Eduardo Enrí[email protected]
Los estadounidenses dicen que la única función de sus vicepresidentes es asistir a funerales de jefes de Estado. Aunque eso ha cambiado en las últimas dos administraciones donde Al Gore era reconocido como uno de los principales asesores de Bill Clinton; y ahora con Dick Chenney a quien se le ve como el verdadero ideólogo de la Casa Blanca, históricamente ha sido cierto. Los vicepresidentes tienen poco o nada qué hacer.
Eso no crea problemas en una democracia madura, pero en nuestra Nicaragua, donde parece imposible romper las ataduras del caudillismo y la eterna conspiración política esa figura, desde inicios de la República hasta hoy, es fuente de desconfianza, tensiones e intrigas. Pero en una democracia tan inestable a veces es peor prescindir de esa figura. No debe ser por casualidad que la República Conservadora de los treinta años se desploma precisamente a partir de que muere el Presidente y no hay quién lo sustituya porque eliminaron la figura del Vicepresidente.
Algo hay que hacer. En los últimos tres gobiernos electos democráticamente hemos tenido al doctor Virgilio Godoy, que fue un Vicepresidente ignorado; al ingeniero Enrique Bolaños paciente; y al doctor José Rizo que ha sido y seguirá siendo prácticamente un Vicepresidente disidente.
En ninguno de los casos se ha garantizado una continuidad de la gestión y política presidencial —independiente que ésta sea buena o mala— de llegar a darse la falta permanente del titular. Eso sólo se traduce en inestabilidad y de eso ya tenemos suficiente.
Una democracia tan inmadura como ésta necesita la figura del Vicepresidente pues representa un sucesor garantizado y acordado por todos, con el respaldo de los votos que obtuvo la fórmula electoral, pero los partidos llamados democráticos deben ser más serios en la manera de seleccionarlo. El Frente Sandinista no tiene ese problema. Ortega apunta con el dedo a quien será su vice y ése es y punto. Los “demócratas” lo seleccionan de entre los precandidatos derrotados y ahí está el problema, el precandidato victorioso integra a su equipo a alguien que ha sido su adversario. Nuestra inmadurez política por lo general no nos permite superar eso. Además, la prioridad y ambición de un “vice” así es llegar a ser presidente.
En primer lugar y sobre todo, debe ser el candidato presidencial quien debe escoger a su vice, y debe escogerlo tomando en cuenta la capacidad de éste para continuar su programa de gobierno y también la confianza y empatía que exista entre ambos, porque van a trabajar como equipo. Porque hay que integrarlo al Gobierno.
Si a los americanos les resulta tener un Vicepresidente que sólo presenta las condolencias oficiales en el extranjero, muy bien, pero aquí el Presidente debe rodearse de las personas más capaces y de su confianza… y debe darle algo qué hacer.
Sinceramente las funciones que tiene Rizo actualmente —muy similares a las que tenía Bolaños en su momento— son demasiado etéreas, claro, el Vicepresidente tiene cosas qué hacer pero no tienen nada que ver con la conducción del Gobierno en el día a día. Son creadas para mantener a la figura del Vicepresidente “entretenida” en algo porque el Presidente y su círculo lo ven como un cuerpo extraño.
Un Vicepresidente de confianza podría ocupar una cartera ministerial. Eso sí lo mantendría ocupado, le permitiría proyectarse con trabajos concretos y se garantizaría la continuidad del programa de gobierno. Y no hacen falta reformas constitucionales sino inteligencia y voluntad. Éste es un problema demasiado viejo y demasiado fácil de resolver como para que nos siga distrayendo.