Augusto Pinochet. (LA PRENSA/ARCHIVO)

“Me odian”

Este es un extracto de la última entrevista concedida por Augusto Pinochet al historiador James Whelan, autor del libro Desde las cenizas. El diario La Tercera, de Chile, ha publicado pasajes de la última conversación conocida con el ex hombre fuerte del país sudamericano LA TERCERA PRIMERA ENTREGAEl 27 de febrero de 2001 Augusto Pinochet […]

  • Este es un extracto de la última entrevista concedida por Augusto Pinochet al historiador
    James Whelan, autor del libro Desde las cenizas. El diario La Tercera, de Chile, ha
    publicado pasajes de la última conversación conocida con el ex hombre fuerte del país sudamericano

LA TERCERA

PRIMERA ENTREGA
El 27 de febrero de 2001 Augusto Pinochet recibió en su parcela de Los Boldos, en Bucalemu, al historiador estadounidense James Whelan. Viejo conocido del general (r), Whelan había publicado en 1989 en EE.UU. y en 1993 en Chile, su libro Desde las Cenizas, un largo ensayo histórico sobre el modo en que, a su juicio, Pinochet y el régimen militar condujeron una revolución política, económica y social después del golpe de Estado, que logró refundar el país. Para escribir ese libro Whelan se reunió con Pinochet y sus principales colaboradores en decenas de oportunidades, desde 1974 hasta el fin del gobierno. Era, por eso, un hombre de la casa, que volvía a ver al general (r) después de un largo tiempo marcado por sus 503 días de detención en Londres y por las peripecias de su proceso judicial en Chile.

Las circunstancias no eran, por cierto, gratas para Pinochet. El verano que estaba pronto a concluir había sido testigo de varios episodios difíciles para él. El 5 de enero, luego de que el general (r) se declarara en rebeldía ante el juez Juan Guzmán y afirmara que se negaría a ser interrogado, había recibido la visita del comandante en jefe del Ejército, general Ricardo Izurieta, y su jefe de Estado Mayor, Juan Emilio Cheyre, quienes le advirtieron en su propia casa que la institución no lo acompañaría en la aventura de desafiar a los tribunales. Tres semanas después, el 1 de febrero, una actuaria de Guzmán llegó a su parcela para notificarlo de su procesamiento por el caso Caravana de la Muerte y comunicarle que estaba bajo arresto domiciliario. Cuando Whelan llegó a conversar con Pinochet, éste se encontraba preso.

El historiador, quien se encuentra trabajando en una biografía del general (r), volvió a asistir a Los Boldos el día siguiente, y el diálogo quedó registrado en dos cintas de audio. La Tercera tuvo acceso a esa charla y reprodujo sus pasajes más significativos. En ella, Pinochet habla de sus días en Londres y del proceso judicial en Chile, de Baltasar Garzón y del juez Juan Guzmán. Pero también del 11 de septiembre de 1973, de su relación con sus sucesores en el Ejército, del almirante José Toribio Merino, del crimen del general Carlos Prats, de Patricio Aylwin y de Eduardo Frei-Ruiz-Tagle. Es la última entrevista conocida al protagonista principal del golpe de Estado, del que se cumplen 30 años.

—¿Cómo fueron sus días en Londres antes de que se presentara el problema de salud?

—Pasé días muy felices en Londres. Luego vinieron los problemas…

—¿Recibió alguna advertencia antes de viajar a Londres? ¿Sintió algún temor?

No. Y nadie me advirtió.

—El ministro José Miguel Insulza dice que usted no dio tiempo al gobierno de cursar a Inglaterra los papeles oficiales…

—Eso es mentira. Yo fui invitado por la fábrica de material bélico Royal Ordenance. Se hizo el decreto sobre mi viaje, pero la Cancillería no lo llevó donde el embajador inglés en Santiago para que tomara conocimiento.

—Según Insulza, lo que usted portaba no era un verdadero pasaporte diplomático.

—A mí me dijeron en el Senado que el pasaporte estaba completamente vigente.

—En noviembre de 1998, en Londres, usted ya tenía las maletas listas para volver. Usted estaba en el Groveland Priority Hospital, convencido de que la Cámara de los Lores iba a dejarlo en libertad. ¿Cómo reaccionó cuando le contaron que todo había salido mal?

