Otro acto de cobardía

Joaquín Absalón Pastora

El arma de los tiranos para imponerse es –-entre otras— la lengua. No es el acto corajudo de defender sus posiciones con el astillero de sus bodegas. Esas armas enmudecen en el momento crucial.

Saddam Hussein proclamó repetidas veces que sólo muerto caería en poder de los soldados gringos; que antes de terminar con él, terminarían con Irak. Una surtida retahíla de conceptos aparentemente valientes expresados por un hombre a quien incluso se le atribuyó la pertenencia diabólica de un arsenal químico para defenderse. Pero descolló en el drama la facilidad de articulación de la lengua, ese flexible recurso, el más expedito para el chantaje.

A tantos de la misma ralea hemos oído con ese recetario de muecas inútiles. Noriega de Panamá hizo bandera de un machete en la plaza pública para indicar que con sus filos lucharía hasta el final todo para que el desenlace tuviese como sede a la Nunciatura Apostólica, abrigado por las sotanas mientras el símbolo del campesino corría abandonado sobre los ríos. Y para que su “comandante” terminase prisionero en una cárcel estadounidense acusado de ser “uno más” en el oprobioso mercado de las drogas.

Y a esos plantones verbales tampoco escapa Fidel Castro —¿quién puede saber cuál sería su final?— cuando aseguró que si lo tocaban sus vecinos del norte, la isla de Cuba se hundiría con él en el fondo del mar. Qué fácil es decirlo pero qué difícil es cumplirlo en el rato clave.

Otro tirano, con la diferencia de ser de derecha, Anastasio Somoza Debayle, aseguró que no se iría nunca hasta el cumplimiento de su mandato constitucional (1981) pero se fue en 1979, y años después, de este mundo. Su terquedad dibujó el escenario que ahora padecemos.

Para asombro en este serial de bravuconadas de los dictadores cabe puntualizar una excepción: Salvador Allende. No era un tirano sino un político e intelectual convencido de su izquierda a la cual nunca renunció.

Nunca dijo que iba a morir honrando al poema de Leonel Rugama, pero murió dando un ejemplo de valentía con el rifle en la mano, en las propias escalinatas de La Moneda. Ésa fue —y es— la versión conocida.

Nadie podía vislumbrar el desenlace de Hussein a través de la perspectiva de verlo rotundamente sumiso en una cueva, actitud nunca sugerida por su violencia verbal. Se confirma una vez más la cobardía de los absolutistas.

Bien porque haya sido capturado. Comentaba nada más la forma y no el fondo del suceso que pone a la justicia un manjar para que ella demuestre que existe y brilla sin vulnerar el respeto debido a las normas internacionales y a los derechos humanos.

A Irak le pertenece el derecho de ser la sede del banquillo donde se siente el otrora autócrata. Sus habitantes son los que más derecho tienen a reclamar con el énfasis equitativo de las circunstancias, por la abultada cifra de sus víctimas, engordada por la suma de varias décadas.

Ahí precisamente en esa tierra donde los bocinazos rompieron el silencio el día en que salió de una de sus cuevas —transfigurado— un señor con toda la apariencia del mendigo barbado que rutinariamente anda por las calles en solicitud de socorro para su desgracia, y que nueve meses antes había sido el súper-dotado esclavizador de la no tan “unmiliunanochezca” Irak.

El autor es periodista.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí