PAC

Jorge Eduardo Arellano

Hacedor de cultura, constructor de soberanía y lengua de su pueblo, de cuyos ojos se apoderó para “ver” realidades y visiones, esperanzas y sueños, Pablo Antonio Cuadra ha sido el más fiel intérprete de su mismo pueblo. Tal es, en síntesis, el significado de su vida y obra de poeta y ensayista, dramaturgo y crítico, narrador y artista plástico.

Nació en Managua el 4 de noviembre de 1912 y fue educado por los jesuitas en el Colegio Centroamérica de Granada, donde uno de sus maestros —el mexicano Miguel A. Pro, beatificado en 1988— le incentiva a escribir. En 1931 funda el Movimiento de Vanguardia, en compañía de José Coronel Urtecho y otros, dirigiendo las publicaciones periódicas rincón de vanguardia y vanguardia. En 1933 viaja a Sudamérica. En 1937 tiene a su cargo otra página: Trinchera. En 1939 visita África del Norte (Ceuta), España, Francia e Italia.

En 1940 dirige —con Luis Alberto Cabrales y Joaquín Pasos— Los Lunes de la Nueva Prensa. En 1942 edita el primer número del Cuaderno del Taller San Lucas. En 1945 ingresa a la Academia Nicaragüense de la Lengua, cuya dirección asumirá en 1964. Diez años antes es nombrado co-director del Diario LA PRENSA y, posteriormente, crea La Prensa Literaria. En 1961 funda la revista y el sello editorial El Pez y la Serpiente.

Considerado el mayor poeta de Nicaragua en las últimas décadas, Pablo Antonio Cuadra ya era —en los años treinta— la figura más representativa del Movimiento de Vanguardia de su país. Desde entonces, inició la fidelidad a lo nicaragüense y a su universalización en las Canciones de pájaro y señora (1929-31) que aspiraba a una expresión de raíces populares. Ésta fue la principal tendencia creadora que predicó aquel Movimiento: común a sus integrantes, pretendía dar con una poesía dotada de “un espíritu esencialmente nacional” que Cuadra halló en las formas de la lírica popular (romances, jalalelas, corridos, fábulas, cancioncillas amatorias, etcétera) e impulsó, más que cualquiera de sus compañeros, dentro de una atmósfera lúdica y narrativa.

A partir de los Poemas Nicaragüenses —y conciliando el espíritu cósmico de la tierra y un arraigado sentimiento católico— concebía el sentido arquitectónico del poema que conservó en su serie de poemas viajeros Cuaderno del Sur (1934-35), escritos a raíz de su primera estadía en Sudamérica, e inédito hasta 1982.

Hacia los 45 años de edad —cifra clave para aspirar a la madurez plena— abandonó su tendencia discursiva a lo Claudel para descubrir el mito, asediarlo y depurarse formalmente. Así continuó su paciente y hermosa tarea poética, realizando un sincretismo: el del mundo greco-latino con el indígena de Mesoamérica, incorporado en Guirnalda y rueda del año en El Jaguar y la Luna (1959), que obtuvo en Nicaragua el Premio Centroamericano de Poesía; y ganando la batalla a la narrativa en la renovadora mitología lacustre de los Cantos de Cifar (1971) que —según José María Valverde— cambia la situación y naturaleza de la poesía en español y corresponde, exactamente, a la poesía que Antonio Machado soñó y profetizó para el futuro. Asimismo, Cuadra amplió la universalización de lo nicaragüense en Esos rostros que se asoman, personajes anónimos de nuestro pueblo y sus personales tragedias que perenniza como factores previos de una colectiva y esperanzada liberación.

Patriarcal y significativa fue su figura: una de las que más acumuló autoridad moral y la de mayor dimensión literaria durante el siglo XX.

El autor es historiador. Texto tomado y editado de su libro, Héroes sin fusil.

Editorial
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí