Júpiter

Luis Sánchez Sancho [email protected]

Según me contaron, una profesora comentó que al parecer mi dios es Júpiter, “porque como siempre escribo sobre divinidades romanas y griegas…”

Me causó gracia la observación, y pensé en lo simpáticas que eran las religiones de los antiguos griegos y romanos. Ellos creían en dioses que amaban, odiaban, sufrían, comían, bebían, peleaban, engañaban y lo mismo hacían el bien que el mal. Creencias lógicas, por lo demás, pues aquellos dioses eran representaciones idealizadas de los mismos hombres, quienes creían que lo que ellos hacían en la Tierra sus deidades lo practicaban en el Cielo.

Por ejemplo, Júpiter (Zeus, en la mitología griega) era en el Cielo lo que el rey en la Tierra. Adorado como el dios supremo, en su origen fue una divinidad cósmica, señor de la luz, el calor y los fenómenos celestes (que ahora llamamos meteorológicos), se hacía sentir por medio del rayo y el trueno y le bastaba un gesto para conmover a todo el Universo.

Júpiter (Zeus) era hijo de Saturno (Cronos) y de Cibeles (Rea). Saturno, que es el tiempo eterno, para no tener sustituto devoraba a los hijos que Cibeles le paría. Pero un día Cibeles se cansó de ver morir a sus hijos, y estando embarazada de Júpiter, huyó a Creta donde lo parió y entregó a los Coribantes, quienes lo hicieron amamantar por la fabulosa cabra Almatea.

Cuando Júpiter fue mayor se presentó ante su padre, y lo obligó a reconocerlo. Después Saturno fue vencido por sus hermanos, los Titanes (Océano, Ceos, Hiparión, Crios y Yapetes), quienes lo expulsaron del Cielo. Pero Júpiter intervino en defensa de su padre y lo restableció en el trono supremo.

Mas un Oráculo advirtió a Saturno que Júpiter había nacido para dominar el Universo, y entonces su padre trató de matarlo. Júpiter venció a Saturno y se convirtió así en señor del Cielo y de la Tierra. Luego, al casarse con Juno (Hera en la mitología griega), Júpiter decidió compartir el poder con sus hermanos, Neptuno (Poseidón) quien reinó sobre las aguas, y Plutón (Hades), soberano del mundo de los muertos o Infierno.

Sin embargo la lucha por el poder continuó. Un día los dioses se confabularon contra Júpiter, pero éste los venció y los hizo huir a Egipto. Después se reconciliaron, hicieron las paces y el dominio de Júpiter pareció asegurado para siempre.

De repente, los Gigantes, hijos de los Titanes, asaltaron el Cielo escalando las montañas que colocaron una sobre otra (algo así como la Torre de Babel), pero fueron derrotados por Júpiter (Zeus), quien los sepultó bajo las mismas montañas que aquéllos amontonaron. Y desde entonces y por fin Júpiter dominó cielo y tierra sin rivales y todos, divinos y humanos, reconocieron su supremacía universal.

En su carácter de dios supremo y padre de la Humanidad, Júpiter tuvo amores con muchas diosas y humanas y engendró una multitud de hijos. Protagonizó incontables aventuras amorosas, en algunas de las cuales se transformó en diversas figuras: Cuclillo (pequeña ave trepadora) para poseer a Juno; Toro, para seducir a Europa; Águila para hacerse de Egina; Sátiro para hacer el amor con Antíope; Cisne, para seducir a Leda; Lluvia de oro, para cubrir a Dánae; Paloma para hacer el amor con Pita, etc.

Júpiter es un dios bravío pero alegre. De su nombre se deriva jovial, jovialidad, joven, juvenil y juventud, el divino tesoro al que cantó Rubén Darío quien se dice bebió de las aguas de la Fuente Castalia, en el Olimpo, donde saciaban su sed Apolo y las Musas inspiradoras de las artes.

Editorial
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