Rodrigo X. [email protected]
El reclamo es a la ofensa anónima, que don Jorge Eduardo Arellano hace suya, a las mujeres y a los hombres costarricenses y de paso a los chilenos y estadounidenses. ¡Tan fácil que es ofrecer disculpas por una ofensa! No es oportuno, ni deseable hablar de deuda que es asunto muy técnico de nuestros bancos centrales. El acuerdo de Alajuela entre nuestros cancilleres me inhibe a referirme a nuestros tratados vigentes. Don Eduardo se sale por la tangente, no hace referencias a la ofensa.
Nicaragua es en efecto, un país con gran historia y maduro, repleto de historia noble para los estándares centroamericanos. Las universidades de esta tierra de lagos y volcanes y las de otros países, entonces más aventajados, fueron un imán que los costarricenses de antaño aprovecharon para cambiar al presente de hoy. Sin la visión del bachiller Osejo, uno de los primeros inmigrantes y benemérito de Costa Rica, así como muchos otros ilustres costarricenses y españoles, la historia de Costa Rica hubiese sido semejante a la del resto del istmo. No sé si don Eduardo conoce que la invención de la “ciudadanía”como la conocemos hoy, es muy reciente, a inicios del siglo XX no existían los pasaportes, por ejemplo el héroe nacional de Francia coetáneo de Osejo, no era francés era un corzo, el de Costa Rica es un humilde mulato, el tambor alajuelense Juan Santamaría.
Cuando León y Granada eran ya unas ciudades respetables y se enfrentaban por su grandeza, la Boca del Monte o Villa Nueva (que es hoy San José) era apenas un caserío, dependiente del pequeño poblado de Cartago. Dos veces en la historia fueron excomulgados todos los costarricenses por el obispo de León, y es que los costarricenses querían vivir aislados en las montañas, lejos del poder de la corona y del control eclesiástico, eran muy pobres y no domesticables. Los cartagineses quisieron desarrollar una economía de plantaciones de cacao que fueron arruinadas por los ataques de los piratas y de los zambos mosquitos. Decía don Juan Bosch, cuya lectura de nuevo recomiendo; que los costarricenses debieran hacer un monumento a estos zambos mosquitos, que si no hubiesen arruinado a nuestras plantaciones, la historia hubiese adquirido características de dinastías y guerras que tanto admira don Eduardo.
Aprovecho esta semana, en que se cumple cien años de Bluefields para decir a los habitantes de la Costa Atlántica de Nicaragua, ¡muchas gracias, hermanos, por no dejar desarrollar una rancia aristocracia que destruyese al ser costarricense! Somos países caribeños y centroamericanos.
Costa Rica debe mucho también al mundo. De los judíos “conversos”, de quienes dice don Samuel Stone, descienden la mayoría de los ticos así como de aquellos libres pensadores que vinieron a Costa Rica, buscando la más pobre y remota de las provincias de la Corona Española, huyendo de la Inquisición y del Imperio, se aprendió a despreciar el gobierno fuerte, el autoritarismo y el aprecio por la institucionalidad así como buena parte de la esencia nacional. La pobreza colonial enseñó la igualdad y el respeto entre las clases sociales. La década de los años cuarenta del siglo pasado nos sumergió en una revolución que nos dio las Garantías Sociales de la Constitución, el Código de Trabajo, la Caja Costarricense del Seguro Social, el Tribunal Supremo de Elecciones, la abolición del ejército, las instituciones autónomas y muchos otros logros.
La historia centroamericana es muy pequeña, pero está profundamente vinculada. Por ejemplo, don Mariano Montealegre Bustamante, nacido en Guatemala fue el primer representante diplomático costarricense ante los gobiernos de Granada y de León y fundador de los Montealegre ticos. Tuvo, por parte de su padre don Mariano Ignacio de Montealegre gachupín andaluz, un medio hermano nicaragüense, don Mariano Montealegre y Romero de madre cartaginesa. Estos hermanos fueron los fundadores de las ramas nicaragüenses y costarricenses de esta ilustre familia. Otro hermano, don Juan Montealegre Rueda, fundó la rama guatemalteca. Esta relación es una simple muestra. La mayoría de los costarricenses tienen algún familiar nicaragüense en su árbol genealógico y hoy pocos nicaragüenses estarán sin familiares en Costa Rica.
