Peter R. Bernal
Una encuesta realizada por ICM News of the World, un periódico británico, señalaba días antes del congreso del Partido Laborista que el primer ministro Tony Blair se enfrentaba al 64 por ciento de sus compatriotas que ya no confiaban en su persona. El 48 por ciento de éstos querían su renuncia. El título de este artículo no se refiere necesariamente a una competencia deportiva o atlética, pero no podemos obviar que hasta hace poco Blair era el “Golden Boy” de la política británica. Sus méritos, que son innegables y que siempre merecerán, por lo menos, si no una medalla de oro por lo menos, en el peor de los casos, una de bronce, están ahora sujetos a una prolongada polémica nacional.
Antes de analizar los altibajos de la carrera de Blair como jefe de gobierno es necesario recordar que es el primer ministro laborista de más larga ejecutoria continua en el cargo. En una reciente convención nacional con todos los delegados de su partido, les prometió, en un discurso lleno de emoción que ganaría su tercera elección consecutiva, cosa no muy usual en el pasado siglo XX donde más de dos victorias consecutivas era una meta difícil, y llegar a seis años como inquilino en el numero 10 de Downing (residencia del primer ministro) es una invitación al desgaste parlamentario: “se les culpa por todo, los aliados se evaporan y los enemigos se multiplican como por arte de magia”. Y, ¿qué decir de los intensos y coloridos debates en la Cámara de los Comunes?
El primer ministro, tiene que ir a ese histórico recinto de los Comunes, preparado para enfrentarse “a Raymundo y todo el mundo”, hasta con parlamentarios de su propio partido. En temas controversiales los coloquios son a menudo en alta voz, acompañados por un coro de burlas, risas y otras manifestaciones. En otras palabras, no hay tregua para nadie a pesar que la mayoría de sus miembros son aparentemente tranquilos y a veces pastosos. Ahora bien. ¿Cómo llegó Blair al poder? Presentándose como un nuevo tipo de laborista, más pragmático que socialista, más favorable a temas progresistas que a causas radicales. Todavía resuenan los ecos de su campaña de 1997: “educación, educación, educación” y sus esfuerzos por reformar y mejorar los servicios públicos. Hoy el pueblo inglés busca en él que se ocupe más de los barrios pobres de su país, que de los intereses iraquíes que viven en Bagdad.
Las encuestas demuestran que el apoyo británico a la segunda guerra del Golfo fue precario, en cuanto a la población, en contraste con la firme posición de Blair que ahora dice que no se arrepiente de haber participado junto a EE.UU. La pregunta es: ¿Qué hacemos ahora? ¿Lo entregamos (Irak) o seguimos adelante? La respuesta de los delegados laboristas fue: sigue adelante. El costo político es, por supuesto, real. Hace unas semanas “el perro lo mordió” en un distrito al norte de Londres, Brent East, donde su partido perdió uno de los curules más seguros que tenía en el Parlamento
En esos mismos días, un grupo de intelectuales laborista de izquierda, con el nombre de “Compás”, emitió una declaración desafiando a Blair: “El gobierno ha perdido el sentido de dirección”. Solicitaban que no se dedicara solamente a administrar el capitalismo como “voz imposible de parar” sino que lo guiara hacia un estilo más igualitario. Pero sólo sus peores enemigos tienen esperanzas de que caiga su gobierno. Le favorece la división y confusión que prevalece entre sus eternos rivales, los “tories” (Partido Conservador).
Debe apuntarse algo muy significativo. Algunos esperaban que a Blair, por su asociación con los presidentes Bush y José María Aznar, le permitiera ejercer mayor influencia hasta el punto de contener algunos aspectos de la política hacia Irak y Afganistán. Había esperanzas de que tuviera una mayor participación en los planes encabezados sobre todo por EE.UU. Para muchos “la pérdida que sufra Blair es la pérdida que sufrirá el mundo”. En otras palabras, y esto lo palpé personalmente en mi último periplo por Europa, se trata de una desilusión que experimenta su pueblo, que no deja de reconocer la estatura de su primer ministro que solamente tenía 43 años cuando llegó al poder trayendo nuevos aires e inyectando nuevos ánimos al antiquísimo sistema político británico.
¿Cuáles son los precedentes más cercanos? Pues bien, es necesario acudir a las experiencias de la primera ministra conservadora Margaret Thatcher, de larga ejecutoria y gran impacto en la política inglesa. La “Dama de Hierro” parecía a veces naufragar en medio de situaciones sumamente difíciles, decisiones trascendentales, pero resurgió victoriosamente en ocasiones, para quedar finalmente sumergida. Es la suerte inevitable de todos los primero ministros británicos, incluyendo figuras monumentales como los Pitt (padre e hijo), Benjamín Disraeli, William Gladstone, David Lloyd George y Winston Churchill, entre otros.
Hoy Blair, con sus cincuenta años cumplidos, reflexiona en su discurso partidista que cualquier político puede hacer cosas muy populares (“yo mismo las hacía”), pero en este momento parece lucir su propia edad y no más joven, “más golpeado pero más fuerte por dentro”, “es el único liderazgo que puedo ofrecer. Y es el único tipo de liderazgo que vale la pena tener”.
Un ex líder del Partido Laborista, Neil Kinnoch, actual comisionado de la Unión Europea, urgió a Blair mantener sus políticas en medio del creciente descontento. No cree, pues, que Blair debe cambiar “simplemente porque los vientos que están soplando son demasiado fríos en el momento, sobre todo de países amigos como Alemania y Francia entre otros. A esos se le llama estar en el gobierno”. Esa declaración la hizo en una entrevista ante la BBC. Todo indica que eso es lo que Blair está precisamente dispuesto a hacer: continuar su lucha en medio de la tormenta, por eso habrá que darle finalmente alguna medalla, de oro o de bronce. Su pueblo lo decidirá.
El autor es columnista internacional.