La lluvia provocó que el nivel del terreno en el cementerio subiese un metro, sepultando hasta las lápidas. Sólo unas pocas han sido desenterradas. (LA PRENSA/O. Valenzuela)

Un cementerio bajo tierra

Juan Ruiz Sierra [email protected] “La gente sólo se acuerda del Mitch cuando llega el Día de Todos los Santos”, dice Antonio Talavera. Y no es para menos. Los wiwileños no pueden ofrecer flores a los muertos cada 2 de noviembre, porque las cruces y lápidas del cementerio se encuentran bajo tierra, como los cuerpos de […]

Juan Ruiz Sierra [email protected]

“La gente sólo se acuerda del Mitch cuando llega el Día de Todos los Santos”, dice Antonio Talavera. Y no es para menos. Los wiwileños no pueden ofrecer flores a los muertos cada 2 de noviembre, porque las cruces y lápidas del cementerio se encuentran bajo tierra, como los cuerpos de sus seres queridos.

La geografía norteña cambió a raíz del Mitch. El nivel de la tierra subió un metro en la zona del camposanto. Todo quedó enterrado. Y así continúa. Sólo unas pocas lápidas han sido sacadas a la superficie. Otras corrieron peor suerte: durante aquellos días de finales de octubre de 1998 que la población de Wiwilí trata de olvidar, algunos restos de criptas salieron dantescamente del cementerio por la fuerza de las aguas.

La antigua necrópolis está cerrada. Ya no se sepulta a nadie más aquí. De no ser por las pocas lápidas y cruces que los familiares de algunos difuntos han sacado a la superficie, apenas 20, nada diría que es un cementerio. Hay maleza, charcos y lodo por todas partes. El terreno está lleno de lomas e irregularidades. Cada pocos metros se pisan las cabezas de modestas cruces de madera pintadas de azul. Tras cinco años enterradas, parecen querer salir de nuevo a la luz del sol.

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