Alejandro Serrano Caldera*
La crisis de estabilidad de Nicaragua a través de su historia tiene, entre otras, al menos dos causas que quisiera poner de relieve: el exceso de poder y el déficit de autoridad, por una parte; y por la otra, la ausencia de un proyecto por el cual superar, o al menos atenuar, la profunda y persistente desintegración de la sociedad. Ambas están estrechamente relacionadas.
La determinación por obtener el poder, entendido como acumulación de fuerzas para ejercer la voluntad de dominio y satisfacer los intereses personales o de grupo junto a la indiferencia para alcanzar la autoridad, entendida como legitimidad y crédito moral, han hecho de la lucha por el poder y de la guerra civil, en diferentes épocas, un ejercicio de las cúpulas políticas y económicas, indiferentes a la injusticia y falta de equidad y a la histórica desintegración de la sociedad nicaragüense.
Si como dice Coronel Urtecho, estamos desde la Independencia instalados en la guerra civil, ésta ha sido desde su origen y en la mayor parte de su recorrido histórico, un ejercicio, casi un deporte de los criollos que parapetados en sus respectivas trincheras ideológicas y políticas, han, no obstante, arrastrado consigo en forma trágica a todos los nicaragüenses.
La historia de Nicaragua, con sus altos y bajos, heroísmos y villanías, tiene cuatro momentos culminantes, no tanto por las epopeyas que puedan contarse y cantarse, como por las oportunidades excepcionales que cada una de esas circunstancias demandaba para la construcción de una nueva sociedad. La Independencia, el fin de la Guerra Nacional, la Revolución Liberal de 1893 y la Revolución Sandinista de 1979.
La Guerra de Sandino, a pesar de ser un momento cumbre en la historia de Nicaragua por su heroicidad y dramatismo, al concluir con el asesinato de Sandino por orden de Somoza García, el fundador de la dinastía, abrió una herida profunda y cerró todos los caminos, como no fuera el de la lucha armada.
El pacto de sociedad que exigía la reconstrucción del país después de cada uno de esos momentos cruciales no se dio nunca; en cambio, la guerra civil y el pacto político, las dos caras de una misma moneda, se establecieron como la norma de conducta y se adueñaron del desarrollo de la historia nacional marcando la ruta que va del facto al pacto, de la confrontación a la confabulación y de ésta nuevamente a la confrontación y así sucesivamente…
La Independencia en 1821, con la que nacen los Estados naciones y las repúblicas de Centroamérica, no sólo abría las puertas a las posibilidades de una nueva sociedad, sino que exigía un verdadero acuerdo que definiera los valores, fines, objetivos y estructuras del nuevo Estado y los criterios de integración social. Sin embargo esto no ocurrió y lo que se produjo fue una lucha de los criollos para ocupar el vacío de poder que dejaba España.
El móvil principal fue el poder, cuya obtención y ejercicio era percibido desde la particular perspectiva política de cada uno de los contendientes: liberales y conservadores, en una sociedad en la que lo único que cambiaba era el protagonista del poder, inserto en la misma estructura ideológica, económica, social y política que prevaleció durante la Colonia.
La Guerra Nacional en 1856 agudiza el comportamiento de los actores políticos, al extremo de que la Guerra Civil entre liberales y conservadores, León y Granada, provoca la aparición de Walker en el escenario nacional, sin olvidar que la intervención de los filibusteros, fue una intervención contratada por Castellón en 1854 con los mercenarios norteamericanos para apoyar a los liberales en la Guerra Civil contra los conservadores o legitimistas.
El Pacto entre Máximo Jerez y Tomás Martínez, celebrado el 12 de septiembre de 1856, antecedió en dos días a la derrota de Walker ocurrida el 14 de ese mismo mes y año en la Batalla de San Jacinto y favoreció las condiciones para el inicio del llamado período de los Treinta Años Conservadores. Durante ese período se estableció una etapa de alternabilidad entre los patricios conservadores, sin producir ningún cambio que condujese al establecimiento de condiciones apropiadas para una relativa integración de la sociedad; por el contrario, al lado del ejercicio de una democracia formal se afianzó una realidad oligárquica y una visión colonial de la sociedad nicaragüense.
Sin perjuicio de dejar para un próximo artículo las referencias a la Revolución Liberal y a la Revolución Sandinista, podríamos no obstante afirmar, que mientras persistan las causas originarias que han definido a la sociedad nicaragüense desde la Independencia y que están caracterizadas más por las omisiones que por las acciones, más por lo que falta que por lo que existe, difícilmente saldremos del círculo vicioso en que nos encontramos. La historia enseña con sus aciertos y errores, pero para que sea maestra de la vida, como habitualmente se dice, es necesario que se entienda que “la historia, como advierte Leopoldo Zea, no la componen los puros hechos, sino la conciencia que se tenga de ellos”.
* El autor es filósofo y escritor