—Reaccioné como siempre. Me quedé callado, y dije que había que meditar esta cuestión, leer con calma el fallo.

—Tiene que haber sido una tremenda decepción.

—Sí. Pero había que ser fuerte. A mí la fuerza me viene de adentro. He sabido siempre sobreponerme a la desgracia. Como soldado, uno aprende desde chico a enfrentar la fatalidad.

—¿Cuáles fueron para usted las horas más difíciles en Londres?

—Fue duro cuando los países europeos empezaron a pelearse mi cuerpo, pidiendo que me extraditaran. España, Francia, Suiza, Bélgica, Holanda… O sea que yo era el más buscado para siete países. De dónde había tenido tanta importancia.

—¿Se ha sentido humillado?

—No. Cuando me trataron de humillar en ese Juzgado en Inglaterra, me puse de pie y les dije: “Yo no tengo nada que ver con esta justicia, que para mí no existe”. Se los dije así, delante de ellos.

—¿Pensó que sus opositores tenían el poder para juzgarlo?

—En un comienzo creía que no les iba a dar para tanto. Pero a medida que pasaban los días me di cuenta de que la izquierda internacional tenía un poder gigantesco. Incluso en Estados Unidos.

—¿Subestimar su poder fue una equivocación?

—Es que a los de la izquierda los miran así como buenas personas. Pero, por ejemplo, ese Ricardo Núñez (senador), es un tipo feroz…

—Cuando usted llegó a Chile, hace un año ya, ¿creyó que el caso había terminado?

—No. Yo sabía que me iban a seguir buscando. Pero nunca creí que sería tanto como esta persecución por esa Caravana de la Muerte que le llaman. Yo no tengo nada que ver con eso. Lo único que tienen son deducciones en mi contra.

—¿Pensó que llegarían a desaforarlo?

—Nunca creí que llegarían a eso. No creí que fuera tanta la inconsciencia para desaforarme.

—¿Cuando usted bajó del avión, el 3 de marzo de 2000 en Pudahuel, se sintió feliz?

—Cómo no iba a estar feliz de regresar después de haber estado casi dos años fuera de mi tierra. Volvía feliz a ver a mi gente, a los amigos.

—Pero si estaba “en la puerta del horno”, como se dice, no era como para estar muy feliz…

—Es que yo no creí nunca que iban a ser tan viles.

—¿Qué opinión tiene del juez español Baltasar Garzón?

Me parece que es un ambicioso. Él no tenía muchos medios cuando joven, y eso lo volvió muy ambicioso.

—Y respecto del juez Juan Guzmán Tapia, ¿usted lo conocía antes de que se iniciara el caso?

—A Guzmán yo lo nombré como ministro de corte. El estaba en Talca, y entonces llegó un ministro de mi gobierno y me pidió que lo pusiera en la Corte de Apelaciones de Santiago. Me rodearon de buenos datos de él dos de mis ministros, de los que no voy a dar el nombre. Así que lo nombré, y me salió esta fiera, que no es ninguna maravilla. Unos dicen que tiene temores de que lo presionen. Yo lo encuentro bien ambicioso también. Le voy a contar una cosa. Una pareja amiga mía, los dos abogados, se reunieron con Guzmán mientras yo estaba en Londres. Y él les dijo que cuando llegara a Chile, no me iba a tocar. Pero al día siguiente que llegué ya estaba pidiendo que me desaforaran. Ahora bien: la señora de Guzmán, que es francesa, dicen que es socialista.

—¿Cuándo comienza a darse cuenta de que el juicio en su contra en Chile se va a prolongar?

—Muy pronto. Después de que Guzmán me mandara a decir que no me iba a hacer ninguna cuestión a mi regreso, y ya al tercer día que llegué envió la solicitud de desafuero, yo sentí —voy a usar una palabra muy fea— que me iban a mariconear.

—¿Es cierto que las dos actuarias que lo notificaron (el 1 de febrero de 2001), aquí en Los Boldos, de que estaba procesado y detenido se pusieron a llorar?

—Sí.

—¿Usted lloró?

—No.

—Pero usted llora de vez en cuando…

—Fue una cosa muy emotiva. Mi hija (Jacqueline) lloró. Pero yo no.

—¿Le sorprendió el nivel de odiosidad de la izquierda hacia usted?

—No. Eso venía desde hace mucho tiempo. Me odian desde el 11 de septiembre de 1973.

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