Fernando Centeno Chiong [email protected]
Para la mujer del campo, las manos tienen un valor extraordinario. Le sirven para usar el machete, el arado o el hacha. Con ellas acarrean el agua del río para lavar la ropa, limpian y ponen a cocer los frijoles —comida de todos los días— cortan la leña y encienden el fuego para echar las tortillas. Ayudan a sus hijos y los sostienen cuando crecen, los acurrucan cuando hace frío y les ayudan en todo lo que necesitan, siembran y cosechan con ellas, en fin, son mucho más importantes que otros miembros de su vulnerable estructura.
Por eso me impactó la fotografía en la primera página de LA PRENSA (miércoles 15 de octubre) de Alba Albertina Herrera de apenas 26 años, con sus dos manos cortadas por la furia de su cónyuge a quien no le dio de comer cuando llegó.
En vez de sus manos le quedarán dos muñones con los que le será muy difícil realizar las tareas que hacía antes en San Pedro de Kininowas, municipio de Wiwilí, donde las cosas para ella ya no podrán ser como antes porque en las zonas rurales de nuestro país donde el 27 por ciento de la población vive en pobreza extrema, la mujer tiene pocas oportunidades para educarse, y no sólo tener que depender de sus manos.
La fotografía publicada precisamente el Día de la Mujer Rural no sólo impacta por su contenido mismo, sino por todo lo que conlleva el drama que vive la mujer en el campo, donde los índices de agresión intrafamiliar y discriminación rebasan los límites de lo imaginable.
Un reciente diagnóstico de la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos (UNAG) sobre la situación de la mujer rural reveló que el 78 por ciento no satisfacen sus necesidades básicas de vestuario, alimentación o salud, y sólo un dos por ciento tiene trabajo remunerado.
Sólo el 16 por ciento son dueñas de su propia vivienda y el 96 por ciento padece de problemas de salud especialmente tensionales, provocados por su alta vulnerabilidad y el mal trato a que son sometidas. A esto hay que agregar, dice el informe, desnutrición, infecciones, presión alta, etc.
Según el más reciente informe de ENDESA el promedio de hijos por mujer en el campo triplica a la mujer de la ciudad, a pesar de las deterioradas condiciones de salud en las zonas rurales, lo que provoca un mayor índice de mortalidad materno infantil, embarazos precoces y abortos.
El caso de Alba Albertina debe estarse repitiendo a lo largo y ancho del territorio nacional. Mujeres agredidas físicas y síquicamente, y en el peor de los casos víctimas mortales de la furia de sus compañeros y de un sistema que aún está muy lejos de reivindicar sus derechos .
Cuando los médicos retiren las vendas de las manos de Alba Albertina, por la mente de esta mujer sumergida ahora en un mar de incertidumbres, pasará la película de terror que vivió y en sus ojos deberían estar también los ojos de todas las mujeres agredidas de Nicaragua para que este dramático ejemplo sirva para romper el silencio y denunciar sin temor el infierno al cual muchas, tanto en el campo como en la ciudad, continúan sometidas.
El autor es periodista.