Actualmente Costa Rica tiene a más de medio millón de nicaragüenses, entre muchos otros inmigrantes. Ellos buscan “mediocridad” y sobre todo sus resultados. Es la intención de Costa Rica que los nicaragüenses entren por la puerta y no por la ventana. Que se legalicen para que sus patrones paguen la seguridad social (4.5 por ciento de la planilla y ellos el 9 por ciento de su salario) como todos los costarricenses. Que se les pague por lo menos el salario mínimo que es de $193.11 para los peor pagados. Por ejemplo sólo el año pasado el 15 por ciento de los partos que se atendieron en los hospitales de la Caja Costarricense del Seguro Social fueron de madres nicaragüenses. La gran mayoría de estas madres, no estaban aseguradas pero por elemental humanitarismo debe atendérseles. El costo de quince mil millones de colones fue absorbido por los asegurados costarricenses.
Soberanamente se elabora una ley general de migración. Ésta no es contra nadie. No sólo los nicaragüenses emigran a Costa Rica. Cada día se otorgan alrededor de 700 visas a nicaragüenses. Sería tonto e inútil discriminarlos, contrario a la experiencia civilizada en materia de migración de los pueblos. Debe ponerse en orden la casa y asegurar los mecanismos de legalización. El proyecto de ley consta de más de trescientos artículos y sólo Dios sabe cómo quedará cuando 57 padres de la Patria, como se llama a los diputados, y la Sala Constitucional hayan terminado de aprobarla. La Sala misma acaba, por ejemplo de ordenar la reinstalación de dos extranjeros que trabajan para el Tribunal Supremo de Elecciones, donde se preparan los documentos de ciudadanía. ¿Adónde más? Sólo en Costa Rica. Como decía el presidente Sanguinetti: “adonde hay un costarricense, esté donde esté, allí hay libertad…”
En Nicaragua, como es su derecho soberano, la ley dicta tres meses de cárcel inconmutable para los indocumentados o inmigrantes ilegales. En Costa Rica simplemente la deportación. Según el diputado Nelson Artola, en Costa Rica hay más de 800,000 nicaragüenses, la mayoría ilegales. Nosotros no tenemos ni idea, sólo Dios sabe, sería ingobernable un número tan elevado de personas en la cárcel, además de los ticos que les protegen. ¿Adónde se meterían todos esos reos?
El criminal es el coyote, no el migrante, éste es una víctima como se ha determinado en las reuniones de Puebla.
Don Miguel Ángel Rodríguez Echeverría, ex presidente de Costa Rica, fue objeto de premios y felicitaciones de organismos migratorios, cuando decretó una amnistía que permitió a más de 200,000 nicaragüenses legalizarse, sin papeles, sin pasaportes, con una simple declaración de identidad y origen avalada por dos testigos. ¿Qué países civilizados harían algo semejante? ¿Cómo se resuelve el problema del indocumentado? Documentándolo y legalizándolo.
Historiadores son Will Durant, Arnold Toynbee, Ferdinand Braudel e Immanuel Wallerstein… Historia tiene China, en una sola dinastía, cabe la historia total centroamericana. Todo costarricense conoce nuestra limitada historia, pero miramos al futuro, el pasado se lo dejamos a los hititas, a los hicsos, a los romanos y a tantos que sueñan con su grandeza de otrora. Piensan en un futuro lleno de cooperación y bienestar para Centroamérica. ¡Pensemos más allá de la miseria humana!
Tengo entendido que don Eduardo fue un diplomático apreciado en la República de Chile, precisamente por sus modales, sabe que nuestra tarea es enlazar instituciones y sectores de nuestra población. Obviamente, tiene mucho tiempo, le recomiendo aprovecharlo y estudiar el voluminoso Diccionario Caro y Cuervo, que le donara la honorable Embajada de Colombia a la Academia de la Lengua, que él preside, esto para que busque la palabra: “cortesía”, palabra que creo, debiera junto con “hospitalidad” estar marcadas con “nic” porque fueron inventadas por los hermanos nicaragüenses, a quienes agradezco las múltiples expresiones de disculpas que me han hecho llegar para la mujer y los hombres costarricenses, por la grosería e imprudencia de un ex diplomático de este bello y gran país.
El autor es Embajador de Costa Rica en Nicaragua.