Cien años de labor lasallista en Nicaragua

Benito Agustín Díaz Ló[email protected]

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Cien años de labor lasallista en Nicaragua


Benito Agustín Díaz López
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Hoy 15 de noviembre la familia lasallista cumple cien años de presencia en Nicaragua. Llamados por el doctor Zepeda para el Hospicio San Juan de Dios, fundado por el padre Mariano Dubón, seis religiosos llegaron a esta tierra que desde el inicio amaron como propia. Horas de lucha y sacrificio fue el arranque del largo itinerario, emprendido por aquellos hermanos, abnegados y héroes, merecedores de ser tenidos entre los grandes bienhechores de los pobres y abandonados. Ellos reconciliaron la virtud con el trabajo, la moral con la cultura, logrando efectos civilizadores, no siempre reconocidos y, algunas veces, amargamente recompensados.

Cien años son pocos en el correr de la historia, pero para nosotros implica una evolución radical con la transformación realizada por las escuelas de La Salle que a través de sus métodos educativos, aportaron un elemento valiosísimo en la educación, la formación de conciencias como forja de hombres responsables.

Aquella pléyade de pedagogos, formados en adelantados centros europeos, llegó a Nicaragua con la misión de ensanchar el horizonte del patriotismo y del saber; expertos escultores, a la luz de la fe y de la moral, tallaron ideales en los corazones infantiles; modelaron la arcilla de tantos niños, encauzaron el torrente de los ardores juveniles por los seguros cauces de la filosofía cristiana, alentados por la eterna palabra del evangelio. Sembradores de fecundas semillas en el surco de la esperanza; levantados como faros luminosos, irradiaron la luz del saber en el ámbito nacional.

A ellos les fue encomendada una tarea eminentemente nacional, la formación de futuros maestros, en la Normal que fue el Pedagógico. En aquellas aulas, alumnos hermanados en la conquista de nuevos horizontes, desapareció la nefasta división política, más personal que ideológica, que dividía a la sociedad nicaragüense. Aquellos forjadores de ciudadanos proclamaron que por encima de la división partidarista está la unidad de la Patria.

Su trabajo está concretado en numerosos hechos que hoy, como un inmenso arco de triunfo, levantan a esta orden educadora, en todo el suelo patrio. Ellos, tanto en los talleres del Hospicio, como en las aulas de otros centros, merecen respetuosa consideración al consagrar a la juventud, sus vidas y singulares aptitudes, ajustados a las normas de su vocación. Enfervorizados por el Jesús que ama, encienden en los jóvenes el amor a la libertad y por ende a la Patria. Con sus palabras hechas consejo, con sus ejemplos en la penumbra de las aulas y sus lecciones de sabios maestros, señalan los derroteros de la virtud y de la ciencia y, ajenos a toda confrontación política, transforman los colores fratricidas, en los colores de la bandera, que simbolizan la comunión de almas en el pebetero de la Patria.

La obra del Hospicio fue su primera floración en Nicaragua. Otros germinaron después; además del Pedagógico, las Cuatro Esquinas en León, la Complementaria de Varones en Managua y la de Jinotega. La escuela Monseñor Lezcano, Diriamba, Zacarías Guerra y la Costa Atlántica vinieron después. Todos estos centros, animados por el ideal lasallista, fueron crisol en el que se fundieron las distintas clases sociales. Pobres y ricos se sentaron en los mismos bancos, sin que el niño descalzo, por su humilde condición, se sintiera menos; donde la calidad del alumno se evaluaba por el esfuerzo y el rendimiento académico; donde premios y castigos se otorgaban sin favoritismos ni prevenciones.

Esta obra, espiritual y cultural, ha forjado una legión de ex alumnos, ilustres unos, no tanto otros, pero en todos ha quedado el rescoldo del fuego, nunca apagado, que alimentado por beneméritos maestros un día prendió en sus almas: médicos, abogados, ingenieros, cirujanos, arquitectos, escritores, profesores, del más alto nivel académico, sacerdotes, periodistas, agricultores, pintores, músicos, impresores; en todos los campos de la actividad social, del arte y del saber, sin olvidar la política, hay exalumnos de La Salle.

Quien haya seguido, con imparcial y honrada atención, el desarrollo de la obra educativa de La Salle no podrá negar y sí reconocer la integridad de sus incuestionables principios formativos, la nobleza de sus acciones y su obra benéfica en pro del engrandecimiento de Nicaragua.

Hoy, desde la cumbre de este centenario contemplamos, en interminable desfile, la inmensa legión de ex alumnos que, con el recuerdo de sus maestros, pasan rindiendo la más significativa muestra de cariño y gratitud; todos ellos, como valientes soldados, formados en la academia de la fe, del deber y del honor, saben luchar en los distintos frentes de la vida. Adelante lasallistas, con paso de triunfadores. No olvidéis que ser fiel a La Salle implica fidelidad a Dios, a la familia y a la Patria.

El autor es Hermano de La Salle, del Colegio de León.

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