El mito Saddam Hussein

Róger Mendieta Alfaro

No se moverán los héroes de sus tumbas. Es seguro que nadie interrumpirá su sueño, ni siquiera con esa mentira —para ellos— de los aviones, porque volaban en sus propios carros de fuego. Los dioses terrenales fueron enterrados para siempre dentro del esplendor de sus cadáveres, lo regio de su verdad imponderable y el profetismo tenebroso de controversiales paraísos escatológicos.

La Puerta de Dios está cerrada a los antihéroes. Los mentirosos de hoy pervierten la fastuosidad del mito refundido en la sangre. La tierra permanece ahí, flotando en esplendor sin retorno, pero le faltan héroes con corazón. La gran Babilonia debe tener el rostro rojo de vergüenza. El reconstructor del paraíso en la tierra, el pretendido salvador del orgullo en la divinidad de Marduk, herético ego encarnado en espíritus de Hammurabi y Nabucodonosor, y aunque predicó la guerra —mandó a sus seguidores a la muerte convertidos en kamikazes— nunca estuvo en la yihad, ni siquiera en intenciones. Era un pobre diablo acosado por su locura de rey o de dios inútil.

Atrapar a Saddam escondido en un hueco habla en forma elocuente de este enfermo de tiranicidio. El poderoso y feroz Husein de las guerras contra Irán, Siria, kurdos y Kuwait, que en el momento de la captura trastabilló en el mito, dejó al descubierto el fiasco.

Quien obligó a miles de hombres a marchar a la guerra, no fue capaz de caminar a su propia inmolación. Debió haberlo hecho como concesión a ese pueblo desgarrado. Habría sido honorable para el mundo árabe. Pero, la actitud de Saddam no estaba de acuerdo con el paraíso sensorial que habla Mahoma: Descansando en asientos ornados de oro y de pedrerías; en torno de ellos circularán jóvenes eternamente jóvenes, con cubiletes, garrafas y copas llenas de una bebida límpida que no les producirá ni dolor de cabeza ni aturdimiento.

¿Cuál habrá de ser la reacción futura del mundo árabe, en especial, de los iraquíes? Se esperaba un grandioso final asiático de esta empitonada destrucción física y su calculada carnicería. El dictador, con su publicidad de millones, había vendido la imagen de que se estaba frente a un Atila, o algo por el estilo. No fue así. El tipo que puso en vilo la economía del mundo, como cualquier dictador cuarto mundista, resultó un hablantín de pacotilla, guiñapo emocional, atrapado por su propia oquedad absoluta que será imposible ponderar.

El autor es escritor.

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