Franklin Bordas Lowery*
Veríamos normal que un soldado en el frente de batalla, al quedarse sin municiones, le fallaran los nervios e iniciara una desesperada retirada buscando resguardo más seguro, o apoyo de trincheras más abastecidas. Pero resulta extraordinario el hecho de que este soldado, al quedarse sin tiros, en lugar de huir, enardecido decida enfrentar al enemigo que está fuertemente armado, únicamente con piedras. Esto hizo el sargento nicaragüense Andrés Castro al quedar su fusil ya sin pólvora. Convirtió en proyectil la piedra que lanzó con el alma, dando muerte a uno de los forajidos extranjeros que atacaban la hacienda San Jacinto muy a las siete de la mañana del 14 de septiembre del año 1856.
La historia registra que nuestros compatriotas estaban desayunando en la casa hacienda cuando llegaron los aventureros, o filibusteros, o asaltantes, como mejor suene, cuyo proyecto era adueñarse de Nicaragua primero, y de Centroamérica después. A las siete de la mañana se dio el combate. Ciento sesenta defensores nicaragüenses armados de fusiles y machetes contra trescientos filibusteros. Es en este momento que el bravo sargento Andrés lanza la piedra en una trayectoria perfecta hasta dar muerte a un agresor, que intentaba saltar la trinchera.
Pero… no es solamente el efecto de la pedrada que Andrés lanzó contra el enemigo lo que nos inflama el pecho de orgullo. ¡No! Es la escena del nicaragüense de todos los días que en medio de la crítica y demoledora situación del país, no se empantana en la inercia destructora del derrotismo, el negativismo y la tristeza. Ese es el Andrés que recoge la historia, bravo y decidido hasta el último momento.
Esa mortificación creada por el agresor que invade el hogar, el suelo —tu territorio— te obliga a defender el honor hasta con las manos desnudas. La Biblia menciona la escena en que el gigante filisteo Goliat desafía a cualquier israelita a un combate a muerte que decidiría la suerte de ambos pueblos. Y David, en ese entonces un pastor de ovejas pero un ciudadano henchido de amor por Dios, decide enfrentarlo con el mismo coraje de Andrés en San Jacinto, diciéndole: “Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre del Señor todopoderoso, el Dios de los ejércitos de Israel, a los que tú has desafiado”. David, al igual que el Andrés Castro nicaragüense, derrota al enemigo de una certera pedrada en la sien. Una piedra nada diferente, unas manos nada diferentes, pero el coraje y la fe lo hicieron todo. Al final el enemigo confiado sucumbe de una sola pedrada.
Así como menciona la Biblia a David que era bajo de estatura y apenas un muchacho cuando decidió enfrentarse a Goliat, también nuestros historiadores no mencionan a un Andrés Castro como algún superdotado físicamente o con poderes especiales para grandes hazañas. ¡No! Más bien dicen de Andrés que era de regular estatura y moreno, un joven de 25 años nacido en Managua, “enamorador y aficionado a la guitarra”. Es que los héroes son sencillos, porque se necesita sencillez para ejecutar grandes proezas. David salió de los campos de ovejas para vencer al enemigo de su pueblo, Andrés de las calles de Managua.
De lo ordinario sale a luz lo extraordinario, de lo sencillo lo grande, de la nada la gloria. Hace casi 150 años la historia la detuvo Andrés con una pedrada. La marcó ese segundo en que mortalmente golpeó la frente del filibustero, la caída del invasor que vieron los que venían detrás, y comprendieron que ya nada había por hacer, ante tan aguerridos patriotas.
Nuestro héroe nos dio clase. El bravo sargento Andrés cuando lanzó la piedra, nos enseñó a los nicaragüenses al igual que David a los israelitas, que no hay dificultad tan grande en nuestro país, que no podrá ser derrotada de una certera pedrada.
* El autor es escritor.
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