Septiembre en Vichy

Alfonso Argüello Argüello*

Embajadores, cónsules y representantes diplomáticos abandonaron sus lujosas residencias en París para trasladarse precipitadamente a los pocos hoteles de la ciudad provincial de Vichy, en donde atendían sus asuntos desde los mismos apartamentos o habitaciones en que vivían en la nueva capital oficial, la capital del “repliegue”, como la llamaban, de la Francia dividida, dejando atrás la parte ocupada por los invasores totalitarios después del armisticio de Bordeaux, para residir en la “zona libre” en donde Laval y Darlan mostraban en las paredes de sus respectivos ministerios el mapa que señalaba la nueva frontera de la Patria. El nuevo gobierno había suprimido especialmente la libertad de prensa y de pensamiento hablado o escrito y todas las conquistas republicanas heredadas de la revolución, atando la nación a los dictados del tercer Reich y repletando las cárceles y campos de concentración con la cooperación de la Policía estatal súper vigilada por la propia Gestapo.

El panorama era dantesco, había caído toda Europa, la misma Inglaterra parecía sucumbir, impotente sufriendo terribles bombardeos. Sólo Suiza quedaba. La incertidumbre y el horror, la crueldad del invasor y su rápido éxito presagiaban un funesto desenlace para la humanidad: “los bárbaros, cara Lutecia, los bárbaros fieros…”, como profetizara el poeta, habían profanado nuevamente la dulce y ubérrima campiña francesa. El terror y la desesperanza invadían todos los hogares del viejo continente y sus alrededores ensombreciendo al mundo, sin poderse vislumbrar aún quién pudiera detenerlos.

En tan crucial momento llegaba el día 15 de septiembre de aquel año de 1941, y como había sido costumbre todos los años las repúblicas hermanas del centro de América invitaban en dicha fecha a todo el cuerpo diplomático y otras personalidades para un desayuno conmemorativo para celebrar su independencia patria en los salones del Hotel des Ambassadeurs de la ciudad termal de Vichy.

Invitaban: por El Salvador, Raúl Contreras; por Costa Rica, el profesor Luis Dobles Segreda; por Nicaragua, Eduardo Avilés Ramírez; Paco Azurdia, de Guatemala y el señor Martínez de Honduras.

Asistieron en prudente y generalizado silencio, los representantes de numerosos países de Sudamérica: Argentina, Chile, Brasil, Ecuador, Perú, Bolivia, Venezuela, Colombia; del Caribe Cuba, Santo Domingo y Haití; del Norte, México y por los Estados Unidos asistió el Almirante Leahy como embajador acompañado de su attaché de prensa, quien era nada menos que el futuro general Douglas McArthur. También llegaron los ministros de España, Portugal, Suiza, Turquía, Panamá y Suecia y varios artistas literatos políticos y profesionales como el profesor Miguel Bourla, autor de una crónica, posiblemente la única sobre dicho evento. Fue designado para tomar la palabra en tan delicada situación, S.E. Luis Dobles Segreda, ex ministro de Educación por varios períodos y autor de numerosas obras entre ellas: Clamor de la tierra, y el primer Índice Bibliográfico de Costa Rica, y quien en aquellos momentos no sólo representaba a la más pura y pequeña democracia de América y a Centro América entera que debía su independencia espiritualmente a la ideología nacida en aquella gloriosa nación ultrajada y convulsa y casi agónica, representada en tan augusto momento a todos los seres honestos que repudian la barbarie, la crueldad y la infamia de la anticivilización, él representó aquella mañana como apoderado generalísimo e incuestionable a todos los hombres libres de la tierra.

Se escuchó un silencio absoluto, cuando se puso de pie, los presentes conocían al hombre y las circunstancias en que se debatía: “ilustrados y queridos colegas”, “pláceme señalar la atmósfera espiritual de esta reunión: modesta por la pobreza de la mesa, pero rica y suntuosa por la presencia de tantas mujeres encantadoras y hombres sobresalientes”… “Los que ignoran las gloriosas tradiciones de Francia se toman la cabeza entre las manos y se preguntan hacia dónde va. Hombres de poca fe, decía Jesús a los pescadores del Tiberíades, ¿por qué tiemblan? ¡Yo estoy sobre la barca y yo soy el espíritu! La tierra de Francia puede sufrir de un eclipse momentáneo, pero ella será siempre imperecedera, porque ella está por encima de todas las catástrofes de la materia, en una altura que no alcanzan ni la lucha de los hombres, ni las marejadas del odio”. “Los límites territoriales de Francia pueden extenderse más o menos sobre la orilla izquierda o derecha del río, o la cima o al pie de la montaña, eso no es lo importante, la potencia de su pensamiento no tiene límites y en su contra las bombas y los carros de combate son impotentes”. Así, sostenido sobre las alas de la más sublime oratoria hizo desfilar la historia, la poesía, el arte, la ciencia, la filosofía, el humanismo y todos y cada uno de los derechos del hombre y del ciudadano, entonces desaparecidos, exponiendo las más variadas y puras facetas de la cultura permanente y eterna de la Patria en desgracia. Por supuesto que aquel discurso no fue publicado por la prensa, pasando a la clandestinidad y siendo repetido de viva voz entre los aterrados ciudadanos que sentían en aquellas palabras un viento cálido de afecto entre los fulgores de un rayo de esperanza.

De esta manera las pequeñas repúblicas nacidas en 1821 en el centro del continente de Colón y a la sombra de la ideología de la libertad, igualdad y fraternidad, devolvían a la Patria humillada un poco de solidaridad y esperanza y sobre todo se hacía ver ante los ojos de todas las tierras y continentes la necesidad inminente de cerrar filas frente a la nueva hecatombe que amenazaba a la civilización y a la humanidad entera.

Dicen que ya entrada la noche los pobladores escucharon en sus ocultos aparatos de radio, a muy bajo volumen, las palabras del general de Gaulle que desde una emisora inglesa le hablaba a su pueblo de manera enérgica y vibrante, y fieramente concluía afirmando: “¡Francais, la France n’a pas perdu la guerre, elle n’a perdu qu’ une bataille!”

En efecto ni Francia, ni Europa ni la humanidad habían perdido la guerra, como muy pronto se vería, la luz de una nueva aurora, había nacido en Vichy, un quince de septiembre, alumbrando el corazón de todos los hombres del mundo.

* El autor es abogado e historiador.

Editorial
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