Pablo E. Ayón [email protected]
He reflexionado mucho, y creo que así lo hace gran parte de los nicaragüenses, sobre todo en esta época navideña que invita a la meditación, en cómo nuestro país puede mejorar en forma permanente y sustancial, hasta salir del estado de mendicidad en que nos encontramos actualmente y sin seguir sacrificando de manera extrema e indefinida a los elementos que constituyen la base fundamental del desarrollo de cualquier país, como son los maestros (educación), los médicos y enfermeras de clínicas y hospitales públicos (salud), los jueces (justicia) y los policías (orden y seguridad).
No se trata de recriminar y asignar la culpa de nuestra extrema pobreza a determinados gobiernos, sectores o personas en el pasado, porque volveríamos a lo de siempre, la lucha estéril de unos nicaragüenses contra otros para que al final sigamos empeorando a un ritmo superior al que necesitamos para salir de los graves problemas que nos aquejan. Quiero repetir que este artículo no trata de dañar ni depreciar a nadie específicamente, sino de reconocer un poco más, aunque eso signifique una reducción de tamaño e ingresos de otras entidades, a los que siendo preparados y trabajando duramente en aspectos fundamentales para el desarrollo del país, reciben ingresos miserables.
Muchas veces he oído a altos funcionarios públicos reclamar más salarios y beneficios, sin pensar que hay otros tal vez igualmente preparados, que ganan apenas para comer. Lo disponible para todos en el Estado es muy poco y tenemos que reducirnos de tamaño sustancialmente, sobre todo en las áreas no tan indispensables y nivelar mejor los ingresos. No hay otra forma de mantener un equilibrio que evite las grandes injusticias que tenemos actualmente.
No es posible seguir teniendo numerosos funcionarios y asesores que ganan más de cuatro mil dólares por mes y otros beneficios (vehículo, chofer, gasolina etc.), mientras que un maestro o una enfermera ganan el equivalente de menos de cien dólares por mes. Es imposible que un país avance firmemente con esta situación. He sido testigo de casos de médicos estudiosos y sacrificados en hospitales públicos que mueren jóvenes y no disponen ni para su sepelio. ¿Sabe usted cuánto gana un médico cirujano del gobierno por cada operación quirúrgica que realiza a un niño o adulto en condiciones sumamente difíciles, con serias limitaciones? No más de cien córdobas.
He oído decir con mucha pena que los ministros tienen que ganar sueldos altos, porque es lo que ganarían en otros países y si no se irían del gobierno, también se dice muy a menudo que es bueno pagar salarios altos a los funcionarios para que no abusen. No es cierto, éste es un país sumamente pobre (estamos por entrar penosamente al grupo de países paupérrimos) y sus funcionarios, si quieren pertenecer al gobierno, deben ganar como tales y tienen que ser honrados. Sabemos que es un sacrificio, pero hay que hacerlo para que los que, siendo también importantes y ganan salarios de hambre, puedan mejorar un poco de inmediato. No hay otra manera.
Hoy precisamente visité a un familiar muy querido, enfermo en un hospital del Estado y me quedé sorprendido de la dedicación y compromiso de médicos y enfermeras y de las condiciones deplorables de las instalaciones, facilidades físicas y suministros.
Hay tres áreas principales en las que es necesario de inmediato hacer cambios sustanciales no cosméticos, para lograr un arranque mínimo general en el país:
1.- Reducir sustancialmente los gastos de los poderes del Estado (Ejecutivo, Legislativo, Judicial y Electoral), de 35 a 50 por ciento, especialmente aquellos que no significan sacrificio de los más necesitados. ¿Qué va a perder el país, por ejemplo, si en lugar de cincuenta diputados tenemos veinticinco? Creo que más bien se ganaría. Igual podría decir de los numerosos magistrados, contralores, viceministros, etc., que podrían reducirse sustancialmente en número.
He oído numerosas veces a altos funcionarios, cuando se trata de gastos y prebendas, diciendo que así están las leyes y hay que cumplirlas. Pero ninguno de ellos hace nada por cambiarlas y hacerlas más equitativas, por el contrario continúan disfrutando muy alegremente de las “injustas” leyes.
2.- Estimular y aumentar de manera ordenada y progresiva el turismo y la producción nacional, incentivando a éstos en forma orientada y efectiva. Es un error garrafal seguir pensando que lo mejor es poner más impuestos a los que producen. Somos un país no atractivo para inversionistas y tenemos que cambiarlo.
3.- Mejorar considerablemente y en forma inmediata, los salarios y beneficios a maestros, enfermeras, médicos, jueces, policías y otros que contribuyen directa y efectivamente al desarrollo y al orden del país. No se trata de darles cincuenta o cien pesos más, es necesario ponerlos en condiciones con un mínimo de dignidad.
Amigos me dicen que para lograr lo anterior hay que reformar muchas leyes. Pues debemos comenzar a pensar la forma de hacerlo lo más pronto posible.
Como lograr cada uno de estos cambios y los efectos correspondientes son temas que merecen una atención especial y trataremos de presentarlos en el futuro. Por de pronto quiero dejar sentado que no es posible seguir el rumbo actual, sacrificando en exceso solamente a determinados sectores y manteniendo una estructura del Estado cara e innecesaria para las condiciones económicas del país .
Deseo muchas felicidades con motivo de Navidad, a los altos funcionarios públicos a quienes ruego que comprendan mi escrito y piensen más en los desfavorecidos, y a los empleados públicos con salarios excesivamente bajos, que Dios ha de querer que pronto reciban por lo menos una parte sustancial de lo que merecen.
El autor es miembro del Grupo Cívico Ética y Transparencia.