Colón y la costa caribe de Centroamérica

Jorge Eduardo Arellano

Intentando hallar una nueva ruta de acceso a la rica y exótica Asia, Cristóbal Colón había tropezado —sin saberlo— con el Continente Americano. Por algo allí se localizaban los dos productos principales requeridos por la economía feudal de Europa: las especias y el oro. Pero su cuarto y último viaje estuvo dirigido por un claro sentido geográfico, de acuerdo con Edmundo O’Gorman. Al mando de un convoy integrado por tres carabelas “Capitana”, “Santiago de Palos”, “Vizcaína”, más el navío “Gallego”, el Almirante avistó dicho continente por su parte septentrional, buscando un estrecho; éste debía existir entre el cabo interior del Quersoneso áureo y la costa norte de la tierra de Paria que pertenecía al continente austral reconocido en su tercer viaje. El Quersoneso áureo era una península de la Geografía de Ptolomeo —hoy península de Malaca— que constituía la parte meridional de Asia: para pasar del Atlántico al Índico, según el proyecto colombino, era necesario rodearla.

Pero otra, desde su perspectiva europea, era la realidad geográfica que descubría, la cual hoy podemos reescribir gracias a las precisiones de dos investigadores centroamericanos: nuestro Jaime Incer Barquero (editor y autor de dos capítulos de la obra colectiva que lleva el título de estas líneas) y Roberto Reyes Mazzoni, hondureño a quien se le debe una monografía sobre el cuarto viaje de Colón y su país. Así, el 30 de julio de 1502 el visionario marinero genovés —con su centenar y medio de hombres— se hallaba en Guanaja (una de las Islas de la Bahía, Honduras), donde se encontró con una gran canoa que conducía a comerciantes mayas, encabezados por “Yumbé”. Esta canoa no procedía de las costas de China, como creía Colón, sino de la península de Yucatán (posiblemente de Chetumal, sin descartar Tulún o Cozumel) y llevaba de mercaderías crisoles y hachuelas de cobre, vestimentas ricamente bordadas y pintadas, espadas de madera con filos de piedra (obsidiana o pedernal) y granos de cacao.

El 14 de agosto la gente de Colón, tras arribar a Guaymuras (cerca del actual puerto de Trujillo), oyó la primera misa en tierra continental de América. Fray Alejandro de Barcelona —un cura mercedario que viajaba de escudero con el Adelantado Bartolomé Colón en la Carabela “Vizcaína”— fue el oficiante. Don Cristóbal, enfermo, no bajó a tierra.

Luego pasó frente a las desembocaduras de los ríos Tinto (bautizado por él como de la Posesión) y Patuca. Siguiendo rumbo al Este, en este trecho de la ruta se desarrolló una tempestad obligando a las naves avanzar con cautela por el riesgo de zozobrar. Aquella costa —observa Incer, refiriéndose a la de Caratasca, por cierto una muy estropeada derivación de la palabra Cartago— era baja y pantanosa, habitada por indios salvajes y desnudos que comían carne cruda. Sus orejas eran tan grandes que se podía acomodar un huevo de gallina en los lóbulos distendidos, según Hernando, hijo de Colón. Por eso aquel litoral fue bautizado “Costa de las Orejas”.

Tres semanas habían navegado peligrando bajo la tempestad (¿provocada por la cola de un huracán?) hasta que, al doblar un pequeño cabo el 12 de septiembre, el tiempo mejoró. Por ello fue denominado Cabo Gracias a Dios. La espantosa corriente que había roto y extraviado las velas y jarcias, más la preocupación de los tripulantes que se habían confesado unos a otros y por su hijo Fernando de trece años, le motivó a escribir: “Otras tormentas se han visto, mas no durar tanto ni con tanto espanto”.

Convencido de que se hallaba en la zona donde descubriría el paso que Marco Polo había cruzado para llegar al Océano Indico, Colón recorrió la costa caribe de Nicaragua durante once días, incluyendo un desembarque muy parcial (él, una vez más, no bajaría a tierra) frente al antiguo delta del río que hoy llamamos Escondido. A éste le dio el nombre de Río del Desastre, puesto que allí el 17 de septiembre mandó a proveerse de leña y agua dulce; pero las canoas que había enviado —entre ellas una de la carabela Vizcaína— fueron hundidas por una pequeña tormenta (¿o aluvión?) perdiéndose “el esquife y las irremplazables barricas”. Además, se ahogaron dos de sus tripulantes: los primeros europeos fallecidos en Tierra Firme. Se llamaban Martín de Fuenterrabía y Miguel de Lariaga.

No sin antes navegar hacia Las Limonares (Corn Island and Little Corn Island), situadas a 24 leguas al oriente del delta citado —como refiere Pedro Mártir de Anglería—, el 20 de septiembre localizó a la entrada del mismo delta las cuatro Témporas, nombre que dio a igual número de verdeantes islotes. Luego continuó su ruta pasando el 21 junto al Cabo Roas (Monkey Point) y el río San Mateo (Punta Gorda). El 25, sin notar tierra de la futura Nicaragua, llegaría a Cariay (Puerto Limón, Costa Rica).

Allí tampoco bajó a tierra el Almirante, a quien los indígenas le obsequiaron dos “niñas” (una de ocho y otra de catorce años). Pedro Mártir de Anglería consigna ese hecho: “El Almirante, habiéndolas hecho vestir y dándoles buenos regalos, las volvió a enviar con una montera roja de lana para que se la dieran a su padre. Pero otra vez lo dejaron todo en la playa, porque los nuestros habían rehusado sus dones”. El 12 de octubre Bartolomé Colón, visitando a los indios, descubrió entre ellos cadáveres embalsamados. Y el 5 de octubre las naves levantaron anclas para dirigirse hasta la bahía de Cerabaró (Bocas del Toro, Panamá).

Sobre los detalles de la expedición entre la última bahía y el abandono el 16 de abril de 1503 de la Costa de Veragua, donde los indios le impidieron formar un pueblo, nada mejor que consultar la obra dirigida por el doctor Incer Barquero y su compilación de los cuatro testimonios sobre el cuarto viaje de Colón, especialmente su Lettera rarísima, firmada en Jamaica el 7 de julio de 1503. En ella dio cuenta de sus descubrimientos y desventuras a los reyes católicos.

El autor es director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

Editorial
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