Hugo Ramón García*
“Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña. Mi corazón, y mis pensamientos me dicen que no hay Patria pequeña”.
(Rubén Darío).
Hoy la Patria se viste de gala con los colores propios de su nacionalidad, para conmemorar con júbilo en su espíritu el ciento cuarenta y siete aniversario de la invicta Batalla de San Jacinto, ocasión en que una columna de aguerridos patriotas vencieron a los filibusteros rubios que pretendían hacer de Nicaragua una “colonia americana”, y fincar en este glorioso suelo sus villanos intereses.
En aquella aurora del 14 de septiembre de 1856 los nicaragüenses defendieron a sangre y fuego el concepto de soberanía legando entonces las definiciones del patriotismo, y dejando plasmado en las imborrables páginas de la historia el ejemplo de lo que se siente por la Patria cuando sabemos valorarla. Nicaragua es la República que demanda de nosotros una lealtad sin límites. Es la nación que encarna ilusiones y objetivos; es el pedazo de suelo que nos forja con sus leyendas para que tengamos una conciencia más comprometida con sus altos intereses bajo el amparo de la bandera nacional que se agita al impulso de los aires de nuevos amaneceres que son sinónimo de una diáfana esperanza traducida en el esfuerzo común que cada uno concibe para consolidar una democracia representativa donde el derecho de los demás sea fuente de respeto que nos permita entendernos y terminar con tantas confrontaciones que alimentan y atizan las divisiones entre hermanos.
La Patria no puede ni debe estar circunscrita a intereses personales que tanto daño han hecho a través de todos los tiempos. Nicaragua es la nación que nació para ser libre, y en nombre de la libertad por la cual ofrendaron sus vidas nuestros héroes nacionales tenemos que juntar esfuerzos para que no sea un patrimonio de oportunistas, y de traidores que empañen su dignidad.
Tenemos los nicaragüenses que ser solidarios con los mandamientos de la Patria. Defender con ahínco ciudadano sus vitales conquistas de manea que la paz social no se escape por las ventanas de la historia, y los nuevos tiempos la afirmen para que en ella las generaciones humanas puedan elevar a su máxima expresión sus íntimas inquietudes. Si ayer hubo un Andrés Castro que en medio de muchas limitaciones supo responderle a la Patria, ese mismo gesto es la guía para continuar su hazaña toda vez que la República se vea acechada por nuevas amenazas que intentaren destruirla. Nicaragua es de todos, y a todos nos pertenece, y no podemos volvernos ajenos a lo que ella espera de nosotros en concepto de obligaciones, porque el mejor tributo que podemos ofrecerle es rendirle al pie de su altar y de su bandera cuanta solidaridad nos fuere posible.
¿De qué nos sirve hacer hincapié de sus encantos naturales y resaltar con apasionado sentimiento la atracción real de su imponente geografía, si en el tintero de las anotaciones dejamos olvidados los grandes males que la afligen? ¿Por qué obviar la soberbia de sus gobernantes o la indiferencia de los gobernados? Las realidades del presente nos indican que la Patria sigue enferma de tanta ambición que propagan los agentes del poder; los que olímpicamente piensan y creen que Nicaragua únicamente es de ellos, y que en nombre de esa ilógica postura pueden cometer en su seno cuanto abuso se les ocurra.
A la República hay que salvarla a tiempo de muchos indolentes que la denigran y la ensucian de diferentes maneras; de los nuevos invasores que en el presente siglo han surgido anteponiendo a los intereses de la Patria sus dañinos objetivos, para ubicarla en el concierto de los países potencialmente atrasados, y por eso es preciso que el nacionalismo genuino de José Dolores Estrada, Patricio Centeno, Andrés Castro y tantos héroes que dieron el tributo de su sangre, además de ser un ejemplo no sea descontinuado si Nicaragua misma fuere nuevamente lesionada en su soberanía.
Entre los soldados nicaragüenses que pelearon en San Jacinto se hallaba Juan Gómez, oriundo del municipio de Palacagüina, Departamento de Madriz, según lo afirmaba en sus elegantes escritos el reconocido historiador neosegoviano, doctor Emilio Gutiérrez Gutiérrez, cuya talentosa pluma es testimonio de orgullo para las pasadas, presentes y futuras generaciones.
Bajo el cielo de septiembre y sin hipocresías de ninguna especie juremos lealtad a la Patria y a su bandera azul y blanco, asumiendo los compromisos que por ella tenemos y evocando al panida colombiano, doctor Jorge Robledo Ortiz, en su poema a Nicaragua, digámosle con veneración ciudadana: “Estoy frente a tu escudo y tus cinco volcanes son mis cinco sentidos dispuestos a quererte Nicaragua. Toma mi verso humilde, lústralo con las aguas de El Pochote, y ruégale a Darío que lo abroquele en ritmos y lo absuelva de manchas”.
* El autor es periodista.