El Cafta: ¿quiénes tendrán la razón?

Guillermo Areas [email protected]

En su libro los “descontentos de la globalización” el Premio Nobel Joseph E. Stiglitz declara que el FMI no está interesado en oír los pensamientos de sus “clientes países”, en temas como estrategias de desarrollo o austeridad fiscal. La mayoría de las veces la relación del FMI con los países en desarrollo es la de un gobernante colonial con su colonia, y a tal efecto pone el caso de Indonesia, donde el Gobierno fue obligado a entregar su soberanía económica a cambio de recibir ayuda, la cual en nada ayudó al pueblo de ese país pues únicamente sirvió para sacar de apuros a la banca privada colonial acreedora.

También declara que la globalización no trabaja para la mayoría de los pobres. No trabaja para el medio ambiente. No trabaja para la estabilidad de la economía global. La transición del comunismo a una economía de mercado ha sido muy mal llevada, la pobreza en esos países ha aumentado y los ingresos se han desplomado. Los principios de la globalización han sido pésimamente aplicados y se hace necesario una urgente revisión de su puesta en práctica, que analiza en el capítulo The way ahead.

James K Galbraith, otro de los grandes académicos económicos de los EE.UU., opina que el libro de Stiglitz es la guía a leer para que todo el mundo conozca los desgobiernos de la globalización. El IFG (Internacional Forum on Globalización) publicó el libro Alternativas a la globalización económica, en el cual establece alternativas para el avance de la democracia, derechos básicos y un medio ambiente sostenible, cómo reconstruir economías en una manera que se responda a las necesidades humanas y no a los intereses de las multinacionales, cómo los servicios y bienes vitales como el agua pueden ser administrados por el bien común y no privatizarlos etc, etc. Este libro, que todos deberíamos leer, se encuentra ya en español y se puede conseguir en Berrett-Koekler Publishers (WWW.bkconnection.com).

Cuando uno lee estos libros en los que se recogen los pensamientos de los economistas más importantes del mundo, y además de Stiglitz encontramos a personajes como John Cavanagh, director en Washington del Instituto para Estudios de Políticas; Sarah Anderson, directora del Proyecto de Economía Global; y hasta el mismo Wolfensohn, presidente del Banco Mundial, criticando la forma en que aplican los conceptos de globalización y políticas impuestas por el FMI a los países sub-desarrollados, queda la duda razonable acerca de quién tendrá la razón. Estos sabios internacionales que predican la injusticia que se da en la aplicación de las políticas de globalización y políticas que conducen a una mayor diferencia económica entre pobres y ricos, o nuestros sabios locales aplicando recetas diseñadas por funcionarios del FMI, personas descritas por Stiglits como “funcionarios de misiones cortas en tiempo durante las cuales revisan números con el Ministro de Finanzas y el Presidente del Banco Central mientras pasan muy cómodos en un hotel de cinco estrellas en la capital para imponer políticas, las cuales uno la pensaría dos veces si conociera el país y las personas cuyas vidas está destruyendo”.

En lo personal creo que la globalización no es ni el villano que presentan unos, ni la panacea a todos nuestros problemas que quieren vendernos nuestros funcionarios públicos, candidatos a la burocracia internacional. Globalización es una teoría económica con muchos beneficios para los pobres del mundo, pero muy mal aplicada y negociada pues han prevalecido los intereses de los países desarrollados y sus compañías multinacionales en detrimento de los países pobres. En su aplicación se olvidaron de los conceptos de equidad y justicia de una nación para otra. Ejemplo: en Japón, mantener una vaca al año cuesta US$ 2,737.50, pero quieren que nuestros obreros de maquila textil y sus familias vivan con US$ 1,100.00 anuales, y además tenemos que dar gracias al Señor que somos un país pobre, con desempleo y hambre, lo que nos permite mal vender el sudor de nuestros obreros y campesinos, pues de lo contrario los inversionistas extranjeros se quedarían invirtiendo en sus países. ¿Habrá equidad y justicia? ¿Quiénes tendrán la razón?

El autor es Abogado y Notario Público, Administrador de Empresas.

Editorial
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