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“Mientras el pueblo quiera ser engañado, lo será”. Así decía un famoso cardenal en tiempos de la inquisición y cuya expresión cobra vida ante los acontecimientos políticos últimamente ocurridos en nuestra nación. Desde nuestros orígenes y aún bajo el dominio español fueron varios los conquistadores que se peleaban por manejar estas tierras y sacar el mayor provecho de ellas. El primer jefe supremo de Nicaragua, Manuel Antonio de la Cerda Aguilar, fue un sanguinario caudillo que luchó contra Juan Argüello, no menos fiero, conocidos como el desorejador y el desnarizador, respectivamente; y así fueron cambiándose los caciques hasta batir el récord de tener en apenas ocho meses del año 1851, siete gobernantes.
Surgió la República Conservadora y ocurrieron 30 años de paz en Nicaragua, hasta que de nuevo otro caudillo irrumpió en el país trayendo un mensaje de modernidad, cambiando estructuras, instituyendo leyes y derechos que no llegaron a ejercerse, pues el reformador cayó en el vicio del cacicazgo y la tiranía.
Siempre han habido voces republicanas y democráticas, pero no han bastado las actitudes y patriotismo desarrollado por personas como José Madriz, para volver a la costumbre caudillista que ha caracterizado a los personajes políticos más relevantes de nuestra historia. Después de Zelaya y el balbuceo de Madriz, surgió Emiliano con su encantamiento y mítica personalidad, trayendo de nuevo la temible figura del caudillo. Estas actitudes de líderes encaudillados han pasado a través de los años, desde Somoza hasta nuestros días en las figuras de Alemán y Ortega.
En un artículo anterior referí que el estilo del presidente Enrique Bolaños es distinto al presidencialismo que hemos estado acostumbrados a vivir, pues él como estadista piensa que es gobernante de todos los nicaragüenses y siempre ha consultado con las diferentes corrientes políticas del país. Los arnoldistas lo acusan de parcializarse con el sandinismo y los sandinistas dicen otro tanto cuando conversa con la bancada del PLC. La realidad es que éste es un país difícil y el equilibrio mucho más.
Un amigo llamado Rafael I. Pallais dice y afirma que: “Puede proclamarse a los cuatro vientos que Bolaños evoca y contiene la promesa republicana genuina, porque no es, no propone, ni aparenta querer convertirse en un caudillo. No tiene la ambición del enriquecimiento personal que tanto ha motivado a nuestros antiguos caudillos y la única ambición conocida del presidente Bolaños es su obstinación y perspicacia para instaurar la primera y verdadera república nicaragüense”.
Mientras los caudillos buscan su beneficio personal y el de sus allegados, los estadistas precisan su trabajo en la búsqueda de soluciones y satisfactores para sus gobernados.
El caudillo es el amo y su interés estriba en el vasallaje, la consolidación y su perpetuación en el poder. En una verdadera república no hay un legislador solitario, ni libertades graciosamente concedidas por el cacique, por al contrario, existe la participación voluntaria de los ciudadanos. En la república se lucha por preservar la legitimidad, la constitución y las leyes, sin subterfugios, ni manipulaciones deshonestas. El caudillo se arroga todos los derechos y reparte dádivas, exigiendo lealtades y subordinaciones. La república permite pensar, desarrollarse y crecer en libertad y democracia. El caudillismo resuelve de acuerdo a sus criterios e intereses.
Nicaragua está en una disyuntiva seria, pues enfrenta la consolidación de dos caciques, pero al mismo tiempo, tiene la oportunidad de terminar para siempre con ese desfasado sistema que tanto daño nos ha causado. La oportunidad está en manos del 70 por ciento de los ciudadanos que han opinado con desprecio y enojo en las últimas encuestas de M & R, condenando y rechazando la prepotencia y los arreglos a espaldas del pueblo. Esa gran mayoría manifestada en las recientes consultas puede frenar y vencer al caudillismo que amenaza atarnos a través de una Asamblea Nacional sumisa. La decisión final está en quienes deseamos vivir en una república ordenada y seria con dignidad y honestidad, como muestra está el respeto que apenas en dos años, ha logrado el actual Gobierno, ante el concierto de las naciones para poder llegar finalmente al punto de culminación de la HIPC y hacer de Nicaragua un país viable económica y socialmente. La pregunta final es: ¿Queremos una república con leyes y administradores de justicia probos y justos? ¿Queremos un Estado de libertad y equidad o, por el contrario, preferimos encasillarnos para siempre en un paisito a la medida de caciques, padrinos, o dictadores? De nosotros depende.
El autor es publicista.