares en una agroindustria la razón para no haberlo hecho en Nicaragua y la respuesta fue: “Me reuní con siete ministros y ninguno de ellos, ni los siete juntos, entendieron que además de estabilidad política, económica y la buena imagen de don Enrique, los inversionistas demandan incentivos. En El Salvador hasta nos pavimentaron el acceso a la planta con tal que nos estableciéramos en el país”.
El Cafta ahí está, no importa que el Gobierno lo haya sobre-vendido, calculado erróneamente o no se tenga el crecimiento, pues el verdadero desarrollo depende del liderazgo y voluntad política del Gobierno, así como del entendimiento que éste tenga de las operaciones multinacionales o globalizadas de la época y que además de buenos índices macroeconómicos, también entienda que el pueblo necesita de empleos, los de ayer, los de hoy y los de los próximos 25 años.
* El autor es abogado y notario público, administrador de empresas.