Crisis de partido y de valores

Joaquín Absalón Pastora

Es penoso y desconcertante el espectáculo que exhibe el Partido Liberal Constitucionalista. La inclinación de andar por los predios sumisos de ciertos dirigentes, víctimas de la manía de la glorificación personal, confirma que ellos no son los santos predilectos de la vocación popular.

Lo que ocurre en sus cumbres llenas de pasión y de indisimuladas ambiciones, no puede atribuírsele a la política y a los políticos. Cabe —por el contrario— en los niveles bajos, en los atajos del escándalo sonado.

Veo en esos gritos —parloteos atiplados— no la natural disidencia sobre los diversos postulados de la función pública, sino la figuración de un trabajo a través del cual sólo se buscan formas de convivencias palpables en cargos y en cifras.

Eso es en las alturas de la ejecución y más abajo, expectación, especulación, todos los menjurjes de la incertidumbre. Los “tapazos” buscan el alero del aire libre para que la confusión ruede en las maniobradas bases sobre las cuales recae el mensaje de cada “zar” o “zarina” en promoción.

El destrozo entre ellos mismos lo facilita el lenguaje. Esa es la vía por la cual corre la lengua con precipitación y con irrespeto a la virtud cardinal de la prudencia.

Leí a Hermann Héller. De él he sabido “que la prudencia es sinónimo de la sabiduría o por lo menos de la sabiduría práctica”. A veces está cargada de lesiones lingüísticas, intentos de hacer una representación idónea, del lenguaje coloquial. Pero —yéndoseles el tono adecuado— incurren en la grosería. Ni la grosería es arte. Ni la inexactitud es ciencia.

Son los malos actores los que han desfigurado el término, visto con apatía y hasta con repudio por las nuevas generaciones, dolidas por las maquinaciones y a las que se debería alentar a “que se metan en política” sin el complejo de ser señalados como los buscadores de un negocio.

La política es poderosa. Después de ser manoseada por sus usurpadores, puesta en escena como si tuviera la categoría trivial de un juguete, ella misma se encarga de sancionarlos sin la aplicación de ninguna ley restrictiva. Una de esas armas con que cuenta para castigar es el rechazo voluntario de la sociedad ofendida a través del olvido. A cuántos de ellos he visto en la calle aislados por iniciativa del término común de la población, huérfanos del afecto ciudadano, después de haberse comportado como fariseos desde el trono donde dijeron majaderías o desde el puesto que usufructuaron para el estricto goce personal, valiéndose de los pezones del estado.

Sin embargo ella —la política— mantiene su vigencia. Sigue oxigenándose con el agua de su ducha inmortal en el afán depurativo de deshacerse de los microbios que siempre, desde que existe, han tratado de infectarla con gravitaciones de muerte. Quizá la anunciada convención del PLC propicie la introducción de casta fértil sobre arterias curtidas.

En conclusión: la política es limpia aunque los políticos (salvo excepciones) sean sucios. Del árbol milenario que ella ha levantado cuelgan tantas ramas. Una de ellas en el plano ideológico: el liberalismo. El liberalismo no tiene culpa de los “golpes bajos” que minan la armonía de un partido que se apellida con su prestigio universal.

En nombre de los fundadores del liberalismo constitucionalista de Nicaragua, entre los cuales recuerdo a Ramiro Sacasa Guerrero, en su separación de los caprichos dictatoriales de Anastasio Somoza Debayle, y de los sobrevivientes situados por las circunstancias en la fila de los observadores, quiero pensar, dándole espacio al optimismo, que la planteada sólo es una crisis y en que la crisis —por muy aguda que sea— siempre cuenta con un probable desenlace: la solución.

El autor es periodista.

Editorial
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