Salvador F. Pérez García*
No sé quién le enseñó ni dónde aprendió la feligresía católica a aplaudir después de la conclusión de las homilías de los sacerdotes. Esta práctica, a la par del peligro de inflarles el ego y desviarlos del verdadero propósito de evangelización a que están destinados los comentarios de los textos sagrados, relacionados con la realidad en que vivimos, nada tiene que ver con la sagrada liturgia de la misa.
El ocho de diciembre por la mañana, uno va a la Basílica de Nuestra Señora de la Concepción de El Viejo a participar de su solemne misa de función, y se siente sumergido dentro de la ola de fieles que abarrotan las naves del templo. Aún no se ha disipado el humo de la pólvora, del madroño y del incienso de la noche anterior, y comienzan a funcionar en la mente los recuerdos de la infancia todos ellos pletóricos de nostalgia, de tantos y tantos sietes de diciembre transcurridos, de cuando, por ejemplo, de la mano de sus padres a uno lo llevaron por vez primera a visitar a Nuestra Señora, erguida majestuosa en el trono de su santuario.
Concluido el alegre repicar de las sonoras campanas del templo, la misa de función comienza, el órgano suelta raudales de acordes, la prédica relacionada a las lecturas bíblicas sobre la Virgen Purísima sume a los fieles en profundas reflexiones, y así va avanzando poco a poco la Santa Misa, sin provocar cansancio, porque en el fondo ella pone en funcionamiento durante más de una hora el corazón de cada persona. Ya casi llegando al final de la Misa se tiene la sensación de que algo va a ocurrir. Es que están cantando “Pues concebida fuiste sin mancha… Ave María llena de gracia…” Después, cuando el coro entona el Salve Regina, la persona entre el cortinaje del templo y el humo del incienso intuye algo que no sabe qué es, algo que no descubre hasta que, de repente, se ilumina y de la penumbra surge, como un rayo de luz, la imagen de la Inmaculada Concepción.
Y sucede, sí, sucede entonces que el público rompe el respetuoso silencio con que ha escuchado el santo sacrificio y estalla en un aplauso cual estruendo de una catarata.
Es un aplauso que no ha preparado nadie. Que no surge como fruto de la provocación de un infiltrado. Un aplauso que no nace aquí o allá, sino de todos los puntos cardinales de Nicaragua mariana, espontáneo y fresco como los madroños de la montaña. Es un aplauso que a mí me conmueve hasta las lágrimas porque entiendo que lo que allí se aplaude no es la habilidad del artista que hizo a tan venerada imagen, ni es un aplauso de compromiso o de simple cortesía. Es un aplauso que sale de los fieles sin premeditación, desde lo más profundo de su nicaraguanidad y de su ingenua pero inconmovible fe.
Por eso tengo los ojos húmedos y me siento muy a gusto sentado y observando desde mi banca a esta gente, que según los analistas ya no sería católica, pero a la que, ante la aparición de la Virgen, se le desgarra el corazón y de él surge este aplauso espontáneo e inevitable para la reina de cielos y tierra. Para mí ése es un verdadero aplauso, los otros son pura vanidad.
¿Quién causa tanta alegría? ¡La Concepción de María!
* El autor es abogado.