Por una sociedad abierta, justa y equitativa

Nicasio Urbina

Las sociedades más dinámicas y saludables del mundo son sociedades abiertas; abiertas en todos los sentidos y estamentos, verdaderamente democráticas, reconocedoras de los valores individuales y con oportunidades para que triunfen los mejores, los más esforzados, los más brillantes. En cambio, las sociedades retrógradas y subdesarrolladas son sociedades cerradas, regidas por un sistema de castas, gobernadas de forma autocrática y caudillista, donde no se reconoce el valor personal del individuo si no el capital social, económico y político que pueda poseer (aunque éste se encuentre supeditado en muchos casos a los dos anteriores). Los otros capitales: el capital cultural y el capital intelectual, y hasta el capital político en cierta forma, pueden ser valores agregados al individuo, pero no tienen el peso específico que pueden tener el capital social (la extracción social, el color de la piel, el apellido), o el capital económico (que no sólo implica el valor neto de una persona sino el historial de su capital, de dónde lo sacó, cómo lo hizo, desde cuándo está en poder de su familia). Éste es el marco teórico propuesto por el filósofo francés Pierre Bourdieu, uno de los más importantes pensadores de nuestro tiempo, y un instrumental apropiado para analizar la coyuntura actual de la sociedad nicaragüense.

Mientras no evolucionemos hacia una sociedad abierta seguiremos en el subdesarrollo, la inmensa mayoría de los nicaragüenses seguirá viviendo en la miseria, la política seguirá siendo autocrática, servil y “chapiolla”, y el bienestar económico de unos cuantos en lugar de servir como elemento propulsor del desarrollo nacional, sirve como un sida inmuno-supresivo que condena al organismo al fracaso y a la muerte. Evolucionar hacia una sociedad abierta es el principal reto que tenemos todos los nicaragüenses en este momento de nuestra historia. No es un camino fácil, pero tenemos que recorrerlo para salir del subdesarrollo mental y social en el que nos encontramos.

La reforma del Estado y de los partidos políticos es un paso fundamental para lograr esa apertura en la nación. Necesitamos acabar con las planchas de diputados nombrados de dedo por los caudillos, y pasar a un sistema proporcional, representativo, con diputadas/os elegidos popularmente en sus departamentos, de forma que estas personas respondan directamente a sus electores y no a los caudillos que controlan los partidos en ese momento determinado. Necesitamos eliminar los diputados nacionales, las diputaciones vitalicias de ex-presidentes, y reformar el concepto de inmunidad parlamentaria, que sólo debe proteger a los diputados contra demandas causadas por el ejercicio de su labor legislativa. Bajo ningún punto y en ningún país la inmunidad parlamentaria protege contra crímenes administrativos o de cualquier otro tipo que sea. La interpretación que se le da en Nicaragua a la inmunidad parlamentaria desvirtúa el principio de jurisprudencia que hace a todos los seres humanos iguales ante la ley. La reforma del Poder Legislativo es por tanto fundamental para abrir la sociedad a formas representativas y controladas del ejercicio de dicho poder.

La reforma del Poder Judicial es el otro campo de trabajo fundamental para la apertura del país a las oportunidades del siglo XXI. Actualmente Daniel Ortega y la cúpula sandinista controlan el Poder Judicial. Esto quiere decir que todos los nicaragüenses y los extranjeros bien informados, desconfían de la justicia nicaragüense. Hay que profesionalizar la carrera judicial. Someterla a un sistema de nominaciones y elecciones populares para que los jueces tengan que ganarse sus puestos con sus decisiones, elegidos por el pueblo en base a un historial de trabajo. Los jueces tienen que ser independientes, y no pueden depender de la venia y aprobación de los caudillos políticos. La apertura del Poder Judicial pasa, por tanto, por un proceso de democratización y profesionalización de la justicia. Sólo de esa manera se podrá atraer inversión extranjera a Nicaragua, sólo de esa manera se podrá confiar en la justicia de Nicaragua, y sólo de esa manera se podrá abrir la sociedad al desarrollo del siglo XXI. Reducir la Corte Suprema de Justicia a 5 magistrados, propuestos por los poderes del Estado y los partidos políticos, pero escogidos por elección popular para que no dependan de ningún individuo, grupo económico o interés social. Sin un Poder Judicial abierto, transparente, y balanceado nunca saldremos de la mediocridad en que vivimos.

Finalmente se necesita apertura en la concepción ideológica de la vida. Entender que cuando otro nicaragüense progresa todos progresamos. Que el trabajo de construir una nación es una empresa colectiva. Necesitamos abrirnos y olvidarnos un poco de nosotros mismos para poder en realidad enriquecernos. ¿De qué me sirve a mí tener una mansión y autos de lujo si los seres que me rodean viven en la miseria y andan descalzos? La apertura ideológica es lo que hace a las naciones grandes. EE.UU. es el imperio que es porque ha creado una sociedad abierta, reconocedora de los valores individuales, con oportunidades para todos, independientemente del apellido, color de la piel, inclinación política y opciones personales, aunque tenga todos los defectos que sin duda tiene.

La vida política debe ser un sacrificio y no una oportunidad para enriquecerse. El capital político que se logra por medio del servicio público, es la retribución que la política debe ofrecer, no la oportunidad de adquirir capital económico, como es el caso de Nicaragua. Abramos las esferas de la sociedad democrática y representativamente. Pidamos cuentas, castiguemos a los abusivos, elijamos a los más capaces y sinceros, tratemos con equidad a nuestros semejantes, démosle poder a las mujeres, démosle educación a los jóvenes, y en 15 ó 20 años tendremos una Nicaragua mejor, hermosa, abierta, en vías de desarrollo y no en vía al arroyo, como vamos ahora. El capital social lo heredamos de nuestra familia, es la cuna en que nacimos, en el nombre que llevamos, y nada podemos hacer en ese sentido. El capital económico lo heredamos de nuestros padres o podemos crearlo por nuestro trabajo y esfuerzo. Quien quiera robarlo o piñatearlo que se enfrente a la justicia. El capital político tendremos que ganarlo con servicio y dedicación. El que heredemos podremos conservarlo, engrandecerlo o perderlo. Si todo esto lo hacemos en una sociedad abierta, justa y equitativa, Nicaragua Nicaragüita, qué linda que vas a ser.

El autor es catedrático de la Universidad de Tulane en Nueva Orleáns.

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