Sólo el trabajo es lo que produce riqueza

Hortensia Rivas Zeledón

Hace treinta años trabajaba yo en un colegio extranjero y me decían que Nicaragua era pobre porque había muchas vacaciones y feriados. Tenían razón, porque aquí todo mundo se va de vacaciones en Semana Santa y eso no tiene nada que ver con la fe y los oficios religiosos. Y en Navidad y Año Nuevo sucede lo mismo, así como en las fiestas patronales.

Me contaba mi amigo don Raúl Quintanilla que cuando él estudiaba en la Universidad de Albuquerque, en Nuevo México, la doctora Dorothy Cline, quien era profesora de gobierno, llegó un día con cinco minutos de retraso y muy avergonzada pidió disculpas. Entonces un alumno le dijo: “No tenga pena sólo son cinco minutos”. Y ella respondió: “Son cinco minutos míos y cinco de cada uno de ustedes, el Estado ha perdido doscientos cinco minutos por mi retraso”. La enseñanza de esa anécdota es que esa nación es rica porque su gente es responsable, trabajadora y puntual.

Para que Nicaragua salga de la miseria no sólo basta un presidente honrado, es imperativo que los nicaragüenses cambien sus patrones mentales y de conducta, que dejen de pedir y esperar que el gobierno les resuelva sus problemas, que recuperen la vergüenza, el amor al trabajo y la autoestima y comprenda que sólo el trabajo crea riqueza.

Antes del 19 de julio de 1979 los nicaragüenses tenían defectos como la impuntualidad y la excesiva afición a los asuetos. Pero a pesar de todo Nicaragua tenía una economía relativamente próspera y en desarrollo y el nicaragüense era apreciado por ser responsable, honrado y trabajador, y porque poseía una escala de valores éticos y religiosos que guiaban el comportamiento de las personas.

El régimen liberal de los Somoza estableció la corrupción gubernamental y practicó todos los delitos que se pueden cometer en el ejercicio del poder, pero la gente no se desmoralizaba porque tenía la esperanza que cuando cayera ese régimen sería sustituido por un gobierno honrado, transparente y democrático, que traería paz y libertad y por fin habría un verdadero Estado de Derecho, requisito indispensable para el desarrollo sano y competitivo del sector privado que es el principal creador de fuentes de trabajo.

Pero la medicina resultó peor que la enfermedad y una dictadura corrupta de derecha fue sustituida por otra totalitaria, más corrupta que la anterior, encabezada por un grupo de individuos que nunca trabajaron, que sólo habían asaltado bancos y tenían concepciones erróneas acerca del trabajo, los trabajadores y la creación de riqueza. Ya en el poder vaciaron al pueblo de sus principios y valores, y fomentaron la pereza, la vagancia, el oportunismo, la “cultura” del no pago, le destruyeron a muchísimos nicaragüenses la autoestima y la capacidad de resolver los problemas de su propia cuenta, y les hicieron creer que el Estado tiene facultades mágicas y basta un decreto o una ley para que todo se resuelva.

Al mismo tiempo que la cúpula sandinista imponía un modelo económico inviable y fracasado, y despojaba a los empresarios de sus propiedades, bienes y a veces hasta de sus vidas (Jorge Salazar, en noviembre de 1980), la economía del país se derrumbaba estrepitosamente y Nicaragua se convirtió en un país indigente y de indigentes, pero enemigos del trabajo.

Desde que perdieron el poder en 1990 han adoptado comportamientos que eran prohibidos en los años 80, como las huelgas, asonadas, tranques en carreteras y calles exigiendo al Gobierno tierras, casas, comida, medicinas, dinero, el 6 por ciento, buses, tractores y todo lo que se les ocurre, porque sus dirigentes políticos y sindicales les han pervertido la mente, les han quitado la vergüenza, la dignidad y la confianza en ellos mismos y los han convertido en unos inútiles y chantajistas a quienes hay que darles todo.

Y eso sólo puede cambiar por medio de una renovación radical en la educación y la formación ética de los ciudadanos, y cuando gobiernen personas honestas no sólo por un período sino de manera permanente.

La autora es maestra.

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