Que se vayan todos los dañinos

Amalia [email protected]

En estos días el coro de una canción no sale de mi cabeza: “por qué no se van, no se van del país”, sí, por qué no se van, como preguntan Los Prisioneros de Chile, estos pulpos de Alemán y Ortega, que desde hace rato como cruz a cuestas cargamos los nicaragüenses. Y sinceramente, en el escenario patas arriba que veo, donde la justicia sólo sirve para victimizar a los ladrones encorbatados, no me parece descabellada la idea.

Hace dos años los argentinos reclamaron lo mismo cuando el país se les vino abajo. Desde las calles, la tribuna por excelencia de los pueblos, exigieron que se fueran todos los que habían puesto de rodillas y con las manos estiradas a ese país, que alguna vez orilló el primer mundo.

Obediente o cobarde, el presidente Antonio De la Rúa fue de los primeros que dijo chao.

En alguna parte leí que los antiguos griegos, considerados sabios hasta hoy, desterraban a los generales dañinos para su democracia, ya que en esa época sí existía. O simplemente los mataban, antes que se volvieran arrogantes y soberbios. En aras de la civilización que queremos ostentar no seamos tan drásticos. Optemos por el primero: echarlos. En nuestro remedo de democracia les hemos tolerado eso y más: cinismo, corrupción, fechorías, hipocresía, argollismo, amiguismo …la lista, ustedes saben es mucho más larga.

La democracia que tenemos, que funciona yo no sé dónde… ah bueno sí, aparentemente en Estados Unidos y en los países ricos, aquí se ha vuelto perversa y cómplice de los mañosos. Por algo un 71 por ciento de los nicaragüenses encuestados por el Latinobarómetro de este año, ve posible un gobierno autoritario. Ese rumor de los viejos de que con Somoza las cosas iban mejor, cobra cada vez más fuerza. Por desgracia. ¿Será que no hay otra opción entre aquello y esto?

Y no es para menos, si esta democracia, con la que todavía está de acuerdo un 65 por ciento de la gente, no resuelve. Es inoperante. Nicaragua sigue siendo la misma pedigüeña de hace 20 años. El eterno saco roto al que está harto de echarle plata la comunidad donante, aunque después salgamos todos ofendidos cuando nos dicen lo que somos: muertos de hambre. Aclaro, lo que sí molesta es que lo echen de ver quienes nos tienen así.

Pero lo más grave del pregón que llena la boca de la democracia es que ha reducido el gobierno a un muñeco inútil y pesado (acuérdense que tenemos el presidente más caro de Latinoamérica que gana unos 19,000 dólares) e incapaz de impedir el secuestro del país a dos hombres, que piensan igual, pero que para confundir visten colores distintos.

¡Ah! ya vinieron nuestros redentores a decir que tenemos que olvidarnos de ellos. No, no podemos, pero tampoco estamos obligados a convivir con ellos, entonces expulsémoslos.

Apliquemos la democracia griega.

Por ahora, eximiría de ese destierro al mandatario, Enrique Bolaños, no así a la bola de costosos asesores que no han acertado ni un tiro. Y pediría que se quedara, no porque me convenza, si no para que cumpla con la responsabilidad que se le encomendó: dirigir este país. Pero apúrese, los pueblos terminan pasando la cuenta. Si no, vea el espejo reciente de Bolivia.

Como todo está al revés, ahora se están yendo del país los que no deben. Hay un éxodo incontenible de miles de jóvenes con y sin estudio que en teoría son necesarios para levantar el país —tan romántico ese cuentecito— pero que en la práctica son desechados por una realidad en la que sólo pueden realizarse y vivir a sus anchas las proles de Alemán, Ortega y sus seguidores.

Por eso, que se vayan todos… los dañinos.

<i La autora es periodista.

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