¿Fiestas o historia de resistencia?

Juan R. Sánchez Espinoza*

La historia tradicional en Nicaragua se repite. Los mismos tambores, marchas, discursos obsoletos dizque dotados de patriotismo, salutaciones a personajes que la historia oficial se ha encargado de enmarcarlos en heroísmo y que aseguran defendieron la Patria.

Los distintos centros de estudio, incluyendo universidades, practican concursos de ensayos, murales, afiches, poesía, etc. ¡La historia no cambia! Cualquier intento de manifestar elementos distintos significan atentar contra la formación dizque patriótica, pero en realidad, muy alejada de la investigación cualitativa, del discernimiento filosófico, de la lectura interpretativa, del pensamiento dialéctico y formador intelectualmente.

Las actuales generaciones viven un desencanto histórico, los y las jóvenes sienten repudio frente al compromiso con el presente o a pensar históricamente, les importa el presente pero sin cuestionar el pasado lo que dificulta la comprensión del presente; es decir, viven identidades superficiales de las imágenes que les entregan los medios de comunicación, que transmiten la política del sentirse bien, aunque sea psicológicamente, desgastan sus neuronas en la posibilidad de conseguir una vida mejor, con el confort de lo moderno, aunque esto no siempre sea lo bueno, prefieren la comida chatarra a un nacatamal, una coca a un tiste, incluso una cerveza extranjera a una nacional.

En los distintos sistemas educativos primarios y secundarios y en algunos casos terciarios (universidad), prevalece un enfoque tradicionalista y positivista basado en fechas y datos históricos que se anteponen a la comprensión y problematización real de nuestro pasado. O bien retomando conceptos religiosos sin fundamento científico y especulando sobre su veracidad. La enseñanza de la historia siempre ha sido utilizada con fines ideológicos, por lo cual, el enfoque tradicional y conservador ha puesto énfasis en la historia política, en los grandes personajes, en la narrativa de hechos históricos y en la construcción del conocimiento a través de documentos escritos que no necesariamente apelan a la objetividad de esta disciplina. Esta historia debidamente formalizada y reconocida se aleja y toma distancia crítica de otra memoria, la de la sociedad en un sentido más amplio, que podemos llamar “memoria social”. Es en estos casos extremos que la historia se hace “historia oficial” y la memoria social deviene en “memoria de resistencia” y por supuesto en “historia de resistencia”.

La historia oficial sigue remarcando hechos, que ocultan la memoria social de la historia de resistencia: lo que nos permite preguntar inquisitivamente: ¿en realidad José Dolores Estrada defendía la Patria? Andrés Castro, un obrero convertido en soldado, ¿respondía al amplio concepto de la defensa de la Patria? ¿Eran en realidad en aquella época, rangos militares por destreza o por riqueza? ¿Por qué los generales de la época tenían tantas tierras y poder económico?

Tradicionalmente se ha transmitido el estereotipo de William Walker como un inculto asesino, clásico ejemplo del imperio, delincuente y despiadado, sin embargo, la memoria social también transmite y se pregunta: ¿cómo un catedrático universitario, gustoso de ejecutar el piano, se convierte en el temido asesino interventor W. Walker?

Es entonces que la oficialidad de la historia violenta el sagrado principio humano de la libertad de pensamiento y encasilla la búsqueda de la identidad nacional, frenando la necesidad de recapitular y aventurar una mirada crítica sobre nuestra propia identidad, la forzosa e impuesta construcción de ella, sus limitantes obstaculizadores de su propio desarrollo en un mundo globalizado y cibernetizado, donde lo más importante es desandar la historia, buscar y fortalecer nuestra identidad en el génesis de la memoria histórica, como fuente de construcción de conocimiento y de formación del sentido de pertenencia.

Pero, no podemos visualizar la identidad nacional, si nos alejamos de la identidad latinoamericana, es por eso, que muchas veces, elementos que consideramos propios de nuestra identidad, son también parte de la identidad regional, porque lamentablemente somos el producto influenciado de manos exógenas colonialistas e imperialistas. No se equivocaba Sandino cuando llamaba a la unidad de la raza indoamericana, ni cuando Rubén Darío alude a que el enemigo es el mismo, futurizando una posible respuesta de lo que aún no se había visto.

Oficialmente se impone un día de la raza —“evangelización” llaman algunos—. Y durante este día los ojos del mundo se vuelcan hacia nuestro continente, con bombos y platillos se celebra el famoso día, aunque esta celebración conlleve recordar las venas abiertas de América Latina, la historia sangrante de nuestros antepasados aborígenes, la imposición cultural a punto de palo y espada.

Esta discusión no sólo involucra a pensadores, académicos e intelectuales, sino que además compromete a políticos, etnias, grupos nacionalistas, Estados e iglesias reivindicativas, muchas de las que se apropiaron de determinados discursos para justificar o replantear nuestra identidad. Debemos entonces preguntarnos: ¿de quién es la fiesta? ¿De los que recibimos la imposición, misma que todavía campea en nuestros hombros, o de quienes la impusieron y todavía disfrutan los logros?

Bajo esas premisas debemos mirar hacia el camino recorrido, determinar que el nacionalismo urgente y necesario es parte de la cultura nicaragüense, que revivir el güegüensismo es hacer cultura endógena y que juntas cruzan transversalmente la identidad nacional de nuestro pueblo, misma que es parte indisoluble del latinoamericanismo y que siempre está ahí: latente, presente como memoria social y como historia de resistencia esperando que la rescatemos.

* El autor es docente universitario y consultor.
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Editorial
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