Piedra de Andrés Castro, sólo una

Joaquín Absalón Pastora*

Las fastidiadas calles de no pocos barrios están siendo anegadas de lágrimas y de sangre injustificables. Crece tanto ese río lastimero que cualquier nicaragüense está expuesto a sufrirlas. La madre que engendra esos monstruos acuosos es la piedra, o más concretamente cuando es expulsada: la pedrada. Esa es el arma común del pandillero criollo. Abundan los tenamastes y las manos para lanzarlas contra la inocencia o entre los mismos feroces combatientes.

Los anales patrios sólo legitiman una: la piedra de Andrés Castro tirada contra el filibustero cuando Nicaragua en una de las más dignas demostraciones de su coraje, expulsó al invasor.

Desde hace mucho tiempo se habla de “la cultura de la paz”. La frase, un martilleo necesario en el centro del dolor, no circunstancial, permanente, obedece a los antecedentes históricos de la tierra amada cuyo cielo ha sido tantas veces sojuzgado por las intranquilidades.

La expresión surge y resurge cada vez que le corresponde a la ecuanimidad dictar su lección reflexiva enderezada a señalar los errores del hombre y con mayor consternación los cometidos por quienes menos deben incurrir en ellos: los políticos.

Cuando las fieras guardan su perfil en las selvas, nuestros jóvenes y nuestros dirigentes se destrozan entre ellos mismos, los primeros en la etapa de ser alumbrados por el raciocinio y los segundos renuentes a lucir la talla del apostolado.

La violencia doméstica (la más común) nace del alero mismo donde el amor produjo a un hijo pero en el avance del camino revierte en desastrosa conmoción. La cría sigue los pasos y se convierte en pandillero, con lo cual supera la índole belicosa de sus padres. El adolescente se va a la calle y lo que consigue es una pedrada. La consigue y la multiplica hasta hacerse el progenitor prolífico de cien peñascos sobre los techos endebles, carcomidos por el tiempo.

“La historia es maestra de la vida” es una frase concordante con los ancianos tiempos de Herodoto. Es entendida como el “faro de luz” y no el ave agorera incrustada como telaraña en la pared, símbolo amorfo de la desdicha. Las páginas, tanto las doradas como las grises de la existencia, van a dejar de leerse y de sentirse hasta que concluya el universo y eso nunca —creo— va a ocurrir. La violencia sufrida está inducida por la frustración. Será siempre un factor para que se aleje “la cultura de la paz”.

Ahora como si fuera poco en la proliferación de las penas, fantasmas rondan las deshabitadas fronteras con Honduras. Ellos, si entran, pueden ponerle un nuevo membrete a las hojas del crimen juvenil: “las pandillas internacionales”. Qué pecado habrán cometido los habitantes nicas en los lugares fronterizos para sentirse amenazados por el hospedaje “a la brava” de esos nuevos Atila.

Pero mencionaba una epopeya. Vuelve septiembre. Septiembre memorable. Y por ese influjo maravilloso del patriotismo resulta inevitable el recuerdo de los héroes, sus ideales, sus conquistas del laurel. Y en medio de las miles de piedras tendidas sobre los techos, sobre la frágil masa orgánica, la única, la excepcional, la que fue bordada de diamantes con todo y la temeridad que el gesto conllevaba, es la de Andrés Castro. A los 23 años fue enlistado en las filas de los legitimistas. La pedrada le quitó el traje de sargento y lo hizo gloria nacional. Sobrancero está decir que en nada se parece a los objetivos salvajes de los que en la actualidad promueven el dolor de los seres donde el amor ha huido.

Aquella piedra —la de Castro— fue usada para defender el decoro nacional, para derribar al intruso en defensa propia y no para que llorara una viejita o se desplomara el porvenir de una criatura.

Lástima que tantos años después nos hayamos rendido en nombre de la “globalización” ante el dominio extranjero que siempre, deplora el poeta, “será el mismo”.

* El autor es periodista y escritor.

Editorial
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