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Ya no hay patricios
Desde el primero del corriente mes de septiembre, hasta hoy, hemos publicado en nuestra Sección de Opinión la serie Forjadores de la nación, en la que incluimos a quince personajes históricos —desde el cacique Nicaragua hasta el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal— que con sus acciones y vidas ejemplares esculpieron los rasgos fundamentales de la identidad nicaragüense con sus principios, valores y tradiciones culturales.
Al respecto vale la pena señalar que el hallazgo principal al escudriñar en los registros históricos para escoger a esas personalidades, es que la característica fundamental en todos ellos es la honestidad política y la integridad personal, en contraste con la época actual, cuando prácticamente todos los políticos, con las consabidas escasas excepciones, representan lo absolutamente contrario a aquéllos.
Sin dudas que aquellos prohombres de las primeras etapas de Nicaragua independiente tenían limitaciones personales y defectos de carácter. Además, sus pleitos banderizos provocaron sangrientas guerras civiles y facilitaron las intervenciones extranjeras. Pero sus luchas, aunque enconadas, eran porque cada quien creía tener los mejores proyectos y planes de nación, no porque miraran al Estado como un botín ni al erario como un medio para su enriquecimiento personal.
Prácticamente todos aquellos hombres, como Miguel Larreynaga, Tomás Ruiz, Rafael Osejo, el obispo García Jerez, Crisanto Sacasa, Cleto Ordóñez, Juan Argüello, Juan Hernández (el “sabio indígena” de Sutiaba), Pedro José Chamorro, Francisco Castellón, Máximo Jerez, Tomás Martínez, José Dolores Estrada, los gobernantes de “Los Treinta Años Conservadores”, etc., fueron absolutamente honestos, y por lo tanto, incapaces de apropiarse de un solo centavo ajeno, ni de malversar los fondos públicos. ¡Y en cambio ahora…!
Ciertamente, es enorme la diferencia que hay entre aquellos políticos y los de ahora. Aquéllos más que políticos eran patriotas, y más que patriotas, próceres y patricios en todo el digno y honroso sentido de la palabra.
El concepto de Patria existe desde los tiempos de la antigua Roma. Y entre los muchos legados que los romanos dejaron a la humanidad, deslumbra precisamente el sentido de Patria, entendida desde entonces como el conjunto sagrado de la tierra natal y la historia de su gente, así como los sentimientos, la vida presente y las creencias, ideales y aspiraciones de las personas y del pueblo, unidos todos por la sangre, la tradición, los principios, los valores y el honor de los padres.
En efecto —vale la pena reiterarlo hoy, Día de la Independencia Nacional—, la Patria es el suelo que nos vio nacer, la madre tierra que nutre y sostiene nuestra vida, el linaje de la nación. La Patria es el sello de origen de todos y cada uno de los nicaragüenses. No es casual ni sorprendente, por eso, que quienes emigran por cualquier razón y motivo pueden adoptar otra nacionalidad y desdeñar la que los cobijó al nacer, inclusive pueden negarla, pero es imposible que supriman su marca nacional de origen. Es más, muchas veces el sentimiento de amor a la Patria es más profundo y vivo en las personas que están ausentes del país, que entre quienes viven en él.
Por otro lado, la Patria no es una empresa pero se debe administrar como si lo fuera, con sentido de eficiencia y cuentas transparentes; o más bien como se gobierna a una familia, con sabiduría, ejemplaridad, integridad y abnegación en el servicio a los demás. Por eso es que en oportunidades como este 15 de septiembre, que son propicias a reflexionar sobre la fundación de la Patria y acerca de la obra y la vida de los forjadores de la nación, es fácil apreciar que éstos fueron patricios de la República en el sentido que los romanos daban a este concepto: es decir, honorables padres de la Patria, políticos, legisladores y administradores de la cosa pública, así denominados por Rómulo, el fundador legendario de Roma junto con su hermano Remo, hijos dilectos de Marte y de Rea.
Lamentablemente ahora ya no hay patricios, próceres ni héroes como los hubo en las épocas épicas de nuestra historia nacional. Sólo queda la esperanza de poder encontrar hombres (y mujeres) que gobiernen la nación mejor que los actuales, y que administren honestamente la democracia que tantas lágrimas y sangre ha costado conquistar.