Gloria Aguilar de Chamorro
Crecí en un país en guerra, donde era común encontrarse todos los días con la muerte porque le tocaba a uno de cerca la de familiares, amigos y conocidos, y más aún en los noticieros, todos los días y a toda hora.
Habían muchos medios de comunicación con prestigio profesional, muchos años de tradición y experiencia; asimismo muchos periodistas con criterio, con mucha cultura, capacidad y manejo del idioma y hasta una vida personal bastante ecuánime. Pero la muerte con la que se enfrentaban todos los días en su trabajo les hizo ir perdiendo su profesionalismo y, lo que es peor, los fue deshumanizando.
Era agotador encontrarse todos los días con escenas crueles y sangrientas de “criaturas” hijas de Dios —un Creador, el que cada uno quiera o crea—, seres humanos diferentes de cualquier otro ser de la creación, seres con alma, inteligencia, voluntad, sentimientos; con una vida propia, familia, amigos, etc., brutalmente asesinados y expuestos ante los medios sin el más mínimo decoro.
En una oportunidad asistí a una conferencia de una conocida periodista panameña, mujer muy humana, con muchos valores, criterios y un profesionalismo inimaginable. Estaba en ese momento haciendo un reportaje sobre la guerra y pude hacerle una pregunta. Con mucha frustración y dolor le pregunté: “¿Que se puede hacer para que los periodistas dejen su morbosidad al hacer reportajes tan desagradables, duros y sangrientos, que ofenden y molestan hasta a la persona más dura de corazón? Su respuesta fue: “Desgraciadamente estamos en un mundo de competencia que lo que vende es el morbo y el amarillismo, y mientras educas a una generación en la apreciación de esos detalles de profesionalismo, tienes que buscar el lado humano de la situación, por ejemplo, hablar del difunto, su vida, cómo era, si tenía familia, cómo lo recuerdan, qué hacía, etc. de una forma positiva en la medida de las posibilidades”.
El jueves 29 de octubre, después de muchos años de jactarme con amigos extranjeros de que en Nicaragua se vive en una “paz absoluta”, y después de vivir 10 años en Nicaragua, sentí ese hastío del morbo en las noticias, y peor aún cuando se trata de seres humanos, al ver en un noticiero nacional que a mi juicio es de los más profesionales y menos amarillistas, la noticia del asesinato a balazos de un muchacho de 16 años de edad.
En ese momento sólo pensé en su madre, el dolor que le esperaba a ella y sus demás familiares. El muchacho se encontraba tirado como un perro, con muchos curiosos alrededor, en un ambiente de histeria colectiva de personas del lugar, periodistas imprudentes tratando de cubrir de mejor manera “el evento” con su amarillismo acostumbrado, y lo que más me dolió y me motivó a escribir este comentario fue ver y escuchar a un hermano menor de la víctima que contestaba, muy dolido y con lágrimas en los ojos, ante las preguntas inoportunas y necias de una periodista: “¿Por qué hacen caso de todo lo que escuchan? Mi hermano era un muchacho decente, era bueno, ustedes no lo conocían, no hablen así de mi hermano…”
El Papa Juan Pablo II escribió una encíclica que se llama “evangelium vitae” en la que recuerda a toda la humanidad, creyente o no creyente, el verdadero valor del ser humano. No importa qué fe profesemos, lo claro está que no somos parte de la naturaleza, que morimos y quedamos en nada, así nada más. Somos seres únicos, irrepetibles, con vida inteligente y un alma inmortal, y como tal, hasta en la muerte debemos ser tratados con esa dignidad de criaturas hijas de Dios.
Se me vienen a la mente algunos detalles de personas que están expuestas a estos casos, ya sean policías, periodistas, cuerpos especiales de Cruz Roja, bomberos y ciudadanos comunes pueden hacer: cerrarle los ojos, cubrirlo con una manta, cercar el área para evitar curiosos, proteger a los familiares del acoso de periodistas y respetar su dolor. Claro está que más importante aún es buscar un médico, un sacerdote, y de ser posible rezarle al oído para ayudarle a morir con un poco de dignidad y en la medida de lo posible en paz.
Que Dios proteja a Nicaragua de la criminalidad que está azotando a los países vecinos; que los diputados se adelanten a facilitar la prevención de esa situación; que los encargados del orden público den la seguridad ciudadana; que los padres de familia eduquemos y cuidemos más a nuestros hijos y que nosotros, como ciudadanos, exijamos un profesionalismo periodístico que eleve la cultura y dignidad de nuestro país.
La autora es madre de familia.