¡Calumnia!

Avil Ramírez

Decidí escribir hasta que las aguas hubieran tomado su cauce normal y evitar que apareciera por ahí algún servil que dijera que lo hice para congraciarme con una señora humilde y sencilla que probablemente ni leerá esta reflexión.

Estoy seguro que no es necesario defenderla, porque la defiende su nombre y su trayectoria. Escribo porque trataron de ensuciarla. Se trató de jugar con lo más sagrado: su honra. Pretendieron izar la calumnia como bandera de batalla en una actitud hipócrita.

Al sentirse impotentes y sin municiones quisieron valerse de la calumnia y la mentira para arrebatar cariños y respetos ganados con elegancia y lealtad forjada a través del tiempo y el profesionalismo. Con su mentira, hasta sorprendieron a prestigiosos medios de comunicación.

Un día, el esposo de esta señora honorable me contó un cuento que hoy comparto.

Hace algunos años se marcharon dos nicas a Miami y comenzaron a trabajar. Fueron a South Beach a ver las playas y las guapas muchachas que llegan con frecuencia a divertirse al mar. Una botella llegó hacia ellos. La destaparon y apareció un genio que les quiso recompensar con un deseo a cada uno.

El primero pidió un millón de dólares al mes. Concedido, respondió el genio. Faltaba el otro nica. ¡Y vos qué querés! le preguntó. Se dilataba tanto mientras suspiraba, que el genio se impacientó y le dijo: ¡O me decís ya lo que querés, o no te doy nada! Mister genio —le contestó el que faltaba—, mi deseo es más barato, quítele lo que le dio a mi amigo.

¡Qué tal! Con esos amigos no hacen falta enemigos. Eso es envidia. No pueden destruir la honra, y entonces calumnian e inventan cosas inverosímiles.

Esa es la calumnia que lanzaron sobre una señora respetabilísima, sencilla, hogareña, soporte sentimental y ejemplar de su esposo y sus hijos.

Quisieron calumniarla. Vil acción. Injustificable. Es una muestra de alguien fracasado en la vida y que actúa como que viviera en el pasado, inventando cosas para hacer daño.

Esa señora a la que quisieron molestar, ni se inmutó. Su conciencia y su comportamiento son suficientes. Esa señora nunca tendrá cola que le machuquen. Siempre será como es: sencilla, bondadosa, hacendosa, en fin, una buena señora.

Es tan sencilla que le repugnan los protocolos oficiales producto de la temporalidad del cargo de su esposo.

A veces existen quienes actúan y piensan como dinosaurios en la fauna política criolla. Ésos son los que inventan cosas para buscar alguna ganancia con el amo de turno.

Levantan falsos con facilidad asombrosa frente al buen nombre labrado a punta de trayectoria y que se muestra como un libro abierto a quien desee escudriñar hasta lo más profundo de gente honorable, intachables per se, desde antes, no desde ahora y que sirven de ejemplo a quienes tenemos algunos años menos.

Únicamente en esa mente enferma podríamos encontrar tanta maldad contra una señora que quisiera despojarse de títulos y reverencias para continuar construyendo la felicidad de los que la rodean en su hogar y que tal vez hasta esté arrepentida de que su cónyuge haya tomado la decisión de iniciar la moralización en la función pública.

Esos que calumnian, viven en el pasado. Lo lamentable es que a veces tengan eco en medios de prestigio. Ésos que hacen daño, son los mismos de siempre, que con altanería y odio pretendieron enlodar al diamante que brilla por sí solo, como esa dama que merece todo nuestro respeto. Perdón. Me olvidaba decir a quien me refería: a doña Lila T.

El autor es secretario personal del Presidente de la República.

Editorial
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